Por:
Nelson Hurtado Obando.
La guerra es una máquina infernal
de sangre y de dinero. Lo sabe la humanidad entera, lo saben todos los pueblos
de la tierra, por eso la civilidad, ha privilegiado el opuesto de este
antivalor y anhelamos y tendemos a la realización del VALOR de la PAZ.
La PAZ, en su dinámica, no es mera
ausencia de guerra o de conflicto, la paz es apenas una de las confluencias que
nos enseñan, que la existencia es coexistencia y no mera distensión.
Pero, la guerra es una máquina
infernal de sangre y de dinero y el dinero es apenas unos de los combustibles
que atizan su fuego; alrededor de la guerra, florece fundamentalmente la
industria de las armas, legales e ilegales, la química, las comunicaciones, sin
contar el acicate que representa para todas las ciencias, la técnica y la
tecnología y para las que se involucran como solidaridad internacional,
asistencia humanitaria y en los procesos de
reconstrucción.
La guerra es una máquina infernal
de sangre y de dinero; arrasa la vida sobre el planeta en todas sus expresiones;
potencia la enfermedad, el hambre y la pobreza y propicia el sometimiento y
subyugación de grupos y de naciones y genera un inmenso sobregiro, por cierto
impagable en la historia de la humanidad, de lo cual dan buena cuenta aún,
consecuencias hasta de orden genético, surgidas de acciones de la segunda
guerra mundial.
Es cierto, que los grupos
subversivos en Colombia, nos han causado mucho dolor; que no solamente han
secuestrado a seres humanos y han asesinado, sin ninguna razón y sin ninguna
justificación valedera, noble y altruista, a muchos de nuestros compatriotas y
hasta extranjeros; que han volado con dinamita oleoductos, contaminado campos y
cuerpos de agua y extinguiendo en ellos la vida; que han realizado actos
violentos que a la altura de la civilización, superan con creces los propios de
las épocas más salvajes y bárbaras de la humanidad; es cierto que han desoído
el rechazo unánime del pueblo colombiano, en especial de quienes formamos el
grueso social y económico, el país nacional, los más numerosos y los más
débiles, los que madrugamos a arañar la tierra, como los que a fuerzas de magia
logramos estirar el mínimo vital, para un libro, pero siempre con la fe y la
esperanza de que mañana, al menos para las generaciones futuras, habrá una
Patria más justa y más amable.
Así entonces, es una equivocación,
como lo he dicho en otros escenarios, dividir al país, entre amigos y enemigos
de la paz; la paz es un anhelo comunitario, solo que hay maneras de ver y
sentirla y desearla desde distintas visiones y eso es lo que debe enriquecer el
debate, pues justamente desde allí, es como puede convertirse en un propósito
nacional, no solo de gremios, economía, política y militares, pues los “amigos
de la paz”, fundamentada sobre la guerra misma y la aniquilación, han de pre
comprender costos inimaginables, como los propios de la degradación de los
conflictos, guerra sucia, con toda su estela de terror, bajo cuya férula, todo
se vale: el chisme, la calumnia, el negocio turbio, la ejecución sin fórmula de
jucio, etc.
Es cierto que los grupos
subversivos en Colombia, contra toda lógica y contra toda tesis de geopolítica,
siguen sosteniendo lo que ya se ha derrumbado, aun con una China cuya economía
se inscribe y se inserta en el modelo capitalista, una Alemania reunificada y
una U.R.S.S., disuelta y liquida.
Es cierto que los grupos
subversivos en Colombia, nos han arrebatado los amaneceres y la paz del Rosario
en los hogares campesinos, las notas del tiple montañero, el canturrear del
riachuelo, el olor de la guayaba madura, el olor fresco de la boñiga en el
ordeño mañanero, nos robó el viento y las cometas multicolores, los veranos con
su sol de vacaciones, la espesura del bosque y el “juego infantil e inocente de
la guerra”, los caminos rurales a la escuela, la pelota de trapo en el peladero
del potrero.
Es cierto que nos han arrebatado,
los paisajes, el verde de los campos, pero fundamentalmente nos han arrebatado
todos nuestros sueños y con ellos nos vaciaron de toda capacidad de asombro.
Hemos vivido, todos, todos como víctimas, tanta ignominia, tanto dolor, que ya
casi nada nos conmueve, nos convoca, ni nos concita como comunidad, ni como
familias; han corrido tantas lágrimas, únicas que lavan tanta sangre de que
están teñidos campos, caminos y ríos, que ya hasta se niegan a brotar,
escaseadas. La libertad, indefinible, pero cercana desde la quimera, de creerla
y sentirla, cuando nuestros sueños vuelan más altos que nuestros pensamientos,
también nos fue arrebatada.
La razón, la única razón
distintiva de los tiempos modernos, es la inseguridad, en todos los órdenes:
científicos, económicos, políticos, medioambientales; se han incrementado todos
los riesgos y a diario nos enfrentamos con peligros inminentes de toda especie;
la inseguridad medioambiental, es tan grave como la subversiva; la inseguridad
alimentaria, es igual de grave, pues el hambre no retrocede y cada día decrece
la producción de alimentos, aunque se incremente la producción de
biocombustibles; la pobreza no retrocede, la exclusión social, de alguna manera
se instala dominante desde los medios de comunicación, especialmente a través
de la TV y las TIC´s, en tanto rompen el orden de la comunicación, en su núcleo
esencial de interactuación intersubjetiva; nos agobia la inseguridad social,
tanto como la inseguridad política y en ella la inseguridad jurídica, todas
ellas que pasan casi que inadvertidas frente a la inseguridad personal, ésta
que hemos convertido en mero ritual, de buscar nuestros muertos y pedir
libertad de secuestrados.
Si en la antigüedad se habló de
las 7 plagas de Egipto, desde la seguridad humana, como paradigma introducido
por la O.N.U., para enfrentar los riesgos y los peligros de la sociedad actual,
en 7 componentes, ello obedece a que esas son las nuevas 7 plagas identificadas
y presentes, es decir que no hay duda que habitamos un MUNDO completamente
INSEGURO. Así, la PAZ en Colombia, no es meramente un problema nacional, de
orden interno, es también global, al que atizan las circunstancias propias de
una economía de mercado, global, interdependiente, interactuante y voraz, ávida de utilidades a la
transnacionalización de capitales, que incluye en sus componentes todos los
costes, de cualquier conflicto, sea que deba generarlos o extinguirlos, a lo
cual es un buen referente lo ocurrido en EE.UU., frente a la guerra de Irák,
desde el 11S, como respuestas al crimen internacional organizado y
especialmente a la globalidad del terrorismo, que repito, no es la única
inseguridad que padece el mundo actual.
Podríamos afirmar, sin mayor
riesgo de error, que el conflicto que se desarrolla en el suelo de la Patria,
no es solamente un conflicto interno o que solo amenace la estabilidad
regional; No. Es un conflicto que impacta globalmente y ante el cual no se
detiene el mercado; con él o sin él, la inversión nacional e internacional
seguirá llegando, la cuestión no es ya de materias primas, ni de mera inversión
económica y la inseguridad, componente de la inversión, está pre valorada desde
la gerencia del riesgo, lo que tiene perfecta corroboración en nuestro país y a
pesar del conflicto.
Ahora bien, si la PAZ, sólo puede
lograrse, desde el triunfo de la guerra, yo pregunto a mis compatriotas, ¿Cuál ha de ser en sangre y vida y dinero
su aporte personal y familiar a la guerra?
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Me repugnan Chávez, Correa, Evo,
Ortega, Castro, Teodora, las Farc, el Eln, todos los pillos y todos los subversivos de la corrupción pública y
privada, un mosco en la leche y un zancudo que me roba el sueño. Me
repugnan todos los que han terminado adorando el “oro del becerro” y que han
olvidado como lo cantó Silva, que en el “…fondo de la sepultura, de vuestra
carne alabastrina y pura, se revientan de gordos, los gusanos.” ¿Será valioso
seguir matándonos?