En tiempos como los actuales se echa de menos la sencilla ley del viejo Oeste que se retrata en las películas, siempre de temáticas menos complejas que la vida que nos toca vivir.
En ese antiguo Oeste el sistema aún no envolvía al individuo obligándole a pasar por el aro del consumismo y el control que todo lo domina. Aún existía la libertad y para alimentarse no hacía falta desfilar como borregos ante la caja de un supermercado. Bastaba cultivar o cazar para subsistir hasta en los más duros tiempos.
Hoy en día es muy evidente que las sociedades no han trabajado en busca de los beneficios colectivos, sino que han obligado a los colectivos a trabajar para cuidar del sistema que ha terminado arruinando a las personas, tratadas como aborregadas manadas a las que exprimir y trasquilar quitándose la clase política esa piel de cordero con que engañaba a sus disciplinadas víctimas.
El sistema es pura mierda y los que columbran su obra de explotación unos misérrimos hijos de Satanás que se sienten bien seguros en sus cubiles con apariencia de mansiones, lo mismo que son nidos de víboras los lugares que habitan después de expeler ese tóxico veneno que escupen empozoñando la sociedad a la que jamás han servido.
En ese antiguo Oeste no existía la indefensión de ahora; los forajidos se colgaban de los árboles y no vestían togas, ni se encumbraban en mítines donde aparentar honradez inexistente; tampoco vestían traje y corbata embargando la vida de inocentes. Hoy en día los forajidos dejan colgada a una sociedad económica e institucionalmente y no les pasa nada. Los forajidos pendulaban con el horizonte de los buitres a la espera de sacarles los ojos, no como ahora que los bandidos son los que sacan las entrañas del ciudadano y encima poseen leyes para justificar las aberraciones.
En el salvaje Oeste había ocasión para la verdadera Justicia. No se iban de rositas los criminales con cuantiosas indemnizaciones o multimillonarias jubilaciones. Entonces se llevaba un revólver y se defendía el honor mancillado con las armas. Era rápido, eficaz, no como esos ralentizadores amañados de los tribunales, con tendencia a recibir compensaciones por decisiones judiciales afectas a extrañas leyes y justicias sospechosamente corruptas.
Bastaba con ser rápido para dejar en su sitio a los carroñeros capaces de causar daños. Hoy esas leyes del sistema injusto, impiden que el justo sea correspondido cuando es atacado. Al menos en el pasado se daba la oportunidad de resarcirse con los asesinos, los criminales, los ladrones, los politicastros, los banqueros encumbrados por el latrocinio. Se descerrajaba un tiro y la vida continuaba. Sólo sucumbían despojos humanos y el honor no era tanto cuando se los comían los gusanos penando culpas al descubierto. No como ahora que el dinero encubre matanzas del 11-M o, anteriormente, provoca un expolio consentido por el poder ejecutivo, legislativo y judicial, como el que fue la expropiación de un Holding que el sistema ha soterrado, engullendo con mentiras a la víctima de la iniquidad de estos tiempos en que los ladrones y criminales, con manos manchadas de sangre, se salen con la suya… y siguen asomados a los pedestales, proclamando la arana de los derechos sociales y disimulando para que nadie advierta que son los culpables de la crisis.
En el venerado Oeste, gentuzas supervisoras de nubes o ministros de todas las corrupciones de esta España del progresismo destructor, estaban en penales picando piedras, cuando no comidos por los buitres después de ser sometidos a la cumplida venganza lejos de la indefensión del inocente en estos días.
Quizá, José María Ruiz-Mateos hubiera puesto una muesca en su revolver por cada uno de los majaderos que pasa por honorable en esta sociedad de la mentira que hoy vamos descubriendo con tremebunda nitidez. Seguramente las cachas de su pistola serían toda una cicatriz. Pero me temo que la honradez de un hombre despiadadamente perseguido por forajidos de todo color, hubiera seguido entonces, como ahora, la senda de la creación de empleo a través del intenso trabajo empresarial, como Rumasa y Nueva Rumasa, que es el que ha conseguido que las sociedades salvajes se hayan convertido en civilizadas.
Civilización, sí, aunque personajes de rapiña de todos los tiempos se disfracen con sotanas, togas y trajes de corbata para dar el pego. Los criminales de hoy, en realidad deben de ser reencarnaciones del diablo que algún día colgaron de un árbol y volvieron a nacer, para hundirse más en la barredura de un destino mortal del que tendrán que dar cuentas más allá de este engaño social que comandan.
En el viejo Oeste todo era más fácil para dar al forajido su merecido, al contrario que en la actualidad que parecen protegidos por un Mal del mundo que a todos engaña. Pero, quién sabe, quizá un día alguna de esta gentuza de la política, la justicia, la economía y de lo social, esa gentuza minoritaria causante de los daños que millones de inocentes soportan, quizá por una eternidad sientan cómo en el infierno les sacan de manera permanente las vísceras del alma con la misma saña que destripan moralmente sobre la Tierra a sus víctimas.
Todo tiene su momento, así que mejor que se confíen en sus codicias para que la recogida de la siembra sea como en el salvaje Oeste o mejor. Se la merecen.
En los Western y sin ser tan radicales, las peleas en el saloon tenían su gracia. Seguro que le dejaban a uno bien el cuerpo después de arrear a los matones de pueblo; a estos, sin embargo, ni tocarlos, cachis.