Tragicomedia coral y costumbrista, Días de fútbol gira en torno a la figura de Antonio (Ernesto Alterio), un treintañero que, recién salido de la cárcel, se reúne con su pandilla de barrio de toda la vida. El ex convicto se queda sorprendido al comprobar que sus amigos no han hecho grandes progresos con sus vidas: siguen siendo un conjunto de fracasados sin aspiraciones y sin afán por madurar. Arrastrado por este desánimo generalizado, Antonio propone algo en forma de vía de escape para las frustraciones del grupo: volver a formar el equipo de fútbol que tenían de jóvenes y volver a conquistar, como hicieron entonces, un trofeo de fútbol 7, ya que piensan que es lo único que han ganado en sus vidas. A nivel artístico, lo primero que llama la atención de Días de fútbol es un estimulante reparto –la mayoría también presentes en las dos partes de El otro lado de la cama- perteneciente a esa nueva hornada de fichajes para la comedia española, de la que muchos han sido absolutos renovadores. Nombres tan dotados para el género como Fernando Tejero –ganador del único Goya que ganó la película, de un total de 5 nominaciones- María Esteve o Alberto San Juan brillan con luz propia, mientras que otros como Nathalie Poza, Lola Dueñas y Pilar Castro suponen, en sus papeles secundarios, un importante soplo de aire fresco. La única que desentona es Eva Santolaria, que de tan sobreactuada resulta ridícula.
Quizá el poso sobre el que se sustenta Días de fútbol–escenas de sexo dudosamente justificadas, un tema central de la banda sonora tan repetitivo como infantiloide y unos personajes estereotipados, a pesar del notable esfuerzo del director por asignar a cada uno de ellos algún rasgo distintivo- evoque indisimuladamente al espíritu de Los Bingueros –máximo exponente de la despectivamente denominada españolada-, pero Días de fútbol juega en otra división. Ahí tenemos ese conjunto de imaginativas situaciones –momento de Antonio explicando por qué quiere ser psicólogo o su particular invento de la “taxi-terapia”-, de inteligentes y chispeantes frases de guión y un elenco de actores tremendamente aferrados por hacer creíbles unos roles que, por increíbles, no significa que no sean el fiel reflejo de lo que acontece en la vida real. Porque, aunque muchas de sus situaciones y de sus personajes nos resulten viejos conocidos, no dejan de constituir un espejo de lo que sucede en muchos hogares españoles, en un viejo campo de fútbol o en merendero en el monte mientras se cocina un arroz un domingo: quizá resulten prototípicos, pero en absoluto irreales. Todos son tan imperfectos como cualquiera de nosotros: llevan ortodoncia, tienen pánico al matrimonio y aún no se han decantado por el modelo de educación –público o privado- que quieren aplicar sobre sus hijos.
Obviando esa lucha de sexos sobre la que versaba El otro lado de la cama y su secuela, Serrano disfraza esta comedia de situación de retrato generacional, apuntando sin contemplaciones sobre esa generación incapaz de tomar decisiones con sus vidas y anclados en una rutina que les impide ser felices, presos de una pasividad con la que aparentan estar satisfechos. Da igual que la producción quede empañada por exceso de metraje, una irregular dosificación de los gags o por algún que otro golpe de humor esperpéntico: Días de fútbol es, por encima de todo, un buen ejemplo de cómo se deben hacer las cosas para que el cine español funcione. Para público y crítica.