Palabras
Cultura | 23/03/2012
Confío en la inocencia de las
palabras, no en la de quien las dice o las escucha. Por eso no comparto la idea
de las palabras como arma de doble filo. Lo que pasa es que, al decirlas (y
entiéndase también, escribirlas), solo sabemos hacia qué lado está el extremo afilado
cuando ya es muy tarde para evitar la herida.