El problema sobre la existencia
de una finalidad en el Universo y de los seres que en él se encuentran, tanto
los seres inertes como los vivos (el destino del hombre, la Felicidad, también
se incluye en esta problemática) es un tema largamente desarrollado. Fue
Aristóteles el primero en establecer que cada sustancia del mundo
sublunar es perfecta en sí misma y busca desarrollar en acto toda su potencia,
llegar a su telos. La causa final,
propia de todo lo que tiene un agente, sería junto a la material, la formal y
la eficiente la conformadora de las diversas sustancias. No habría sin embargo
finalidad en el mundo supralunar, donde las sustancias son eternas e
incorruptibles, están actualizadas en su materia totalmente, incluyendo al
Motor Inmóvil de la Física y
al Acto Puro de la Metafísica.
Esta perspectiva cambia sin
embargo con el cristianismo: el Mundo completo tiene una finalidad, pues ha
sido creado por Dios, su agente, el ser necesario de la Quinta Vía de Santo
Tomás de Aquino, que recuperará Kant en su Crítica
del Juicio para señalar, al igual que la tradición
escolástica, que en los seres vivos hay una evolución ideal que lleva hacia el
hombre, salvando así las críticas del mecanicismo. Precisamente será el
atomismo clásico y sus versiones modernas del empirismo las que negarán las causas
finales y con ellas las sustancias aristotélicas, proponiendo un mundo sin
causalidad, donde habrá si acaso una coordinación entre la res cogitans y la
res extensa, tal y como expresó Descartes, o una armonía preestablecida entre
las mónadas o sustancias, tal como postuló Leibniz. Este acausalismo tendría
influencia también en las ciencias, como en el caso de la denominada Física de
Weimar, caracterizada por su indeterminismo y falta de causalidad en
consecuencia.
Sin embargo, la biología
molecular y el ADN provocarán la recuperación de las causas finales: Jacques
Monod señala en El azar y la necesidad (1969)
que los seres vivos poseen tres características: teleonomía, invariancia
reproductiva y morfogénesis
autónoma, que indican no sólo una finalidad y una constancia en su
estructura, sino que ésta evoluciona partiendo de unas bases genéticas ajenas a
las alteraciones del mundo externo. No menos lejano de este finalismo se
encuentra el principio antrópico de Brandon Carter en la cosmología, donde se
postula que el Universo existe ni más ni menos que para permitir la existencia
del hombre. La discusión resulta interminable y parece que hayamos vuelto a la
época de Aristóteles.
En general, habría que aclarar que la finalidad no es una idea unívoca: habrá finalidad objetiva, propia de la causalidad determinista que explica que una piedra lanzada al aire cae al suelo por efecto de la gravedad. Pero también puede hablarse de finalidad subjetiva (tanto humana como zoológica), a un nivel propositivo (una conducta orientada a un fin), y de finalidad a nivel biológico («los ojos tienen el fin de ver»). Sin embargo, la finalidad propositiva deja de ser subjetiva cuando se encuentra inmersa en distintos contextos antropológicos, de carácter histórico por ejemplo: citando a Molière, nadie puede decir que se va a luchar a la Guerra de los Treinta Años hasta que retrospectivamente, cuando la guerra haya terminado en el plazo correspondiente, se pueda calificar a ese conflicto de tal manera. Lo mismo podría decirse del «Fin de la Historia» que postuló Fukuyama. Clausewitz, en De la Guerra, postulaba que «La guerra no es más que un duelo en una escala ampliada», señalando la diferencia existente entre los duelos particulares de los soldados y la resultante de todos ellos a la escala de los ejércitos: como diría Aristóteles en su Política, el fin de la guerra es la paz.
Al nivel de la Biología, no cabe duda que hay finalidad en los organismos, de lo contrario serían inexplicables cuestiones tales como las homologías existentes entre las aletas de los anfibios, las extremidades de los mamíferos o las manos y pies de los antropoides, o sin ir más lejos los órganos oculares o los órganos sexuales en los pluricelulares. Sin embargo, esta finalidad no puede plantearse a la escala del individuo, de la ontogénesis, sino de la filogénesis: los ojos tienen la finalidad de ver porque estos órganos son producto de la evolución de células fotosensibles hasta el desarrollo de los pluricelulares. Una finalidad en este caso objetiva, no propositiva.