A través de esa línea realista sello inconfundible de los cineastas belgas, este impecable ejercicio de concisión narrativa -no sólo por sus 87 minutos de duración, sino por su escasez de directos y escasos diálogos- El niño de la bicicleta se desarrolla bajo un apacible clima de luminosidad y optimismo, muy alejado de la sordidez de algunos de sus anteriores trabajos. Es por ello que la mayoría de sus escenas están rodadas a plena luz del día y en exteriores. Este aire vitalista que respira el film encaja perfectamente en una historia que habla de segundas oportunidades, de ilusión, esperanza, soledad... pero, sobre todo, de esa ingente capacidad del ser humano en crear un oasis donde poder escapar de una sociedad cada vez más caótica, individualizada y amoral. Samantha, en este sentido, no duda en arriesgarse y formar junto a Cyril la familia que siempre había soñado, al tiempo que rescata al pequeño de ese mundo interno de soledad en el que vivía preso, agudizado cuando se entera de que su padre no quiere saber nada de él. Quizá no quede claro esa plena e instantánea predisposición por parte de Samantha a la hora de acoger al niño, llegando incluso a romper con su pareja sentimental, pero también es cierto que algunos comportamientos no tienen por qué justificarse, precisamente porque ya de por sí, en cada contexto y cada situación, están justificados de más. Quizá el espectador que nunca haya sentido esa imperiosa necesidad de ayudar al prójimo y también a sí mismo sea incapaz de comprender a un rol quizá alejado de la realidad -por desgracia-, pero cuya actitud es más que elogiable. Al final, las palabras que recibirá por parte de su hijo adoptivo serán: "Samantha, me gustaría vivir contigo. Siempre".
Sin resultar empalagosa y haciendo uso de una medida musicalización de partituras clásicas -breves fragmentos estratégicamente situados-, estamos ante una cinta de autor donde, a pesar de su sensación a deja-vu -niño abandonado por su padre que entra a formar parte de otra familia- , impresiona por su cierto aroma a cuento infantil. Así, al margen de la condición de hada madrina de esa mujer llamada Samantha, están estudiados detalles como la vestimenta del protagonista, como si fuese esa Caperucita Roja que necesita escapar de los peligros del bosque -o la ciudad-. Lo único que le queda a Cyril de su vida anterior, además del recuerdo de su padre, al que llega a visitar después de su abandono, es una bicicleta convertida en algo más que en un medio de transporte: es el nexo de unión con esa persona que le dio la vida, de ahí su esfuerzos por conservarla, incluso de recuperarla de manos de unos ladrones. Un elemento que evoca, inevitablemente y junto a esa relación paterno-filial, a Ladrón de bicicletas (Vittorio De Sica, 1948), incluso a Los 400 golpes (François Truffaut, 1959). No obstante, a pesar de estos ciertos detalles fantásticos de la cinta, ésta no se desprende de ningún momento de su férreo barniz realista, de su innegable condición de cine social y comprometido. En El niño de la bicicleta todo está narrado con coherencia -esos planos secuencia, esa cámara en mano, esos planos generales que destilan autenticidad desde todos sus ángulos...-, destacando unas muy buen empleadas elipsis narrativas y, siempre, huyendo de la sensiblería y lo empalagoso como de la peste.