Me indigna que cada vez haya más gente que se
atreva a defender el derecho de los animales y no se atreva a defender el
derecho de las personas; esos mismos que, probablemente, se quejen de que la
investigación no avanza o lo hace despacio y de que cuando lo hace, sea a costa
del “sufrimiento” de los animales ¿preferirían que ese sufrimiento viniera de un ser humano?, digamos, sin ir
más lejos, para encontrar la cura del cáncer, el sida, el lupus, la depresión,
síndrome de huesos de cristal, trastorno de ansiedad, Esclerosis Lateral
Amiatrófica (ELA), o tantas otras que aquejan a miles de personas.
Según el Código de Nuremberg, cualquier
experimento en seres humanos “debe ser diseñado y basado en los resultados de
investigación animal”. Y, la Declaración de Helsinki, por la XIII Asamblea
Médica Mundial, cita que “la investigación médica en seres humanos debe estar
basada en pruebas de laboratorio, adecuadamente realizadas, en experimentación
con animales”.
Luego, abandonan a sus mascotas en verano, comen
ternera en su jugo y pollo al ajillo.
Me indigna ver cómo se dignifica a determinadas
personas por lo que han llegado a conseguir y no se fijen en aquellos que
luchan y se esfuerzan, día a día, por conseguirlo, sin “empujoncitos” ni ayudas
extra…
Que te hagan una fiesta cuando te mueres y que
dejen que te pudras en la miseria cuando estás vivo.
Me indigna que muchos estén dispuestos a salir
a la calle y manifestarse contra las medidas de un gobierno que no convence y
no lo hagan por otro que ha destruido nuestro país, nuestra credibilidad en
Europa y se ha dedicado a engañar y atontar a la población.
Me indignan aquellos que critican la mala
calidad de nuestra Televisión y, sin embargo, la siguen fielmente.
Me indigna que muchos padres se quejen de la
calidad en el Sistema Educativo y no sean capaces de enseñar a sus hijos unas
normas básicas de educación, moralidad y respeto; eso que solo se aprende en el
seno de la familia y desde la cuna.
Me indigna un profesorado que en su día, no muy
lejos, relevó gratuitamente la labor educativa y responsabilidad de los padres,
asumiendo lo inasumible, y ahora se quejen devolviendo esa responsabilidad
“robada”.
Me indigna que un examen aprobado sirva para
mantenerte seguro en un puesto de trabajo el resto de tu vida y que otros
exámenes aprobados tras muchos años de estudio y formación, esfuerzo y mucho
dinero gastado no sirva para lo mismo.
Me indigna que sigan existiendo los “padrinos”;
que unos puedan y otros no, dependiendo del “amiguismo” y las simpatías.
Me indigna que haya desaparecido la
“profesionalidad” y cualquiera pueda ser experto en esto o lo otro,
sencillamente porque está acostumbrado a hacerlo o “se le da bien” ¿sacó la
carrera?, ¿obtuvo su titulación y pagó las tasas?, ¿se formó adecuadamente?.
Me indigna ver cómo se moviliza la gente para
el “botellón”, para un partido de fútbol o para conseguir la entrada a un concierto
o conseguir la firma de un personaje famoso y no lo haga porque nos han subido
las tasas de universidad, el gas, la electricidad o la gasolina.
Me indignan los padres que regalan para su
cumpleaños a su hija una intervención de aumento de pecho y ver al niño de 8
años con un móvil entre sus manos.
Me indigna ver cómo se trata a los ancianos en
nuestra sociedad.
Me indigna comprobar que, aún hoy día, las
mujeres tengan que estar “demostrando” su valía como personas y su capacidad
como profesionales.
Me indigna el “todo vale”.
Indignación… aunque no sé si esta palabra sigue
teniendo vigencia y sentido o ya se ha buscado y encontrado la idea que dé un
nuevo sentido y promueva la indiferencia en aquellos que nos llamamos seres
humanos.