La escuela debería volver a preparar para la vida, como lo hacía en el pasado. Es así como la escuela que vivimos los de mi generación, fue una escuela exigente que se diferenciaba muchísimo con el escenario que vivíamos en nuestro hogar al cuidado de nuestra madre la mayor parte del tiempo y con nuestro padre que llegaba en dos momentos que se relacionaban con la mesa familiar y el descanso reparador, antes de iniciar otra jornada laboral.
Es que la escuela
tenía exigencias de cumplimiento de horarios, vestimenta, útiles escolares y
libros de donde se estudiaba y se repasaban
los contenidos aprendidos y se cumplimentaba la tarea indicada.
Todas esas exigencias
nos iban preparando para la vida laboral donde los requerimientos son aún
mayores.
Por supuesto que el
tiempo dedicado a los juegos y a las despreocupaciones se iba reduciendo en
función de tener que cumplimentar los deberes
que exigía la escuela fuera del horario de clases. Es decir, la realización de
los conocidos deberes para la casa.
Además que la maestra, debía destinar su atención a unas decenas de alumnos,
por lo que desaparecía la exclusividad
con que podíamos contar con nuestra madre.
Conclusión, estábamos
introduciéndonos, sin desearlo, en un ámbito que chocaba con el mundo conocido
de nuestra casa y del barrio en que vivíamos. Resintiéndose el espacio de
tiempo dedicado a los juegos en el baldío más cercano.
De esa manera y con
esas personas se construyó el mundo en el cual vivimos con sus aciertos y sus
imperfecciones.
Es decir que el
ingreso a la escuela primaria, significó para nosotros, el primer trabajo. Que
demandaba incorporar rápidamente actitudes requeridas por sus horarios de
iniciación de las clases, además de la rutina horario de clases y tiempos de
recreos. Donde los juegos iban cediendo su espacio al cumplimiento de
responsabilidades y al contacto con el conocimiento para incorporarlos lo más
correctamente posible.
Hoy se pretende que
los educandos incorporen conocimientos en función de sus necesidades sin
imponerles contenidos porque seguramente serían rechazados, sobre todo aquellos
que demandan mayor esfuerzo intelectual para incorporados. Recomendando desde
la pedagogía y de otras disciplinas afines, que estos sean incorporados jugando
y que los educandos vayan descubriendo los contenidos que les interesan,
conduciendo prácticamente sin guía su propio aprendizaje. Lo que aparentan ser
estrategias simpáticas que hacen a la libertad individual y al libre albedrío,
pero de escasos o nulos resultados.
Quiero recordarles a
los que lean esta nota, que esa forma de aprendizaje es la que utilizan los
chicos que habitan los asentamientos informales que conocemos en nuestro país
como villas de emergencia. Donde prácticamente no existe la tutela familiar y
los chicos prácticamente concurren muy pocos días a la escuela y sus maestros
no pueden conducirlos porque ellos se manejan solos, haciendo además dentro del
aula, lo que se les viene en ganas.
De ser efectivo el
método que aconseja conducir el aprendizaje de esa manera. Sus logros en las
comunidades villeras serían tan importantes que los grandes descubrimientos
científicos y tecnológicos se lograrían en ellas. Siendo esas comunidades las
que estarían a la cabeza de nuestras sociedades, obligando a instituciones
científicas a reconocer sus fracasos y a cerrar sus puertas. Por supuesto que esto,
para nada es así. Sino, como todos sabemos, es todo lo contrario.
Otra de las
recomendaciones es que los chicos aprendan jugando y que sean felices -confundiendo felicidad, con pasarla bien-,
aprendiendo en un marco desprovisto de exigencias. Donde además se les
enseña con esmero, todos los derechos
que los asisten, sin poner el mismo énfasis en el cumplimiento de ninguno de
los deberes, por ser consideradas cuestiones pasadas de moda. Escenario que
ellos interpretan muy bien, haciendo del juego la cuestión central de sus vidas.
Siendo la playstation y la televisión, sus
artefactos más importante para pasar sus horas “felices”.
Luego con el correr de
los años, sus padres advertirán como sus hijos se quedan fuera del mercado
laboral y que además son segregados de la sociedad productiva, precisamente
porque fueron preparados para gozar de los placeres de la vida y del consumo
exacerbado de casi todo.
Muy alejado todo esto,
están las exigencias de la tarea productiva diaria y del esfuerzo que exige su
cumplimiento. Exigencias que no están dispuestos a cumplimentar, prefiriendo
prolongar la convivencia en el hogar de sus padres. Prolongando in eternum, iniciar
con esa vieja costumbre de sus antepasados, de asumir sus propias
responsabilidades ante la vida.
Eugenio García