(Parte I)
Disciplina:
¿hábito o experiencia?8
La
disciplina ha sido entendida con frecuencia como el sometimiento a las normas y
reglas de una profesión, pero también se ha comprendido —en el sentido de
Foucault— como un tejido, una forma de organización social, una tecnología
específica del poder que articula discursos y prácticas y cuyo objetivo es el
control de los cuerpos y de las almas. Sin embargo, estas nociones no me
permiten trazar la conexión que me propongo, pues no consideran la dinámica de
transformación del cuerpo que ocurre a lo largo del proceso formativo.
El
cuerpo de la danza surge de un escrupuloso trabajo de exacerbación
disciplinario que lo lleva al límite de su destreza y lo desnaturaliza, pues no
está sometido a condiciones regulares, “normales”; por el contrario, el cuerpo
es arrancado de lo cotidiano y proyectado sobre un ideal: el cuerpo estético
(Mier, 1998). Pero este cuerpo ideal estético no es un modelo que pueda emerger
de la reiteración mecanizada de los movimientos. El cuerpo estético exige un
intenso proceso de singularización durante el cual se produce una peculiar
interacción entre los dos cuerpos a los que hace referencia Merleau-Ponty
(1997): el habitual y el actual. En el primero, el cuerpo se mueve
significativamente a partir de construcciones disciplinarias, hábitos, que le
sirven de base, sustento, para el desarrollo de las habilidades exigidas por el
medio profesional. En sentido contrario opera el segundo cuerpo, pues para
responder a los desafíos del aquí y ahora abandona su posición habitual,
simplemente reproductiva, cobra plenitud y se singulariza por la intensidad de
la experiencia, que con frecuencia lo lanza a la creación de nuevas formas de
actuar: a la creación de nuevos mundos. ¿Qué características asume esta
peculiar interacción? ¿En qué condiciones se produce la experiencia y qué
calidades asume?
Para
comprender la dinámica de transformación que produce el interactuar de estos
dos cuerpos he recurrido a la visión de Charles S. Peirce, quien concibe la
disciplina como una modalidad de la significación.9 Entendida así es
posible pensar en la infinita variedad de calidades y procesos de semiosis
diferenciados que suscitan las interacciones. Y dado que el cuerpo de la danza
emerge de un proceso de un proceso de interacción múltiple (“El cuerpo que
danza —dice Mier (2002: 113)— no es nunca solitario […] Está siempre
involucrado en un diálogo con los otros cuerpos —cuerpos virtuales, omitidos,
esperados, velados que han anudado como una made- ja la memoria del propio
movimiento—”), es necesario reconocer los matices diferenciales que surgen en
él y que pueden transformar significativamente la calidad de la formación.
Como
he señalado, el cuerpo de la danza se construye luego de un largo trayecto
disciplinario, cuyas regulaciones proyectan e imponen un campo de experiencias
posible al sujeto. El bailarín no se mueve de manera caprichosa, aleatoria o
indeterminada, sino que lo hace con un autocontrol particular y a partir de
unos hábitos específicos.
Según
Peirce, el hábito es una forma de inferencia lógica que se presenta en tres
formas: deducción, inducción y abducción. La inducción y la deducción apuntan a
formas estables de conocimiento, pero la abducción, al reconocer la
incertidumbre, supone conjeturar la realidad, interrogarla. La creación de
conocimiento, subraya este filósofo, exige inventar las pistas y hacerlas
significativas: apostar a nuevas formas de significación. Tanto en la deducción
como en la inducción, la mente está dominada por el hábito y apunta a la
repetición, mientras que la abducción se dirige a la creatividad y al
descubrimiento. De este modo, afirma Mier, el hábito se despliega en una doble
faceta ontológica: puede actuar como apertura o como cierre, apuntar a la
diversidad del mundo o someter el impulso diferencial de la semiosis (Mier,
2001: 2).10 En otras palabras, los hábitos son recursos de control
que hacen inteligible el entorno, delinean certezas en un intento por cancelar
el azar e impedir la irrupción de lo inesperado; sin embargo, la vida
inevitablemente se hace presente: hay experiencias que los quiebran, que
desbordan los modos acostumbrados de significación y obligan a interpretar los
actos de manera distinta.
Lo
anterior permite pensar en la existencia de dos modalidades de la disciplina:
una en cuyas regulaciones predominan las formas estables de conocimiento
(deducción e inducción) y que lleva a la rutina y a la mecanización. Y otra que
apunta al descubrimiento y a la creación (abducción), por lo que considera
regulaciones cuyo destino es la indeterminación. En efecto, no toda regulación
desemboca en la monotonía de los hábitos, en la reiteración de la
significación, en la redundancia de lo mismo. Existen regulaciones que devienen
en un conjunto de campos potencialmente significativos: donde la significación
se expresa como potencia.
Esta
calidad diferencial en la formación de los hábitos está asentada en el papel
cardinal de la experiencia. La experiencia, para Peirce, es una compulsión,
algo que irrumpe violentamente en nuestro mundo y exige una respuesta; está
dada por la fuerza de afección de los objetos y obliga a romper con los
hábitos: la compulsión entraña un “hacer negativo” que disloca la vida interior
del sujeto y lo saca de la reiteración. La vida transita sobre “catástrofes de
significación” y la experiencia es una de esas catástrofes: una transformación
esencial del modo de comprender los actos. De ahí que la experiencia permita
dar valoraciones diferenciadas a los sucesos de la vida: “construir relieves en
el mundo” (Mier, 1998).
Por
ello, la disciplina también puede entenderse como una experiencia, como un
momento de la significación, que implica a su vez un momento de ruptura del
hábito. Aquí la disciplina asume un valor de umbral, de límite contra el cual
trabaja el orden corporal. No se orienta a la consolidación de los hábitos
corporales, sino a su trastocamiento:
La
disciplina [de la danza] se separa de la norma, de las estructuras, de los
códigos, de las categorías preestablecidas. La disciplina se convierte en una
invención serial. Cada movimiento es al mismo tiempo el producto de un patrón y
su ruptura. Es un signo y una cancelación de toda significación determinada.
Está sometida a la ley implacable aunque incierta de la serie, pero al mismo
tiempo revela la identidad precaria de todo enlace secuencial. El cuerpo se
hace al mismo tiempo acontecimiento y atavismo. Es al mismo tiempo arrebato y
figura. […] La disciplina, expresada en la serie, no es sino la creación de una
distancia frente al cuerpo habitual, una experiencia de la fragilidad y la
metamorfosis de la experiencia (Mier, 2002: 114).
El
cuerpo de la danza, efectivamente, requiere de la disciplina, de un conjunto de
regulaciones, de patrones de movimiento, de pautas de repetición, pues
constituyen el “trasfondo de la certeza, un suelo intangible sobre el que se
levanta la conciencia de los objetos, de los otros”, mas no puede limitarse al
orden cotidiano ni sucumbir ante la fuerza de los hábitos, por el contrario,
“se construye a sí mismo como un extrañamiento frente a ese cuerpo inercial de
los hábitos” (Mier, 2002: 103).
El
hábito, como forma estable de conocimiento, lleva a la pose, a la
interpretación canónica del movimiento, a la interpretación habitual de las
figuras, así la danza se reduce a una sucesión de figuras, de imágenes, de
posiciones o de esquemas de corporalidad articulados uno tras otro. De ahí que
esta modalidad del hábito no permita la formación de un cuerpo estético, pues
éste surge de la experiencia, del arrebato, del vértigo: de esa tensión que conduce
vivirse a sí mismo como potencia.
En
efecto, la experiencia entraña una potencia, porque amplía la capacidad de
acción de los sujetos y posibilita la emergencia de nuevas significaciones. De
donde, la potencia permite enfrentar y dislocar el hábito; lo presupone, pero
apunta a su desbordamiento. Por ello, la disciplina, entendida como
experiencia, involucra un proceso de desfiguración del cuerpo, que implica
trabajar en los bordes de la figura para ensanchar sus márgenes.
La
danza [afirma Mier], como todo acto estético, revela un rostro singular de la
disciplina: su capacidad para desdibujar los hábitos del sentido, para
engendrar, a partir del formalismo de los cuerpos, una extrañeza radical de los
signos, para vaciarlos de su sentido, para desplegarlos en un entorno móvil e
irrepetible. En la serie de pasos disciplinados, como en cualquier elaboración
rítmica con impulso estético, los signos mantienen un dualismo irreconciliable:
son al mismo tiempo la materia de los hábitos y el testimonio de su enrarecimiento.
El hábito se hace irreconocible, se arrebata de cualquier cauce monótono de la
memoria, de cualquier decaimiento de la reminiscencia. Es memoria tácita,
primordial, que se reinventa. Es todo menos una estructura imperativa, un
marco, un régimen de certidumbre. Es la fuente misma de la perturbación. Cuando
prevalece el ritmo, la cadencia de los signos engendra otra percepción,
mutable, caleidoscópica: el cuerpo-signo se ofrece como algo inmediato, como
una experiencia pura, tajante, ajena al régimen mediato de los signos (Mier,
2002: 114).
Aquí,
además del desbordamiento del hábito, se descubre otro proceso también
paradójico, pues el bailarín, a la vez que se centra afectivamente,
pasionalmente, en el propio cuerpo para construir y destruir los hábitos y ser
capaz de reinventarlos en cada interpretación, se descentra al momento de
dilatar su energía corporal y constituirse en un signo capaz de conmover a
otros y de ofrecerles una experiencia estética.11 Este proceso
sugiere otro matiz diferencial en la experiencia formativa: ya no se trata sólo
de impulsar al estudiante a que habite su cuerpo, a que deje que el cuerpo
habitual se adelgace y permita la irrupción del cuerpo actual, sino de que en
esa emergencia el cuerpo actual potencie su propia energía y la dilate al punto
de convertirse en un signo visible, legible para otros. El cuerpo de la danza
no puede circunscribirse a una experiencia interior, exige una expresión de esa
experiencia. De ahí que el cuerpo de la danza sea a la vez interior y exterior,
pues debe hacer visible el mundo propio creado y ofrendarlo a la mirada del
otro. Esta capacidad de dilatarse, de constituirse en un signo visible, no
puede surgir de la reiteración, de la monotonía de los hábitos, sino de la
experiencia.
En
suma, en la disciplina distinguimos al menos dos modos de existir: como hábito
y como experiencia. Como hábito constituye un conjunto de regulaciones, de
patrones de movimiento, de pautas de repetición, que una vez sedimentadas
permiten su construcción y encadenamiento con otros patrones. Pero estas pautas
de repetición pueden ser aprendidas en un sentido rutinario, mecanizado, o bien
considerar al conocimiento como un proceso múltiple y abductivo, abierto a la
experimentación de nuevas formas de significar el mundo, el cuerpo y el
movimiento. Aquí, la disciplina apunta a la incertidumbre, a la potencia, al
incremento de la capacidad de acción de los sujetos, a la posibilidad de
engendrar nuevas significaciones.
Sólo
así —comprendida como hábito y como experiencia simultáneamente— se puede
entender que la disciplina promueva esa peculiar inter- acción entre un cuerpo
habitual que repite incesantemente los movimientos que lo dotan de una destreza
inimitable y un cuerpo actual dispuesto a dejarse afectar por el aquí y el
ahora de la danza, lo que le permite al estudiante construir un horizonte de
posibilidades abierto a la creación de nuevas formas de mirar el mundo, su
propio cuerpo y la danza, sin olvidar que en la danza no se trata sólo de
bailar, sino de comunicar bailando, de conmover al espectador y dejarle una
huella profunda.
Ahora
bien, si se pretende que la disciplina no se reduzca a la formación de cuerpos
pasivos reproductores de movimiento y apunte a la formación de cuerpos
estéticos con capacidad para crear, para actuar significativamente, para
conmover a otros, es necesario también poner en crisis la noción de técnica
dominante y recuperar su esencia (en el sentido heideggeriano), su sentido
poiético. ¿Cómo hacerlo?
La
pregunta por la técnica: ¿provocar o llegar al luminoso ser?12
George
Steiner, a propósito de las reflexiones de Heidegger acerca de la técnica,
afirma: “La creación debería ser custodia; una construcción humana debería ser
la evocación y la habitación de los grandes manantiales del Ser” (Steiner,
2005: 194-195). En sentido opuesto a este ideal, la tecnología moderna ha
degradado las formas naturales convirtiéndolas en simple utilidad. En el tiempo
en el que la naturaleza era physis—continúa Steiner—, que en el sentido griego,
según Heidegger, suponía “llegar al luminoso ser” (ibidem: 195), ella reclamaba
el mismo proceso de creación de una obra de arte. De ahí que la techné (cuyo
sentido también era poiético) significara “un llevar a su verdadero ser, un
hacer tangible y luminoso, aquello que es ya inherente a la physis” (ibidem:
196).
En
la actualidad, afirma Heidegger, “el hombre ha trabajado y pensado en contra la
esencia de las cosas, y no con ella” (ibidem: 195). Por ello se ha deteriorado
el vínculo con la técnica, pues no se ha interrogado su esen- cia (lo que es),
y es en dicho proceso en que se podría llegar a establecer una relación libre
con ella.
La
representación actual de la técnica (a la que Heidegger denomina instrumental y
antropológica) es la de un medio y un hacer del hombre. Y la tendencia general
ha sido de dominarla: el conocimiento se ha usado para ejercer un dominio. Pero
esta voluntad de dominio puede atenuarse si interroga su esencia, de donde la
necesidad de preguntar: “¿qué es lo instrumental mismo? ¿A qué pertenece una
cosa así en tanto que un medio y un fin?” (Heidegger, 2001: 10). Pues donde
domina lo instrumental ahí prevalece la causalidad, por ello la discusión
acerca de lo que es la técnica supone retrotraer lo instrumental a las cuatro
causas enunciadas por Aristóteles. Una vez que Heidegger ha mostrado que la
causalidad aristotélica no está referida ni al actuar ni al efectuar, sino al
ser responsable de algo (no en un sentido moral ni de efectuar, sino de
ocasionar,13 de dejar venir al advenimiento), señala que los cuatro
modos del ser responsable, los cuatro modos del ocasionar, “concierne a la
presencia de aquello que viene siempre a aparecer en el traer-ahí-delante”
(ibidem: 15).14 Y este traer-ahí-delante sucede cuando (algo) lo
oculto sale de ahí (develamiento) y se pone delante. En este sentido, la
técnica no es un medio, sino un modo del hacer salir de lo oculto, es la región
del develamiento, de la verdad; de ahí que también conocer sea un hacer salir
de lo oculto. Por ello, la técnica en el sentido griego y en el sentido moderno
no están tan alejadas como se ha pensado, pues en esencia apuntan al mismo
propósito: la verdad. La degradación se ha producido porque el sentido
tradicional de técnica, como dadora y acrecentadora de vida, se ha trastocado
por el predominio en la técnica moderna de la provocación.15
El
hombre moderno interpela a la naturaleza y la obliga a entregar su energía
acumulada, pero no la escucha, no le da morada, de ahí que su técnica, en lugar
de sacar al Ser de lo oculto, lo enmascare. A este enmascaramiento Heidegger le
llama Gestell, cuyo sentido expresa “connotaciones engañosas” como las de
“andamio”, “truco” y “armadura” (Steiner, 2005: 198). “Atrapado en la Gestell
tecnológica, el Ser no puede resplandecer” (ibidem: 198). Debido a este engaño,
a esta relación falsa con la naturaleza, hasta las proezas consumadas han
provocado consecuencias desastrosas: “la tecnología se ha vuelto una pesadilla
que amenaza con esclavizar e incluso destruir a su creador” (ibidem: 199). No
obstante, para Heidegger el peligro puede conjurarse, pues éste no está en la
técnica, sino en el misterio de su esencia. Según el filósofo, la salvación es
posible si se recupera el lazo de unión entre techné y poiesis. De ahí la
necesidad de regresar a la poesía, a lo poético. Y lo confirma el poeta: “[…]
poéticamente mora el hombre en esta tierra” (Höldering, cfr. Heidegger, 2001:
31). Para Heidegger, la esencia de la técnica no es nada técnico, pues lo que
lleva al Ser a su resplandor es lo poético.
Las
reflexiones de Heidegger permiten reconsiderar las formas en que se utilizan
las técnicas dancísticas, pues sin importar el género de danza, si la técnica
provoca, le exige al cuerpo del bailarín entregar su energía acumulada, pero no
lo abriga, el cuerpo de la danza devendrá artificio. En cambio, si la técnica
se enraiza en lo poético, en la creación, lo hará resplandecer. Recuperar la
esencia poiética de la técnica la puede salvar del peligro de la enajenación,
de la producción de marionetas, de reproductores pasivos del movimiento. Ahora
el problema será esclarecer qué significa, en términos dancísticos, enraizar la
técnica en lo poético.
Antes
de ensayar alguna respuesta es necesario aclarar una aparente contradicción. En
algún momento de este trabajo he mencionado que lo que se puede enseñar en la
danza es la técnica, pues la poética —el modo peculiar de expresar y
expresarse— debe ser descubierta por el estudiante. En este sentido, la técnica
no puede circunscribirse al aprendizaje de un vocabulario de movimiento
codificado, sino ampliarse a la experimentación del cuerpo, del movimiento y de
las calidades y ritmos que puede asumir.16 De ahí que enraizar la
técnica en lo poético supondría, en un primer término, crear las condiciones
para que el estudiante, al aprender el vocabulario de movimiento requerido,
explore al mismo tiempo las posibilidades que éste le ofrece para dar sentido,
para crear, para expresar, y en ese proceso de exploración descubrir sus
peculiaridades: su propia poética. De este modo se produce una relación libre,
no enajenada, con la técnica. No se trata, entonces, de que un agente externo
(maestro) intervenga técnicamente sobre el cuerpo, sino de impulsar al
estudiante a que él mismo lo esculpa y devele su escultura. En este proceso el
maestro es sólo orientador, guía, acompañante en el proceso, cuya mirada
atenta, perspicaz, invita al estudiante a descubrir nuevos senderos.
De
ahí que otro modo de enraizar la técnica en lo poético implique singularizar
los procedimientos técnicos y el proceso formativo mismo. No hay técnicas
generales aplicables a todos los cuerpos, éstas deben adecuarse a las
necesidades propias de cada estudiante. No se puede hacer salir lo oculto del
ser —no puede resplandecer su cuerpo— si el estudiante no adentra en sus
secretos, si no se le impulsa a realizar constantes expediciones por los
lugares más recónditos y transitar por entre los repliegues que han formado las
significaciones. Y en ese trayecto se le ayuda a apropiarse de los movimientos,
a reelaborarlos de acuerdo con sus necesidades, a reinventarlos de acuerdo con
sus posibilidades; en suma, a crear su propia técnica. De este modo, el peligro
del artilugio, del virtuosismo sin sentido puede ser conjurado, pues el
estudiante logrará habitar un cuerpo decidido del que sólo brotarán movimientos
verdaderos, auténticos, propios.
Conclusiones
En
este trabajo me propuse discutir acerca de la fuerza del proceso formativo en
la emergencia del genio, del talento artístico, por lo que planteé una ruta en
la cual mostrar que una idea de danza, de cuerpo, de disciplina y de técnica
puede confluir para crear situaciones en las cuales emerjan experiencias
educativas que favorezcan la formación de un intérprete creativo y no de un
mero reproductor pasivo de los movimientos que un coreógrafo le monta.
En primer término busqué una definición de danza centrada en el hacer mismo de este arte, en la que Gillo Dorfles señala que el cuerpo es el medio técnico-expresivo del que se vale la danza para generar formas y ritmos que se expresen de forma dinámica en un espacio tridimensional. A partir de ella propuse un trayecto que conecta una concepción fenomenológica del cuerpo, en la que para que el cuerpo se constituya en ese medio técnico expresivo debe ser habitado a plenitud por el bailarín, en lugar de un mero instrumento-objeto pasivo que sólo responde mecánicamente a las indicaciones del coreógrafo. Una idea semiótica de la disciplina en la que se distinguen al menos dos modalidades: como hábitos que modelan el cuerpo, pero que no están destinados a la reiteración sino a la incertidumbre, y como experiencia que favorece la interacción del cuerpo habitual —suelo intangible de la certeza— y el cuerpo actual —superficie que se deja afectar por el aquí y el ahora y construye un horizonte de posibilidades para la creación y la expresión. Finalmente, una idea de técnica que, al interrogar su esencia, abandona la provocación que enmascara al ser y reasume la vocación con que apunta al descubrimiento y develamiento de lo oculto en el ser: a su resplandecimiento.
[9] Para Peirce la
mente opera a través de signos y la significación no es más que el punto
culminante de un proceso de conocimiento, por ello los signos se vuelven
significativos en la vida de los sujetos cuando éstos los conocen o reconocen.
Pero —observa— no existe una sola manera de conocer, por lo que el estudio de
los signos le ofrece pistas para revelar esta diversidad de formas de
conocimiento. En este sentido, conocer es un proceso dinámico e infinito y el
análisis lógico de los procesos mentales muestra que las ideas (signos) se
propagan continuamente y establecen una relación de afectabilidad entre sí.
Para explicar este proceso de afección, Peirce expone cómo se produce una idea,
la que concibe integrada por tres elementos articulados lógica y ontológicamente
en una serie lineal: primero, es una cualidad intrínseca, una sensación
(feeling); segundo, es la energía con la que afecta a otras en el aquí y ahora
de la sensación, y supone una experiencia que se reconoce “por bruta
compulsión”; y, tercero, es la tendencia de una idea a traer otras con ella y,
en tanto que vínculo con ideas pasadas, forma una idea general que llega a
constituirse en hábito (Peirce, 1998a: 325). Con este planteamiento ––en el que
consigna los modos de ser del signo: intensidades (sensaciones), afecciones
(experiencias) y acciones (hábitos)–– afirma que las ideas se conectan
continuamente unas con otras y apuntan al futuro: el efecto de la significación
—sugiere Peirce— afecta más al presente que al porvenir. Indica, entonces, que
una idea ha sido afectada cuando una sensación se presenta ante la conciencia
como una modificación de una idea general o hábito y muestra el lugar
privilegiado que le otorga a la experiencia en el proceso de conocer. Una vez
que la continuidad (mas no causalidad) permite la conexión, ésta puede darse de
modo distinto a la continuidad, es decir, a la reproducción del hábito; la
intervención del azar (chance), o sea, la “diversidad infinita del universo”
(ibidem: 327) favorece la asociación con otras ideas diferentes de la idea
general, generando una idea distinta de la que le dio origen.
[10] El hábito,
precisa Mier, “no es sólo el término de un proceso, es también la señal que
encierra la clave de su destino, la orientación y el punto de extenuación de su
impulso. Conforma las condiciones de existencia de la semiosis, de su
estabilidad, y es, al mismo tiempo, su destino” (Mier, 2001: 2).
[11] Para profundizar
en este proceso de centramiento-descentramiento se puede consultar el trabajo
de Hilda Islas (1998) “Cuerpo, psiquismo y cultura en la educación de la danza:
elementos para el análisis del método Leeder”. 12 Con este titulo hago
referencia al título de la conferencia de Heidegger en la que sustento este
apartado.
[13] Heidegger da
aquí a la palabra “ocasiona” un sentido más amplio que el corriente y
restringido de estimular y desatar, de manera que “la palabra dé nombre a la
esencia de la causalidad pensada como la pensaron los griegos” (Heidegger,
2001: 13).
[14] Heidegger
explica ese producir, traer-ahí-delante de la siguiente forma: “Todo está en
que pensemos el traer-ahí delante en toda su amplitud y en el sentido de los
griegos. Un traer-ahí-delante no es sólo el fabricar artesanal, no es sólo el
traer-a-parecer, el traer-a-imagen artístico-poético. También el emergerdesde-
sí es un traer-ahí-delante” (2001: 13).
[15] Heidegger
ejemplifica esta idea con el antiguo modo de labrar del campesino: “cuando
cultivar significaba abrigar y cuidar. El hacer del campesino no provoca al
campo de labor. En la siembra del grano, entrega la sementera a las fuerzas de
crecimiento y cobija su prosperar. Ahora hasta el cultivo del campo ha sido
arrastrado por la corriente de un cultivar de otro género, un cultivar
(encargar) que emplaza a la Naturaleza. La emplaza en el sentido de la
provocación. La agricultura es ahora industria mecanizada de la alimentación”
(2001: 16).
[16] Esta idea la
tomo de Susan A. Manning, quien para carcterizar la técnica de Mary Wigman
distingue la técnica en el sentido estadounidense, vocabulario de movimiento
codificado, y la technik en el sentido alemán, que considera la expresividad y
la creatividad como los ejes nodales del proceso formativo (1993: 91).
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