Debo confesar
que yo también me sorprendí. Como ya sabrán, ayer se celebró en Barcelona una
vasta manifestación con motivo del Día de Cataluña, popularmente conocida como
la Diada. Al final, esta manifestación sirvió de excusa para expresar el
intenso deseo de independencia de la Comunidad Autónoma de Cataluña del Estado
Español. Me sorprendí, decía, y creo que no fui la única, del número de
manifestantes y del mensaje unánime que quisieron trasmitir no sólo al resto de
ciudadanos españoles, sino a aquellos no compartían el motivo de la
manifestación que esto va en serio.
Cataluña, no
tiene sentido que lo refleje aquí, lleva más de 200 años reclamando un estado
propio (recordemos la intentona que se produjo cuando se proclamó la II
República en 1931), y de las tres nacionalidades históricas que históricamente
han convivido en España, la catalana ha sido, mal que les pese a los vascos, la
más cabezota y pura de todas ellas.
Por todo ello,
ayer lo que manifestó el pueblo catalán ha sido un nuevo golpe de efecto, con
la diferencia de que las circunstancias especiales (al borde de un rescate que
el Presidente Rajoy ya ha confirmado a la prensa finlandesa) en las que vive
España hacen que este acto no sea un acto más de demanda de un sentimiento
histórico, sino un verdadero golpe de efecto que no deberíamos, mal que nos
pese a algunos, ignorar.
Ignorar podría
suponer enfrentarnos al deseo de la ciudadanía, aquella a la que por ley le
pertenece la auténtica soberanía del Estado. Escucharla es el deber de nuestros
políticos, y no a la inversa. Debemos entender que las intenciones de los
políticos catalanes no responden sólo a su propia ideología, sino que son una
extensión de los deseos de sus propios compatriotas (entiéndase aquí lo de
compatriotas como conciudadanos de una misma región).
Ahora bien,
debemos poner todas las cartas sobre el tapete: Si Cataluña desea irse, deberá
ser con todas las consecuencias, con todas sus ventajas (que ellos mismos
juzgan) y con todas sus desventajas, que deberán acatar y soportar, sopesando
bien los efectos que esta decisión política tendría sobre la economía catalana,
y su posibilidad de sostenerse como país totalmente independiente. No podemos tolerar
que una Comunidad Autónoma se aproveche de las ventajas de ser una nacionalidad
aventajada en comparación con el resto de Comunidades Autónomas, en autonomía,
y que al mismo tiempo se beneficie, suponiendo así un agravio comparativo que
el Estado no debería tolerar, las ventajas de su unión con el Estado Español.
Si el pueblo
catalán habla, y lo hace con la mayoría suficiente (y negociada
bilateralmente), tendremos que aceptar los deseos del pueblo catalán. Eso sí,
que no pretendan tomarnos el pelo al resto de los ciudadanos.