Existe una pila
de investigación que sería degradada una vez es confrontada con el método
científico. No pasaría. De hecho, yo misma, como periodista de la ciencia, he
escrito sobre estudios que al final no son confirmados y han tenido que pasar a
ser remodelados por equipos o sencillamente erradicados. He ido aprendiendo
poco a poco a distinguir cuáles tienen más evidencias detrás y confirmaciones
por delante. Ciertamente, la ciencia no es perfecta. Los errores, deseos y
mafias existen porque los científicos son humanos que viven en un contexto
específico; por ello, precisamente, se elaboró este método, porque no sólo
existe el placebo, sino que errores y malas interpretaciones de los
investigadores suelen aparecer también. No somos racionales vulcanos.
Irónicamente,
parte de la ciencia ha sido edificada a través de errores, es así como los
humanos somos y pensamos, de esa forma nos hemos desarrollado. Las
equivocaciones nos ayudan a comprender y distinguir lo que no es, lo que
todavía no ha conseguido evidencias de que funciona, lo que no existe y lo que
tiene más facilidades de avanzar. Así se va creando lo que sabemos; muchas
veces buscando una cosa en específico se encuentra otra más importante, otras
veces sólo se descubre frustración ante erradas soluciones y en ocasiones
alguien se convierte en el protagonista del momento hasta que sus hallazgos son
reestructurados. Esto último ocurrió con muchas de las propuestas de Sigmund
Freud y la ‘mente del subconsciente’ fue una de ellas.
Ya hemos
hablado aquí de Freud, un estupendo pensador y observador; de hecho, sus
nociones continúan avanzando a la ciencia que sobre muchos de sus conceptos se
han estudiado otros que una vez reformados explican comportamientos desde la
neurología. Precisamente, el inconciente del señor Freud es uno de ellos.
Para el
psicoanalista por excelencia, la mente inconsciente tenía la delicada función
de almacenar memorias reprimidas que una vez liberadas producían episodios
psicóticos. Tristemente, luego de décadas de investigaciones científicas, no
existe evidencia alguna de que existan memorias reprimidas y de que su
liberación sea la causa de comportamientos caóticos. Tampoco se ha descubierto
ninguna relación con la mente subconsciente de Freud y la noción que de ella
tenían Carl Jung and Charles Tart. Para ellos, el inconciente suponía un lugar
repleto de verdades trascendentales; pero tampoco existe evidencia alguna de
que sea así.
El inconsciente
que conocemos anda regado por todo el cerebro; son las cosas que el cerebro
registra sin avisarnos, las que hace sin que las registremos. Este órgano está
encargado de la comunicación con el cuerpo en todos los sentidos, el movimiento
que origina una picada de mosquito, desde la sensación de que come hasta la
mano que rasca, salen de allí, de hecho, guardamos prejuicios y manías allí,
intolerancias que la experiencia y la razón han erradicado de la consciencia
porque saben que no están bien.
Existen casos
reales que nos demuestran estos procedimientos cerebrales, la afasia de jerga,
la negación ciega de la realidad, la ceguera cortical, la disociación verbal y
oral y sentir sin ver son algunas de las más estudiadas. El neurólogo Vilayanur
S. Ramachandran nos cuenta de un paciente que sufría de ceguera cortical, que ocurre
cuando la persona ha perdido su visión normal pero hay una parte que no está
dañada y le permite ver ‘bultos’ en el medio; así, el paciente es capaz de
evitar obstáculos en su camino sin reconocer siquiera que lo está haciendo.
Ramachandran nos habla, en distintas ocasiones, sobre los módulos cerebrales
que aparentemente capacitan con conciencia los lugares donde residen. En
pacientes con derrames, por ejemplo, se perjudican áreas específicas que muchas
veces dejan otros espacios trabajando bien pero sin consciencia de lo que
ocurre, silenciadas, dañadas. La persona podrá hacer algo, por ejemplo, sonreír
perfectamente cuando su hermana llega, a pesar de que sufre de la sonrisa de
lado de los pacientes paralizados de un hemisferio, porque el lugar que procesa
este tipo de sonrisa emocional no tiene idea que el área que controla esa
función está paralizada; o puede que el paciente no se dé cuenta de un error,
por ejemplo, el brazo izquierdo del señor no funciona pero él se empeña en que
sí y en los experimentos realiza las acciones como si así lo fuera.
“Hay personas
que no reconocen partes de ellas mismas, inventan historias inimaginables para
confirmarlo. Una paciente estaba empeñada en que el brazo no era suyo, decía
que era de su hermano, otro se cayó de la cama luchando contra su propio brazo
porque no lo reconocía. Una mujer se maquillaba sólo la parte derecha de su
cara porque la izquierda no existía para ella”, explica Ramachandran.
Ciertamente, el
inconsciente es parte del procesamiento del cerebro. Estar y ser conscientes
ocurre en varios lugares y también en la conexión correcta de todo el cerebro.
Al parecer, hay partes que tienen su propia conciencia y, cuando se dañan,
algunas conductas continúan ocurriendo pero la persona no se da cuenta de ello.
Pero también ocurre eso de ‘ser conciente’, de tener identidad, que es más bien
la conexión global de todo el órgano y del centro de memorias trabajando
correctamente.
Pero el
inconsciente va mucho más allá, por supuesto. El cerebro es un órgano tan ocupado
y con tantos factores que manejar, que mucho de lo que allí ocurre sucede sin
nuestro conocimiento. Un sinnúmero de rasgos pasa sin dejar rastro en nosotros,
como el movimiento automático de mis pies mientras escribo o mi respiración.
Pero conozcamos
primero un poco a un caballo alemán llamado Hans. En 1891, este caballo se
volvió muy famoso por su inteligencia, todo el mundo pensaba que el cuadrúpedo era
capaz de resolver complejos problemas y siempre daba la respuesta correcta con
el número de golpes de su pata. Grupos fueron a investigar al listo Hans (Kluge
Hans en alemán) y a su dueño Wilhelm von Osten, pero no encontraron
pista alguna de que el dueño le pasase señales al caballo. Eso fue hasta que
Oskar Pfungst, biólogo y psicólogo de la época, los estudiara.
Pfungst
descubrió un fenómeno bastante particular, el caballo no estaba siendo
entrenado por el señor, simplemente tomaba sus pistas de las cosas que hacía el
dueño, sin saberlo, o de las mismas personas que asistían a verlo. Si el animal
era puesto en un lugar donde no tenía acceso al dueño y a su audiencia, no
respondía de forma correcta, lo mismo ocurría si la persona que hacía la
pregunta y los asistentes no conocían la respuesta. De hecho, la audiencia y el
señor von Osten producían señales sutiles, como doblar el torso hacia delante,
cada vez que el caballo tenía la cantidad indicada, el animal lo notaba y
dejaba de tocar con la pata justo en el número correcto. El inteligente Hans se
llevaba del señalamiento inconsciente que usamos de forma involuntaria. Ni el
dueño del caballo ni los asistentes se daban cuenta de que la inteligencia del
jamelgo no era conocer las respuestas sino descubrir la forma en que debía
actuar para llenar las expectativas de los demás.
La yegua de
J.B. Rhine, Lady Wonder, también fue declarada psíquica por su dueño; el
alegaba que el animal tenía poderes telepáticos.
“Cuando los
mandos no funcionaban, él declaraba que la telepatía había abandonado al
animal, el razonamiento de este señor es lo que llamamos falso dilema”, explica
el famoso mago James Randi.
Detrás de estos
fenómenos se esconden procedimientos cerebrales que son guiados por las
expectativas del animal, sobretodo del Homo sapiens. Los juegos de la Ouija, la
regresión a vidas pasadas, el fenómeno de ‘lenguas desconocidas’ y ocurrencias
extrañas como la acontecida con la enfermera y el paciente en coma donde ella
era la que realizaba la acción y decía que era él quien movía el cursor y
hablaba desde su coma. Investigadores detectaron el defecto a través de la experimentación,
como con el listo Hans. Así descubrieron que la enfermera Linda era la única
que hablaba y a lo mejor ni ella misma se daba cuenta.
Hay muchas
cosas que ocurren sin que las sintamos; la percepción es un evento fragmentado
y repleto de pormenores a los que no le hacemos caso todo el tiempo, sabemos
que están ahí pero necesitan cambiar radicalmente para que le prestemos
atención. De hecho, para la neurología actual, parte de la mente inconsciente
es más bien ese cerebro inatento que lo hace, no con el fin de no recordar
memorias reprimidas o almacenarlas sin saberlo, sino con la meta de que la
persona pueda navegar sin problemas en la sociedad.
“Una vez
manejaba hacia una provincia con un amigo cuando simultáneamente pensamos en un
compañero que tuvimos juntos en la universidad. Cuando nos dimos cuenta
comenzamos a recordar lo que habíamos visto en el camino antes de pensar en él
simultáneamente y descubrimos que pasamos una tienda con el dibujo de un reloj
pendular; nuestro amigo se distinguía por usar uno así. Sin embargo, ninguno de
los dos nos dimos cuenta del reloj, ni pensamos en este objeto hasta que nos
llevara a nuestro amigo en común y de vuelta al objeto”, relata el psicólogo
Jim Alcock.
No es telepatía
y no somos psíquicos; nos ha parecido así por el desconocimiento existente
sobre el cerebro y ese deseo inagotable que tenemos de creer en algo, en lo que
sea. Pero cada uno de esos fenómenos tiene un nombre y rasgos bastante
terrestres que tienen su origen en la compleja maraña que es nuestra intricada
red neuronal. Todo lo que te ocurre es originado por la interacción entre
biología y experiencia; ningún poder paranormal o ente sobrenatural ha ofrecido
evidencia alguna de actuar a favor de nadie, ni prueba seria y erudita de su
existencia. Estos poderes paranormales e inventados superhéroes no han
aprobado, ni aprueban, el riguroso método científico.
Buscando agua
con un palo
La noción
ideomotora
Los zahoríes
dicen detectar la existencia de flujos magnéticos, corrientes de agua, vetas de
minerales y lagos subterráneos, siguiendo un palo. Estas personas toman entre
sus manos una vara que los guía y los lleva al lugar a través de señales
psíquicas que ellos, y sólo ellos, pueden detectar. No obstante, este grupo de
paranormales no ha conseguido demostrar sus poderes, de hecho, desde 1852 se
conoce la explicación para los movimientos que usan los zahoríes y brujos
varios en sus dependencias para asustar a los clientes, gracias a William B.
Carpenter quien empleó el término acción ideomotora.
“Movimientos
musculares pueden ser iniciados por el cerebro independientemente de voliciones
o emociones. A lo mejor no estamos conscientes de ello pero podemos hacer
sugerencias y observaciones, o ser víctimas de las mismas, que influyen en la
conducta motora”, explicó el científico.
Ray Hyman
demostró en 1999 que la influencia del efecto ideomotor está detrás de fraudes
médicos como el diagnóstico o examen de pulso que utiliza Deepak Chopra en su
medicina ayuvérdica. También se encuentra en todas esas tecnologías que dicen
recoger 'energía' para luego usarla.
“Estas
investigaciones comprueban, además, que gente honesta e inteligente puede
inconscientemente causar actividad muscular que es consistente con las
expectativas. También han demostrado que la sugestión que guía este
comportamiento es proporcionada a través de pistas sutiles”, explica Hyman. “Expusimos
a quiroprácticos en Wisonsin y comprobamos que estaban utilizando máquinas para
colectar energía que no funcionaban, que no hacían la labor que vendían.
Tampoco los péndulos; de hecho, el primero en demostrar que el movimiento de
los ‘péndulos exploradores’ era guiado por esta noción ideomotora fue el
químico francés Michel Chevreul”.
Por supuesto,
que no nos demos cuenta de lo que ocurre no quiere decir que el hecho no haya
ocurrido o que en alguna parte de nuestro cerebro aún lo alojemos. Es probable
que lo olvidemos pronto ya que las memorias son mantenidas por la práctica, se
van anclando en circuitos por todo el cerebro y luego son despertadas por
nuestras necesidades y percepciones. De la misma forma, nuestra conciencia e
inconciencia habita en toda la red y es parte de recordar, sentir, sobrevivir.
“Puede ser el
salto de horror al ver una película de miedo en el cine o el pulso que se agita
al encontrarnos con un perro que gruñe, la gente reacciona al miedo de acuerdo
a su nivel básico de ansiedad en el inconsciente. Nosotros descubrimos la
región donde el cerebro filtra todas esas amenazas a través del nivel de
ansiedad de la persona”, explica Eric Kandel de la Universidad de Columbia.
El inconsciente
como la consciencia, está en todos lados del cerebro. Los distinguimos de
acuerdo a nuestra posición, si el sujeto está conciente de ello o no; pero para
el cerebro es lo mismo, es trabajo, actividad, sólo tiene distintos
significados para el ser que aloja el órgano. El cerebro siempre aplicará estos
mecanismos de acuerdo a su estructura y dirección biológicas, a las
circunstancias y a la visión que aprendió de la vida. Este órgano, lo queramos
o no, está en todo.
Ray Hyman: www.quackwatch.org
Un poco más sobre el fenómeno de ‘sentir sin ver’ en este PDF, en inglés. docs.google.com