" Yo me pondré a vivir en cada rosa y en cada lirio que tus ojos miren
y en todo trino cantaré tu nombre... para que no me olvides "
He de contarles, en esta ocasión, no de la lluvia de Temuco ni de los ferrocarriles que marcaron la infancia del niño Nefatalí Reyes ( Nuestro Neruda Universal ).
Tampoco recorreré con ustedes el místico Valle del Elqui, Cuarta región de Chile, en donde se conjugaron cielo, viñedos y valles, para ver cómo Lucila Godoy, (Gabriela Mistral) humilde muchacha de pueblo, nacida en Monte Grande, llegaba a recibir el Premio Nobel de Literatura en 1945.
He de hacer mención o , más bien, un acto de homenaje, a otro simple hombre, nacido en Rancagua, niño enfermizo al que la vida dotó de una extraordinaria sensibilidad.
Por los años 75 se escuchaba un grupo que musicalizaba sus poemas, eran Los Cuatro de Chile. Ellos, con gran acierto y grandes voces, daban a conocer la poesía de Oscar Castro, logrando bellas melodías. Un recuerdo vago de infancia "en blanco y negro" se me hace presente en el televisor Motorola que tenían mis padres, un verdadero mueble más de la casa, a tubos. Allí escuché por primera vez esas letras que, sin saberlo, me llevarían en el futuro a enseñarlo en las aulas. He aquí uno de sus poemas:
ROMANCE DE BARCO Y JUNCO
El junco de la ribera
y el doble junco del agua
en el país de un estanque
donde el día se mojaba,
donde volaban, inversas,
palomas de inversas alas.
El junco batido al viento
-estrella de seda y plata-
le daba la espalda al cielo
y hacia el cielo se curvaba,
como un dibujo salido
de un biombo de puertas claras.
El estanque era un océano
para mi barco pirata;
mi barco que por las tardes
en un lucero se anclaba,
mi barco de niño pobre
que me trajeron por pascua
y que hoy surca este romance
con velas anaranjadas.
Estrella de marineros,
en junco al barco guiaba.
El viento azul que venía
dolorido de fragancias,
besaba de lejanías
mis manos y mis pestañas
y era caricia redonda
sobre las velas combadas.
Al río del pueblo, un día,
llevé mi barco pirata,
lo dejé anclado en la orilla
para hacerle una ensenada;
mas lo llamó la corriente
con su telégrafo de aguas
y huyó pintando la tarde
de letras anaranjadas.
Dos lágrimas me trizaron
las pupilas desoladas.
En la cubierta del barco
se fue llorando, mi infancia.
( Oscar Castro Zúñiga. 1910 - 1947)
Oscar Castro relata, en sus cortos años, grandes historias de hombres... de niños. Tuvo romances, fue un hombre enamorado de la vida y del amor y todo ello pudo conjugarlo siempre con sutileza, sin aspavientos, casi sin ruido. Una de sus novelas, por ejemplo, nos revela su estilo de hombre sencillo. La tituló "LA VIDA SIMPLEMENTE". En ella nos introduce en el relato crudo de la vida en los suburbios, de cómo niños van creciendo en el entorno patético de la pobreza y los prostíbulos. A pesar de tener todo en contra, es notable cómo se las ingenia nuestro autor para mantenernos con una luz de esperanza en el hombre y sus congéneres.
Sus poemas de amor son de tanta delicadeza y entrega que conmueven, emocionan, nos acercan a la poesía y nos hace aspirar a ser más felices y más agradecidos de la vida.
Nos invitan, en definitiva, a ser más generosos.
En próxima columna les enviaré un poema de amor de nuestro poeta, para que lo conozcan y comenten. Fue dedicado a la distinguida Sra. Isolda Pradel, su viuda, quien me brindó el privilegio de poder conocerla y escuchar de sus labios su propia historia de amor.
El junco de la errro un dibujo salido
de un biombo de puertas claras.
para mi barco pirata:
mi barco que por las tardes
en un lucero se anclaba,
mi barco de niño pobre
que me trajeron por pascua
y que hoy surca este romance
con velas anaranjadas.
en junco al barco guiaba.
El viento azul que venía
dolorido de fragancias,
besaba de lejanías
mis manos y mis pestañas
y era caricia redonda
sobre las velas combadas.
llevé mi barco pirata.
lo dejé anclado en la orilla
para hacerle una en
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Oscar Castro un orgullo de los chilenos