El hecho de que los ciudadanos de la nefasta España zapaterista no reaccionasen a tiempo y tuvieran que asistir impasibles a la destrucción de sus certidumbres de futuro, no significa que ahora no capten la realidad de sus ruinas con un horizonte de incertidumbre estremecedor.
La ciudadanía se acomodó en una estupidez indolente y mientras unos protestaban y advertían de las consecuencias de tantas criminalidades encubiertas, los más adolecían de una pasividad que nos ha precipitado a una crisis institucional y económica sin precedentes.
Sucede ahora que el Partido Popular está intentando solucionar una papeleta delicuescente que fue el mal gobierno de Zapatero traicionando incluso a los socios europeos a los que mintió sobre el déficit real del 8.5%. Con toda la responsabilidad de estos nefastos gestores del socialismo y lejos de penalizar la canallada, el tibio Rajoy condecoró a nuestros verdugos de manera que tácitamente reconocía al socialismo un premio por destruir un país. ¿A qué tanto quejarse después de que fueron los anteriores los que provocaron el estropicio para ahora justificar una salvaje subida de impuestos?
Después de cuatro meses, la confianza de los electores está más que soliviantada con un flagrante incumplimiento de promesas electorales que no solo se deducen del tema económico, sino también en aspectos tan delicados como la lucha antiterrorista dejando en indefensión a las Víctimas , desatendidas las súplicas de Justicia que legítimamente entonan contrariadas por la tibieza insultante de Rajoy.
Cuatro meses después puede decirse que el Partido Popular parece completamente desligado de una realidad social realmente incandescente y nada propicia para esa tibia conducta de gobierno que parece buscar el hartazgo de la paciencia resignada y cada vez más debilitada.
Los ciudadanos no han percibido un premio moral por la influencia electoral de poder cambiar sus destinos. Comprenden ,ante las erráticas actitudes del Gobierno, que la confianza otorgada no carece de un periodo de caducidad que podría antecederse incluso antes de la nueva cita en la urnas.
Sensaciones
de improvisación y contradicciones entre los distintos miembros del partido,
conducen a una carencia de orientación que predispone a pensar que el timón no
está fuertemente asido y que existe la posibilidad de zozobrar contra los
arrecifes circunstanciales que nos cercan a merced de una galerna que puede
arreciar en cualquier momento. La falta de preparación de un programa de
reforzamiento económico es, evidentemente, una vergüenza. Basar todo en la explotación del ciudadano es una temeridad y una repugnante manera de engaño visceral a un país harto de sometimientos déspotas.
Los nuevos gobernantes cometen el error de intentar salvar una hecatombe macroeconómica a través del debilitado bolsillo de los ciudadanos que se sienten esquilmados, incluso con prácticas impositivas de dudosa constitucionalidad como podría ser el pago de peajes de autovías cuyo mantenimiento sufragamos con impuestos como el de circulación, hidrocarburos etc.
La duplicidad impositiva no es legal y sin embargo parece que el equipo de Rajoy cifra todos los empeños en dar con la fórmula de pagos impositivos con drásticos recortes en Sanidad y Educación que terminarán, muy seguramente, por soliviantar los ánimos de millones de exhaustos ciudadanos que pueden crear una resistencia espontánea que derive en graves desórdenes sociales.
Quizá
la solución estriba en esa salvación a contracorriente que ha descrito el
empresario José María Ruiz Mateos, quien defiende la salida de España del Euro
para forzar una posición de negociaciones que rompa con la exigencia brutal de
ajuste capaz de llevarnos a un colapso social más allá de 15 emes o las
sectarias protestas de los bien avituallados sindicatos. Lo que es muy cierto es la paciencia con un límite que muchos ya no están dispuestos a soportar.
No se puede intentar cuadrar los datos macroeconómicos arriesgando la economía personal de cada ciudadano, sobre todo cuando es vergonzosamente constatable que el recorte de lo prescindible en gasto público no se toca por ser afín a los intereses políticos.
La
paciencia de los votantes se está agotando y mucho es de temer que, con ese
tacto propio de un elefante en una cacharrería que está mostrando el Gobierno,
no tardará en surgir un amotinamiento espontáneo, por sectores, reivindicando el
derecho a vivir sin ser estrangulados. Entonces las sogas pueden cambiar de
cuellos y no existir Fuerzas del Orden suficientes para evitar una asonada de
indignación impulsada por la exigencia de la supervivencia… una exigencia mucho
más agresiva y contundente que el impulso ideológico de la demagógica protesta
del PSOE y los paniguados sindicalistas o las interesadas hordas titiriteras. Al final puede que se confundan esos berridos con la legítima protesta de ciudadanos verdaderamente hartos y desposeídos de favor.
Todo el tiento será indispensable para llevar a cabo reformas, necesarias, sí, pero hay que medir la temperatura del enojo de los ciudadanos hartos de cargas impositivas que amenazan sus vidas, intentando salvar el conjunto que los políticos han despilfarrado y siguen malgastando. Cuidado que la calle es más lista, menos resignada y radical, cuando se pasan penurias que los gobernantes, aplicados en cumplir lo presupuestado, ignoran.