Este era un dicho de mi abuela andaluza el que repetía en el momento justo,
cuando la situación lo requería. También utilizaba otros que impactaban
certeramente en quienes estaban con ella ayudándola o simplemente haciéndole
compañía mientras trabajaba. Porque trabajar, realizando el abanico de tareas
requeridas en un hogar, eran la principal actividad, desde que se levantaba
hasta que se acostaba.
Jamás la vi quejarse por su tarea, la que
emprendía muy temprano, antes de que saliera el sol, hasta el final del día,
prácticamente sin parar.
Este era su gran capital acumulado e
incorporado: la cultura del trabajo. Cultura exhibida mayoritariamente por
quienes llegaron del viejo continente buscando un mejor destino para sus
vidas.
Produciendo todo lo que necesitaban para
sobrevivir alimentándose adecuadamente, sin tirar a la basura absolutamente
nada. Ya que lo que ya no servía para el consumo humano, complementaba la dieta
de los animales domésticos.
Es evidente que ella se divertía cuando
ejecutaba las distintas tareas que emprendía cada día. Por supuesto que lo suyo
era un desempeño común en la inmensa mayoría de los de su generación. El
trabajo, el esfuerzo y cumplir con las responsabilidades era una marca
indeleble que tenían casi todos.
Hoy ese conjunto de conductas resultaría
chocante e inadecuada para estos tiempos que corren. Es decir que ese tipo de
cultura ya no divierte porque además, tampoco gusta.
Eugenio García
http://apuntesenborrador.blogspot.com