Gratis no trabajo, sin preguntas no hay cobertura, sin periodismo no hay
democracia… últimamente el mundo del periodismo ha estado muy entretenido
mirándose el ombligo… y ya era hora. Somos uno de los sectores más castigados
por la crisis, con sueldos irrisorios y condiciones laborales lamentables.
Formamos parte de un grupo de trabajadores que no tienen capacidad de protesta,
o al menos no lo tenía hasta ahora, creyendo hasta hace bien poco que poner el
acento en nuestros problemas sería algo así como decuidar nuestras
obligaciones. Afortunadamente parece que eso se ha acabado.
Hartos de pasear involuntariamente la vitola de privilegiados con los
bolsillos más que vacíos, los periodistas hemos salido a relucir, sobre todo en
las redes sociales, para reclamar la dignificación de una profesión que ahora
mismo goza de las peores reputaciones del mundo laboral. Pero, ¿qué nos ha
mantenido callados tanto tiempo? El miedo.
Amordazados por el temor hemos asistido a la marcha de compeñeros que se
han ido a calle de forma totalmente
injusta, hemos sabido de empresas que ofrecen míseros sueldos a cambio de tu
trabajo, hemos comprobado cómo nuestros derechos laborales se han cercenado
cada vez con menos pudor. Y todo en el más absoluto silencio. Si ustedes
supieran todo lo que tenemos que tragar cada día para que al encender la tele o
la radio, o al comprar el periódico, puedan leer lo que ha acontecido en el
mundo…
Pero vivimos en la profesión del miedo. Cuando comencé a estudiar
Periodismo –maldita la hora…- sabía que no iba a ser un camino de rosas.
Entonces pensé que lo verdaderamente problemático sería poder destacar entre
los miles de jóvenes que pretendíamos un mismo puesto. La competencia, en
definitiva. Sin embargo, al llegar al mundo real, a las redacciones, te das
cuenta que tienes que lidiar con algo más: gente con padrino, compañeros
envidiosos, tontos útiles, jefes miopes y demás fauna.
El primer miedo que experimentas es al político. Fruto de la inexperiencia,
el pudor de hacer preguntas comprometidas es en muchas ocasiones más fuerte que
el deber de informar. Y ocurre entonces un fenómemo curioso: conforme vas
perdiendo ese temor de principiante, te inoculan otro muy distinto: el de no
molestar, el de no poner en el punto de mira a tu jefe o a tu empresa. En
definitiva, aprendes a deberte a un poder superior al que creías que te
mantenía –el de decir la verdad- y pasas a rendir cuentas a otros menesteres
íntimamente relacionados con lo económico.
Pero aún hay otro miedo. Y este se ve de puertas para adentro, en las
propias redacciones. Existe en todas ellas y es aún más despreciable que el
anterior. Se trata de ese miedo al despido, el que te hace comulgar con ruedas
de molino; el temor que te lleva a aceptar cualquier condición laboral bajo la
convicción de que si tú no lo haces, hay
treinta en la calle esperando sustituirte. Y no es mentira, la presión que se
siente es casi insoportable y, lo que es peor, silenciosa. Nadie habla de ello,
o por lo menos se cuida mucho con quien
hacerlo, porque nunca se sabe dónde puede estar el correveidile del jefe, el
emisario acusica que puede sacarte de tu sitio por la razón más estúpida. Te
intentan convencer de que el periodismo es el único trabajo en el que no va
ligado esfuerzo con sueldo… ¿se imaginan que un fontanero al terminar su tarea
no la cobrara? ¿o que un albañil, al finalizar la obra para la que había sido
contratado, no tuviera su contraprestación económica? Eso ocurre en el mundo
del periodismo.
Con estos mimbres tenemos que dar lustre a un trabajo que, para colmo,
“podría hacer cualquiera”; con este ánimo nos presentamos cada día en nuestro
puesto de trabajo, amordazados por un sueldo mísero pero necesario, presionados
por unas guerras que no son las nuestras y con la sensación de que hagas lo que
hagas, te esfuerces o no, trabajes como el que más o dormites frente a tu
ordenador, cualquier día te pondrán de patitas en la calle. ¿Es o no es para
tener miedo?