Para que una cultura sobreviva, es decir, para que perdure en el tiempo, debe transmitirse, porque si no se muere.
La inmensa
mayoría de nosotros fuimos herederos de una cultura que bajó de los barcos.
Eran económicamente muy pobres y casi analfabetos, pero inmensamente ricos en
cultura. No ricos poseedores de los aspectos más exquisitos y refinados de la
cultura como son las distintas expresiones artísticas. Su cultura consistía en
que eran poseedores de una gran voluntad por esforzarse en el trabajo y en las
distintas estrategias para llevar adelante la vida. Conocían sus oficios y sabían
que solo esforzándose podrían superar su estado de necesidad y forjarles un porvenir
venturoso y mejor a sus hijos. Tenían
muy en claro que la falta de educación era su gran limitante, por lo que
insistente y machaconamente mostraban e inculcaban a su prole que debían estudiar.
Estaban convencidos que ese era el camino por donde se debía transitar para
aspirar al progreso económico y a la inserción social.
Su cultura culinaria, les permitía preparar adecuadamente
sus alimentos y también producirlos en su propio hogar, a partir del trabajo. Utilizando
los productos más primarios a los que enriquecían combinándolos adecuadamente.
Aprovechando cada pedacito de tierra para hacer germinar y hacer producir a una
semilla, la que se transformaría luego en alimento de las personas de la
familia o de los animales domésticos que servirían posteriormente a su vez de
alimento. También en su propio hogar se confeccionaban las prendas y
vestimentas utilizando todas las técnicas y tecnologías de la época.
Lamentablemente, toda esa laboriosidad de nuestros
abuelos y padres, ha sido dejada de lado y subestimada por ser considerada
inútil, esclavizante, un signo de tiempos pasados y superados, u otros
comentarios peyorativos por el estilo. Siendo reemplazada tanta laboriosidad por
la invasión de la cultura de la diversión y del consumo. La que no solo aporta
diversión, sino que además ha introducido otros rasgos culturales, que alejan a
las personas jóvenes y no tan jóvenes del trabajo y del estudio, de la
reflexión y de la introspección, de la lectura imprescindible para construir el
conocimiento y para apropiarse del idioma.
Hoy a los niños y jóvenes, desde la sociedad, se les
inculca que su principal actividad son los juegos y se la utiliza, ya desde
hace muchos años, a la televisión como niñera electrónica, siendo la mayor de
las compañías que los niños experimentan mientras se quedan solos en sus
respectivas casas, mientras sus padres se encuentran trabajando o fuera de ella
por distintas circunstancias.
La mayoría observa a sus padres manifestar insatisfacción
con el trabajo, quejándose por el cumplimiento de lo que consideran penosas
obligaciones a los que se sienten obligados para sostenerse económicamente y
adquirir diversos bienes que los incluyen dentro de la parcela de la sociedad
que los poseen. Viéndose, a los que gozan con la ejecución de su trabajo,
simplemente como adictos, es decir, que son descalificados como enfermos al
trabajo.
Es evidente, que con este tipo de cultura que desplazó a
la laboriosidad de la anterior, nuestro destino económico como comunidad
productiva se encuentra en serio riesgo afectando a nuestra competitividad como
país productor de bienes y servicios.
Esta cultura centrada fundamentalmente en la diversión y
el consumo, nos perjudica a tal punto en lo individual y en lo colectivo, que
habría que combatirla abiertamente. Pero debo admitir que no observo todavía la
suficiente convicción para hacerlo.
Eugenio García
http://garenioblog.blogspot.com