Ya sea impuesta o elegida, la soledad es algo a
lo que todos, en algún momento de nuestra vida, tendremos que enfrentarnos. Y
no queda más que aprender a afrontarla con decisión, dignidad y equilibrio.
Podemos aceptar esa soledad mejor cuando la
vemos como un estado transitorio y una oportunidad para descubrirnos a nosotros
mismos. Depende de nosotros que ese tiempo en soledad, pocos días o muchos, sea grata o no.
Probablemente saldremos fortalecidos de esa
situación al darnos cuenta de que hemos sido capaces de mirarle a la cara, sin
miedo; de comprobar que tenemos muchas más capacidades de las que creíamos y
recursos que poner en funcionamiento.
Básicamente, hay dos razones por las que puede
vivirse en soledad. Una de ellas es por decisión propia, la otra debida a las
circunstancias.
La soledad elegida nace de las decisiones
tomadas por uno mismo y debería afrontarse con gran capacidad de reconducción,
con afán de ser el conductor de su propia vida; siendo uno mismo, sin caretas
ni disfraces; buscando el crecimiento personal en la consecución de proyectos y
aspiraciones.
Habrá quién piense que aquellos que quieren
vivir solos lo hacen por miedo al compromiso (mito este muy arraigado), y no
cabe duda que habrá personas con este
perfil, pero la mayoría optan por esta opción manifestando una gran capacidad
de aventura, asumiendo riesgos y necesitando disfrutar de uno mismo.
Al fin y al cabo, nunca se está solo del todo,
estamos con nosotros mismos, nuestro más preciado tesoro.
Por otro lado, la soledad impuesta, es mal
recibida, es entendida como un castigo; la persona que no sabe estar consigo
mismo puede sentirse desbordada por las circunstancias, o tal vez herida, y
puede ver su vida como una profunda crisis de la que le costará salir. Es
tiempo entonces de intentar apaciguar la ansiedad, de darse tiempo, con
paciencia y pensar que cuenta con recursos suficientes para hacer más llevadera
esa situación, probablemente transitoria.
Cuando una persona no sabe estar sola busca irremediablemente
la compañía de alguien, busca una pareja que la acompañe el resto de su vida.
La prisa y necesidad de conseguir este objetivo, a veces, nos puede hacer
decidir mal y elegir a la persona inadecuada.
Es preciso saber que la soledad es un paso
previo, muy recomendable, a la vida en pareja. Hay que amarse antes de amar.
De esta manera se aprende a valorar la
importancia real de la compañía, los hechos que nos rodean, nuestra propia
personalidad y, en general, a nosotros mismos y esos recónditos espacios de
nuestro interior que difícilmente descubriremos si nunca nos paramos a observarlos,
a entenderlos y a respetarlos.
Cuidado con los mitos: muchos se piensan que la
soledad implica desconexión del entorno. Esto es falso, hay que tener una gran
capacidad de relación con el entorno para saber vivir en soledad.
También se tiende a creer que la soledad es el
resultado de ser un fracaso personal. Falso. La soledad no es más que un estado
emocional transitorio, que puede ser elegido voluntariamente o no.
Otra creencia o mito tiende a ver a las mujeres
más propensas a evitar la soledad: “aspiran a casarse y cazar a un hombre…”.
Afortunadamente, las mujeres, cada vez son menos dependientes del hombre. Esta
dependencia ha sido desmitificada progresivamente, gracias a su evolución
laboral y académico, a su formación intelectual y personal.
De igual forma, a menudo se ha dicho que los
hombres son espíritus libres y que tienden a rehuir el matrimonio o la vida
compartida en pareja. Nada más lejos de la realidad, el hombre lleva peor la
confrontación con la soledad, la perciben con mayor descontrol.
En cualquier caso, la soledad habría que
contemplarla como un puente para conseguir objetivos personales, como un tiempo
para encontrarnos y conocernos, como una forma de ir hacia delante en ese
transcurrir de nuestra vida, una situación o circunstancia transitoria. Nunca
como un castigo, con sensación de fracaso y con miedo o rabia. Debe ser nuestra
compañía particular, nuestro espejo, nuestra aliada.