Por Alfonso Campuzano, médico
cirujano traumatólogo del Hospital Clínico Universitario de Valladolid.-
In illo tempore hacía
ya tres años que había finalizado la guerra incívica que había asolado este
país nuestro, que intentaba progresar, mientras en Europa se libraba otra no
menos incívica guerra, esta vez mundial, en la que España no tuvo más parte que
testimonial al desplazar al frente germano-ruso a unos más o menos voluntarios,
henchidos sus pechos azules, cuando la autoridad competente, analizando
códigos, coordinaciones, decretos, esquemas, leyes, reales decretos, todos
ellos promulgados entre los años 1812 y 1934, sin conseguir ponerse de acuerdo,
entre los diversos partidos políticos, aunque teniendo todos muy claro que la
administración publica debe atender aquellos problemas que, por su
trascendencia social, puedan afectar a la colectividad, aunque asumidos sin nexo
por el Estado y las Diputaciones, a través de una Dirección General de Sanidad
y/o una Inspección General de Sanidad, dejando al margen la atención
asistencial de la salud individual, decidió dar una salida sanitaria.
Así las cosas, y como si se
tratara de un obsequio depositado por Papá Noel/Santa Claus/los Reyes Magos,
mediante la ley de 14 de diciembre de 1942, se constituye el Seguro Obligatorio
de Enfermedad (S.O.E.), bajo la tutela del Instituto Nacional de Previsión
(I.N.P.), y dependiente del Ministerio de Trabajo, como un sistema preparado
para cubrir los riesgos sanitarios de todo trabajador, afiliado
obligatoriamente por su empresario, a través de una cuota vinculada al trabajo, exceptuando a los
funcionarios públicos o de corporaciones.
Este seguro, en un primer
momento, marcaba unos límites, tanto para la asistencia médica y farmacéutica,
incluida en un petitorio, de 26 semanas como la hospitalaria de 12 semanas,
todas prorrogables, mediante unos servicios médicos que se realizaban a través de
los consultorios de la Obra Dieciocho de Julio y organizados por el I.N.P.
Los recursos del S.O.E. estaban
constituidos por la aportación del Estado; subvenciones; donativos; legados y
rentas de bienes propios del propio S.O.E; las rentas de los trabajadores y las
cuotas de los empresarios, a partes iguales, siendo responsable de su pago el
propio empresario al descontar a cada trabajador a su cargo la parte que le
corresponde al abonar sus haberes.
Dado que la atención a la
salud de la sociedad ha ido siempre a la zaga de la evolución de sus
necesidades, sin alcanzarlas nunca, por una constante la inadaptación de las
estructuras sanitarias en cada época, con la presentación de esta ley, por
aquellos entonces, comenzaron los problemas para poder ejercer la función
asistencial con la designación de médicos generales, mediante
concurso-oposición, porque había pocos profesionales, reticentes ellos, que
cubrieran las expectativas gubernamentales, y poco dinero para pagar sus
servicios. Así que la captación de estos se hizo a base del medio publicitario
más antiguo que se conoce: la transmisión de boca a oreja, que surtió un efecto
relativo: “que no es más que media hora al día”, “que para media hora, no está
mal”, etc. En tanto, que los médicos especialistas tardarían más dos años en
ser convocados.
Y es que analizando el
nacimiento de esta Ley se saca como conclusión que, para los tiempos que
corrían en occidente, resultó ser de lo más progresista, nacida de un régimen
autoritario, antidemocrático, con el fin de que sus artículos perduraran, como
han perdurado setenta años después, de la que todos los partidos políticos,
llamados democráticos desde 1975, se han aprovechado y desarrollado, sin
tumbarla ni hacerla desaparecer, dado que marcaba las bases de un desarrollo
posterior, por ellos reconocido y siempre en beneficio de la sociedad y, sobre
todo, de todos los trabajadores.
Estamos, pues, ante una Ley
progresista, totalmente socialista, porque entiende que el derecho a la salud
debe ser universal y que, no se sabe por qué vericuetos, actualmente todos los
partidos políticos, sacando pecho, pretenden manipularla, adaptarla a sus
ombligos, aprovechándose del dinero recaudado para emplearlo en otros
ministerios, pero eso, creo que es otra historia…
Fdo.: Alfonso Campuzano
Médico Cirujano Traumatólogo
Hospital Clínico Universitario de
Valladolid