La triste y falaz realidad de la Transición española.
Política Nacional | 23/05/2012
Con
el tiempo hemos descubierto que los españoles son un conjunto mal
avenido de dispares codicias, disimuladores de honestidades para acceder
con alevosía a la rapiña sin freno con la excusa de lo político,
económico, social y hasta jurídico. España sedimentó las bases de su
reconstrucción nacional sobre millones de cadáveres, prensados por unos
antecedentes históricos que ya anunciaban la inviabilidad de la
convivencia humilde y la repartición de las vitales responsabilidades
que convertían en posible ese espejismo de una democracia pútrida, un
reflejo parasitario de futuras contiendas sin concesiones y una Historia
de mentira con fingidos credos de respeto colectivo que luego fueron
las justificaciones para confrontar con la codicia despedazando el
espíritu, ese tan menguado y ridículo, de la Transición
española. No nos extrañen pues el despertar de odios guerracivilistas que oportunistas majaderos sacaron a colación en busca de enriquecimientos sectarios.
Lo cierto
es que no debería llamarnos a sorpresa el resuelto saldo de esta
mezquina España que hoy se desenmascara después de haber ocultado con
vergonzante indignidad el trasfondo oscuro, corrupto, ingentemente
maligno y fingidamente honrado de una falacia nacional donde nadie es
quien parece ser. En estos últimos años y con la premeditada incapacidad
de estultos gobernantes que han despellejado un país sin miramientos y
con visos de continuidad, con estipulada y sistemática impunidad, hemos asistido al
nacimiento verdadero de una España que entonces fue un aborto
resucitado, un cadáver ventilado, un fantasma creado por la imaginación
de una retorcida conciencia popular que, una vez aflorada sin tapujos,
muestra el terror real al que debemos a peores personajes de carne y
hueso.
España fue un espejismo y era coherente que un día descubriéramos que en este patio de peligrosos parvularios, mendaces, nauseabundos, acostumbrados a corruptelas sumergidas; este recinto de gentuallas vivaces y vivarachas escorias que apestan a una hipócrita condición donde poco es digno de respeto... descubriéramos que los cadáveres del armario poseen una Justicia mayor que la de los criminales que los ocultan. Algún día iban a asomar esos cadáveres escondidos para confirmar que los verdaderos muertos son aquellos que parecen muy vivos, siendo solo una podredumbre andante movida por intereses salvajes ,siempre posibles a través de esos misterios que encubrían el verdadero carácter criminal de los prohombres que decían dirigirnos por el bien social.
España fue un espejismo y era coherente que un día descubriéramos que en este patio de peligrosos parvularios, mendaces, nauseabundos, acostumbrados a corruptelas sumergidas; este recinto de gentuallas vivaces y vivarachas escorias que apestan a una hipócrita condición donde poco es digno de respeto... descubriéramos que los cadáveres del armario poseen una Justicia mayor que la de los criminales que los ocultan. Algún día iban a asomar esos cadáveres escondidos para confirmar que los verdaderos muertos son aquellos que parecen muy vivos, siendo solo una podredumbre andante movida por intereses salvajes ,siempre posibles a través de esos misterios que encubrían el verdadero carácter criminal de los prohombres que decían dirigirnos por el bien social.
No es
casualidad el intento de golpe de estado del 23 de Febrero de 1981, siga
enmarañado de secretos que quizá oculten la intención de que un partido
socialista consiguiera en la urnas lo que por corriente legalmente
democrática no hubiera alcanzado con éxito
arrollador. España ha avanzado impulsada por el miedo dado el carácter
voluble y dispar de sus habitantes.
No
fue casual que un 23 de Febrero de 1983 Rumasa fuera expropiada
delictivamente con absoluta indefensión y que el sistema abriera sus
dilatadas fauces para engullir al justo, en tanto miles de honorables
próceres de una patria vergonzante hacían la vista gorda o se acercaban
exultantes, otros disimulados, para tomar el pedazo que convenía
destrozando la vida de inocentes. No es casual que los sinvergüenzas de
todo palo sean agasajados y respetados mientras que los honestos son
vilipendiados. No es casual que José María Ruiz-Mateos sea la víctima
propiciatoria de un corrupto poder que excede la apariencia de la
alternancia política. El mal permanece y mueve los hilos invisibles de
la disolución. Muchos de los respetados de este país son auténticos hijos
de
Satanás.
Causal
es que el resultado de tantas ruinas que nos acometen tuvieran como
punto de partida la masacre de un 11 de Marzo de 2004 con 192 inocentes,
ajusticiados en pro de oscurantistas intereses políticos y sociales que
nos han abocado a una destrucción paulatina y que sigue solapándose
con esa acostumbrada y repugnante hipocresía descarnada de la que hacen
uso en lo político, social, económico y jurídico de una España muerta.
Porque, sí, España no puede ser otra identidad que un cadáver despedazado
por todos aquellos que la hicieron posible desde la fragilidad interna, para
devorarla con los colmillos fortalecidos por las dentelladas que ya sin
disimulos dejan al descubierto sus vísceras. Estamos visceralmente
podridos, envenenenados de nosotros mismos y abocados a intentar
organizarnos con los mismos culpables de la bellaquería aceptada que
durante años nos engañaron para
tomar de nosotros el mejor bocado de indefensión con que hoy nos
devoran.
Vivimos
un gran engaño y así fue durante décadas. El despertar para ver esta
pesadilla de la actualidad es una nefasta consecuencia de ese dormitar
democrático en que nos meció la garra de una España conformada de
enemigos separatistas e interesadas rémoras que nunca aceptaron una
solidaridad vilmente escenificada.
No es cuestión esta visceral problemática solo de política, sino de un poder que perdura más allá de la alternancia y lo circunstancial. Una avaricia conjunta con distintos fines para exprimir al ciudadano; al fin y al cabo los verdaderos y dignos personajes de esta España que ,desgraciada y paradójicamente, se la han ganado sus propias víctimas por dejar que la mentira convenciese. Es el precio de la impunidad.
No es cuestión esta visceral problemática solo de política, sino de un poder que perdura más allá de la alternancia y lo circunstancial. Una avaricia conjunta con distintos fines para exprimir al ciudadano; al fin y al cabo los verdaderos y dignos personajes de esta España que ,desgraciada y paradójicamente, se la han ganado sus propias víctimas por dejar que la mentira convenciese. Es el precio de la impunidad.