Primero lo
primero: un estafador político es quien pide apoyo o saca provecho político con
artificios y engaños, y con ánimo de no cumplir. En la política abunda la
especie, pero en la venezolana de todos los tiempos, bien se sabe quién se
lleva la terrible presea del máximo exponente en la materia: el estafador del
siglo.
Y anda en eso a
diestra y siniestra en la presente campaña electoral. Y las estafas son públicas,
notorias y comunicacionales.
La estafa del
supuesto “paquetón de Capriles” retrata el asunto con claridad meridiana. Se
falsifica un “programa de gobierno”, amoldándolo a la estrategia del vituperio
oficialista; se presenta como denuncia de “opositores arrepentidos”; se
imprimen millones de ejemplares del documento forjado; y el gran estafador
dedica su discurso a tratar de engatusar a los electores con el producto de su
propia estafa. ¿Qué tal?
No importa que
el coordinador de la MUD, un dirigente serio y responsable como Ramón Guillermo
Aveledo, desmonte el parapeto de una manera inapelable. No importa que Henrique
Capriles Radonski reitere cuál es su auténtico programa y recuerde cómo puede
ser revisado y analizado en la red. No importa la verdad acreditada y
documentada. Nada importa porque la estafa es el corazón de la estrategia roja.
Por lo demás, no
podría ser más impropia la pretendida comparación con el llamado paquete de CAP
en 1989. ¿Y por qué? Pues por la sencilla razón que entonces el precio del
petróleo estaba en 16 dólares, y ahora mismo está por encima de 100. Y aunque
las reservas oficiales del BCV, a pesar del maquillaje, estén casi tan
exhaustas como las de 1989, la bonanza petrolera internacional hace que la
situación no sólo sea muy distinta, sino en verdad opuesta.
Y no obstante
que los hechos sean tercos, la campaña continuista insiste en la estafa del
paquetón. Y cuidado con subestimar su capacidad para el artificio y la
manipulación. Que si en algo hay eficacia en la satrapía imperante, es
precisamente en las malas y peores artes de la mentira seductora.
Tan es así, que
el mismo régimen que ha transmutado a Venezuela en uno de los países más
violentos del mundo, es el que alega que si pierde el poder se perdería la
tranquilidad ciudadana... ¿Acaso este “argumento” no es un ejemplo de estafa
flagrante? Y sin embargo, no pocos se dejan encandilar.
Proclamar que
Venezuela tiene el mejor y más seguro sistema electoral del planeta, ¿no es una
estafa? Al igual que lo es el presentar la satrapía habilidosa como una
democracia verdadera en la que manda el pueblo y en la que el líder máximo sólo
obedece los dictados del soberano. ¿Habrase visto una estafa de mayor alcance
en la toda la historia venezolana?
Y a estas
realidades hay que enfrentarlas de frente... Con inteligencia sí, con
veracidad, también; y sobre todo con astucia y firmeza. Al estafador del siglo
no se le vence ignorándolo, sino combatiéndolo.