Mientras esto escribo me entero, gracias a Martin Pacheco, quien transmitía en vivo desde el lugar de
los hechos con un gustillo sospechoso,
que el TSJ ha ordenado a la MUD no destruir los cuadernos de votación
correspondientes a las elecciones del domingo 12; todo ello debido al recurso
interpuesto ante ese organismo por el ya tristemente célebre Rafael Velásquez
Becerra , precandidato a las primarias por el municipio Bruzual del Estado
Yaracuy, a quien al parecer no bastaron las vías de impugnación que le ofrecía
la Mesa de la Unidad Democrática. Por supuesto que ante este hecho los ataques sirios incrementados a partir de
que China y Rusia vetaran la resolución de la ONU promovida por Liga Árabe, o
la persecución que realiza el presidente Correa contra los medios de
comunicación y los blogueros, o el
mortificante anuncio de que se despedirán a 15 mil trabajadores de la
administración griega por exigencia de la CE, deberán quedar una vez más en el
tintero.
No deseo rivalizar con la cantidad de analistas políticos
que proliferan en nuestro territorio. Como mis pocos y sufridos lectores saben ,
en mis artículos de opinión trato de hacer algo un poco diferente ( ni mejor ni
peor) a lo que ellos hacen, apelando
casi siempre a algún artilugio para
poner en perspectiva algunos hechos, intentando burlar con ello la infame polarización
en la cual se nos ha metido intencionalmente para que perdamos la capacidad de engrandecer
nuestro espíritu con otras comprensiones y visiones; pero lo que ha pasado el
miércoles es muy duro y apenas uno puede dejar de relacionar este hecho con la gran
participación de votantes el 12 de febrero , el ambiente festivo que se vivió
ese día en nuestro país, la rabia que embarga a los funcionarios gubernamentales
y el triunfo de ese joven candidato tocado
por cierto halo para mí inescrutable y hasta inexplicable .
Muchos han pensado que hay más filosofía y saber profundo en el
ciudadano de a pie, que en muchos de los libros donde hemos dejado las
pestañas. Un ejemplo de ello lo constituye El
ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, donde asistimos a una sabiduría
popular a través de los chascarrillos y
la sentencias de Sancho, especialmente en los capítulos dedicados a su inigualable
gobierno en la ínsula Barataria. Tampoco parece habérsele escapado a Erasmo de
Rotterdam que ese saber se transmite por medio de los refranes y dichos, por lo
que llegó a reunir unos 4000 en su obra Adagios.
Traigo todo esto a colación por algo que oí en estos días
a una funcionaria pública, quien tildó al flamante ganador de la MUD como “el
ken de los pobres”, como el “chico
bonito y tierno al que aspiraba toda chica de barrio, como sucede en los
culebrones”. Esto, aunado a esas escenas a las cuales ya estábamos desacostumbrados,
donde los ciudadanos de los barrios y caseríos se abalanzan sobre este joven y lo
tratan de tocar, contrariamente a lo que insinuaba esta secretaria me pareció
algo premonitorio y revelador.
Yo no sé cómo se construye un líder ni a que obedece su
popularidad, pero no estoy convencido como algunos, que la popularidad de
nuestro presidente se deba a que se ha tratado de igualar a los ciudadanos ,
sino a todo lo contrario: a una superioridad que trata de trasmitirnos cuando
nos somete a sus interminables clases de historia nacional; a sus cuantas
sentencias de las que hace gala constantemente con un tono grandilocuente;, a
sus fábulas de supuesto soldado meritorio, etc., etc... Ese ser fuerte en
apariencia era tal vez el que aspiraban en su momento las masas para romper con
el pasado, pero las cosas parecen estar cambiando. En este momento se respira
un gran cansancio y una búsqueda de tranquilidad , y ese joven, de aspecto
bondadoso pero firme, parece ser el único que encaja perfectamente con un
discurso que promueve la unión de los ciudadanos, como quedó demostrado con la
derrota de otros más confrontadores como Corina y Arria , a quienes por cierto
le debemos mucho la pérdida del miedo que se dio el domingo.
Por lo demás, tanto Barbie como ken han sido los muñecos
más vendidos en la historia de la humanidad (sin distingo de clases sociales) y
del éxito de los culebrones no hablemos. Por algo será.