Basada en la novela homónima de Joanne Harris, Chocolat desgrana la historia de dos forasteras, Vianne Rocher (Juliette Binoche) y su hija Anouk (Victoire Thivisol) que llegan a una población francesa conservadora, Lansquenet, con el fin de montar una chocolatería donde Rocher demostrará que tiene el don de encontrar el dulce adecuado para cada persona, satisfaciendo así sus necesidades. El alcalde del pueblo, Comte De Reynaud (Alfred Molina), no ve con buenos ojos a la recién llegada, mucho menos que haya abierto su negocio en plena cuaresma, una época en la que está prohibido el consumo de chocolate. Pero esta madre y su hija, que no están dispuestas a seguir las tradiciones, revolucionarán un pueblo anclado en unos oxidados principios, y supondrán un soplo de aire fresco para toda esa genial galería de personajes costumbrista de la comarca. Por tanto, el film, usando como pretexto esa sociedad francesa de la década de los 50 en la que se ambienta, ofrece una cierta carga de crítica social fácilmente extrapolable a nuestros días y que tiene como objetivo las fatales consecuencias de las formas de gobierno rígidas, excesivamente férreas y, por consiguiente, hipócritas. Quizá el retrato que se haga al respecto sea simplista y sin la profundidad suficiente, pero tampoco es objetivo del director indagar más en un asunto sobre el que tan sólo pretende ofrecer cuatro brochazos.
Admirable y sólidamente construida, Chocolat es por encima de todo una película amable, muy del estilo de un director fetiche de las historias capaces de conmover al ser humano. Para ello, además de apostar por una gran factura técnica, siempre suele rodearse de grandes intérpretes, como Juliette Binoche en este caso -cuya delicadeza y aspecto dulce la hacen idónea para su papel-, rodeada de figuras de primer nivel como Judi Dench o Johnny Depp -éste último se usó como gran reclamo comercial de la cinta a pesar de su poca presencia en ésta-. Todos los actores encajan perfectamente en sus papeles, haciendo creíbles unos roles que, en el fondo de nuestra consciencia, se nos antojan imposibles en la vida real. Pero el espectador asume este hecho y disfruta de lo que le están contando, quizá porque el microcosmos de pequeñas historias que conforman Chocolat -y que se nos sirven con tacto y gusto exquisito- son tan adictivas como el mejor de los culebrones: romances, malos tratos, injusticia, acertados golpes de humor... incluso una moraleja final que aboga por la tolerancia y el derribo del pensamiento único. Todo servido mediante un envase caracterizado por escenas de corta duración, gran agilidad y en la que siempre se tiene la sensación de que no sobra ni falta nada a pesar de sus dos horas de duración. Lo que viene siendo un brillante ejercicio de concisión