“Sacerdotes asesinados en Bogotá pagaron para que los mataran”. Ese
fue el titular del diario El Tiempo que me erizó. La fórmula
morbosa venía dada por los tres elementos de la oración: el sujeto, los
sacerdotes asesinados; el verbo, pagaron; el predicado, para que los
mataran. Sacerdotes, asesinato, sicariato, tres palabras unidas para
sacudir los espíritus más abiertos. Transcurrido un año
del crimen, la sociedad y, sobre todo, la feligresía, esperaban conocer
resultados de las investigaciones por el doble asesinato de sus queridos
pastores; entonces fue cuando la Fiscalía sorprendió con la siguiente conclusión: uno de
los religiosos había enfermado de sida y sífilis, y junto a su pareja, el otro
cura, decidieron que no querían sufrir el dolor y deterioro que causaría la
enfermedad. Atormentados, trataron varias veces de suicidarse
juntos, pero, ante el repetido arrepentimiento a último minuto, decidieron
contratar un sicario que simulara un asalto y los matara. Por el encargo, le
pagaron al asesino a sueldo, quince millones de pesos.
Sumados todos los ingredientes para escandalizar, aparte de cierta tristeza
y desconcierto, no ha habido mayor reflexión ni reacción pública, lo cual es difícil de
interpretar. No creo que sea por falta de interés, ni porque la sorpresa o la
contrariedad hayan sido minúsculas; me parece, por el contrario, que
la sociedad, cuando no está instigada por el interés de ciertos portavoces o
cuando reconoce lo peor de sí misma en las acciones de unos pocos, es capaz de
atenuar, ignorar y hasta perdonar ciertas ofensas que en otro contexto
castigaría de manera implacable y vehemente.
Los dos sacerdotes parecían buenas personas, devotas de su trabajo social
como representantes de la institución eclesiástica. Con el beneficio de la duda
que otorga esta premisa interesa el calvario personal de esos dos hombres. Una
pareja que hace un pacto de muerte está unida de manera indisoluble por los
siglos de los siglos. En este caso es evidencia de un sentimiento que ambos
decidieron desarrollar pese a la posición homofóbica y asexuada que predica
(sin mucho éxito y de forma recalcitrante) la institución para la cual
trabajaban, la iglesia católica. Dice la noticia: “Según se dijo en la audiencia, se comprobó que los dos
religiosos solían frecuentar bares gays del sector de Chapinero”. Esto revela la
rebeldía de dos hombres que no solo no aceptaron la imposición del celibato
sino que hicieron caso omiso de la remachada condena católica a la
homosexualidad.
Por otro lado, está el dilema de estos hombres de dios entre predicar a su
comunidad sobre el reino de los cielos y resistir la adversidad, y el espanto
personal ante la enfermedad y la muerte. Al saberse uno de ellos víctima de una
enfermedad que le causaría agonía, la pareja decidió buscar la manera de cortar
cualquier posibilidad de sufrimiento. Debe haber sido un tormento descubrir que
tantos años de estudio, de arengas escuchadas y multiplicadas por su propia
voz sobre la estoicidad que debemos tener ante las dificultades de la vida, no
les servían para nada; que se hallaban ante el estremecedor vacío oscuro y
misterioso en que vivimos los mortales no ungidos. Dice la noticia:
“La hipótesis que sostiene la Fiscalía es que los dos sacerdotes hicieron
un pacto de muerte, y de hecho fallaron en varios intentos de suicidio.
Uno de ellos se realizó en el Alto del Pescadero, donde estuvieron días antes
de su asesinato, y finalmente optaron por contratar a un asesino
profesional”.
Les falló pues la fortaleza que suponían sus fieles debían profesar, ellos más que
nadie. Otro elemento que me conmueve de esta tragedia es la
dificultad de los religiosos para cumplir con su voto de pobreza. Entre entregarse por entero al servicio de los más desfavorecidos y acopiar fortuna como cualquier pecador. Esto se
evidencia cuando la prensa nos señala que “el 6 de enero uno de ellos
traspasó todos sus bienes y títulos valores a su mamá”. ¿Bienes y títulos
valores? Un sacerdote que dedica tiempo, energía y, claramente, recursos, para
invertir en la Bolsa o certificados de ahorro, constituye una muy interesante
perspectiva sobre este aspecto de la vida monacal. Más aún, si se considera que
pagaron en efectivo a su sicario y secuaces 15 millones de pesos (cerca de 8
mil dólares), un gasto extra, para que se cumpliera su última voluntad.
Finalmente, hay que reconocer el conflicto supremo que atravesaron estas
dos almas en cuanto a su relación con la feligresía: ante ella ocultaron su
nexo, negaron su discrepancia con (y habrán alentado) los dogmas institucionales que repudiaban su
propia naturaleza y la enredaron en una cadena vana y estéril de sufrimiento. Uno
de ellos angustió a la comunidad durante una misa al pedirles que oraran por
él. Según la noticia: “Dijo que lo hiciéramos porque tenía unas necesidades muy
grandes´, contó Margeli Guzmán, sacristana de Los Olivos”. No conforme con
ello, estaban cegados de tal manera que trasgredieron la ley al pagar por
la comisión de un delito y, además, solicitar a sus verdugos que construyeran
una nueva mentira: que los asesinaran y simularan un atraco.
Deben haber sido muchas horas de desasosiego. Después de conocer esta historia, surge una profunda compasión por dos seres
humanos víctimas de su propia circunstancia, que sufrieron la negación de su
propio ser y vivieron fragmentados entre la prédica, el ejemplo y su propia
humanidad. La desesperación que tanto deben haber combatido, finalmente, se
apoderó de sus corazones. QEPD.
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Padre
pidió hace unos meses a su comunidad orar por él
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