Las personas podemos terminar siendo felices en muy distintos escenarios,
dependiendo de cómo hayamos sido formados y qué objetivos se nos hayan
inculcado.
Antes se formaba a los más jóvenes en valores a los que los hombres
defendían aún con su propia vida, en la esperanza de recibir el reconocimiento
de la sociedad. Muchos soportaron lo peor y se sintieron más que recompensados
cuando le colgaron una medalla en el pecho que los distinguía por el valor y el
heroísmo mostrado en el campo de batalla. Exhibiendo el dolor soportado en su
propio cuerpo con el testimonio del faltante de uno o varios de sus miembros.
Faltantes que daban testimonio de la magnitud de lo soportado. También se
formaba en el sacrificio, en el esfuerzo, en el trabajo y en la defensa de nuestra
tierra de pertenencia.
Mientras hoy solo se enseña a los jóvenes que los asisten innumerables
cantidades de derechos por reclamar y que los están esperando una infinidad de
placeres por disfrutar.
Que la felicidad, está llena de ruidos ensordecedores que no les permiten
pensar y que les impiden escucharse, cuando se quieren comunicar.
Que parte de esa misma felicidad viene encerrada en una botella y otro
tanto en comprimidos con forma de pastillas, porros, cocteles explosivos , en
la práctica de danzas enloquecidas y en puestas en escena de orgias
pornográficas que los tiene por protagonistas y que se muestran a través de las
nuevas tecnologías y se cuelgan en Internet.
Muchos de los destinatarios de tanto disparate, leen correctamente el
mensaje, actuando en consecuencia. Degradándose y perdiendo rápidamente el
sentido valioso de la existencia.
Eugenio García
http://apuntesenborrador.blogspot.com