Es
un lugar común referirse a los cambios como parte del hábitat de los actuales
tiempos modernos. Ya no es posible planificar el cambio, sino más bien, se
deben desarrollar las competencias para ser capaces de vivir en un estado de
cambio permanente.
Si
esto es así, la velocidad de reacción frente a los ajustes que nos provee cada
día pasa a ser una necesidad sin pausa. Y en este ritmo, los tiempos para
aplicar el proceso clásico de toma de decisiones dejan de existir, pero igual,
de una u otra forma, hay que decidir !.
¿Será
que estamos, aún sin saberlo, entrando a un momento de inflexión, desde el reconocimiento
del valor del método científico hacia un modelo que se aleja violentamente de
ese paradigma?
Si
esto es así, ¿dónde está la diferencia entre intuición y la adopción de decisiones
irreflexivas, consecuentemente de alto riesgo?. Porque, claro, resulta bastante
acomodaticio decir que se opta por un determinado curso de acción porque se “intuye”
que es el camino correcto. Con una respuesta de esta naturaleza, se evade la
necesidad de explicar, de fundamentar y de respaldar una determinada decisión.
Por
lo demás, ¿porqué confiar en la intuición si se puede continuar aplicando el
método científico para la toma de decisiones?. ¿Son complementarios o son
contradictorios ambos cursos de acción?. ¿La racionalidad comenzará a ser
superada, en lo organizacional, por la emocionalidad?. Como suele ocurrir con
los temas importantes, prácticamente siempre, una pregunta, más que detonar
respuestas, abre puertas que despliegan nuevas preguntas.
No
pretendo dar respuesta a todas estas interrogantes. De hecho, no tengo todas
esas respuestas y, más aún, claramente, sin duda que tampoco tengo todas las
preguntas. Sólo me importa aportar con algunas reflexiones en este tema que, en
mi opinión, cada vez deberá demandar mayor atención.
La
RAE define la palabra “intuición” como la “facultad de comprender las
cosas instantáneamente, sin necesidad de razonamiento”. Siguiendo el hilo explicativo,
la misma RAE define a “comprensión” como la “facultad, capacidad o perspicacia
para entender y penetrar las cosas”.
De
esta forma, según entiendo, cuando hablamos de intuición, se está hablando de
una competencia que, como toda competencia, (1) no es atributo natural de toda
persona, (2) se puede desarrollar, y (3) tiene distintos niveles de complejidad
en su dominio.
Esto
hace la distinción entre “intuición” y “juicio irreflexivo”. En el primer caso,
para que efectivamente sea intuición, se requiere de conocimiento previo que,
mientras más sólido es, mientras más internalizado está en la estructura
conductual de la persona, lo hace actuar de manera inconsciente. En una columna
anterior me referí al punto cuando mencionaba el nivel de “inconsciencia de la
competencia”. La intuición, para que sea tal, en rigor apunta a este nivel de
dominio subliminal (“que está por debajo del nivel de la conciencia”, según la
RAE, una vez más).
En
el segundo caso, el de los juicios irreflexivos, que perfectamente pueden ser
disfrazados por el hablante, como intuición, son única y exclusivamente un despliegue
de relajo, más que ausencia de razonamiento, hay carencia de humildad para reconocer
desconocimiento.
Ocupa
la palabra “relajo”, porque quiero evitar cerrar la puerta a la dimensión
creativa que permite ver y soñar soluciones donde los demás sólo ven problemas.
En este espacio, el terreno natural del hemisferio derecho del cerebro, igual
se precisa de conocimiento previo, de marco, de alternativas o de otras muy diversas
dimensiones que son insumos claves al momento de crear e imaginar escenarios.
En
cada momento estamos tomando decisiones amparados en nuestra intuición. Basta
sólo con mirar las decisiones que hemos tomado en el día de hoy, para que
concuerde conmigo en que, la inmensa mayoría de tales decisiones, fueron de carácter
intuitivo, en que operó de determinada forma, de manera casi instantánea.
Veamos: se levantó, eligió el vestuario, siguió cierto ritual hogareño, definió
el momento en que saldría de su casa (o resolvió no salir), eligió el medio de
movilización; en fin, el día a día de cada uno de nosotros se mueve en una
enorme cantidad de decisiones, todas ellas fundamentales a los fines del
objetivo mayor que se relacionaba a ella (por ejemplo, llegar conveniente y oportunamente
a su trabajo, a una reunión) sin pensar siquiera que estaba tomando decisiones.
En todas ellas, operó siempre la intuición, en tanto decisión adoptada desde el
inconsciente. En el mundo laboral ocurre exactamente lo mismo.
Parte
importante de la magia con que vemos el funcionamiento del cerebro (por cierto,
de su funcionamiento sabemos apenas fragmentos mínimos) tiene que ver
precisamente con el cómo hace para buscar y rebuscar en nuestros inconscientes
para traer al consciente percepciones de cursos de acción que “no sabemos por qué aparecen”. Lo único
concreto pareciera ser que todas estas imágenes (que llamamos intuición), no
las sacamos desde el vacío, sino desde nuestros propios aprendizajes previos, y
de la información que traemos con nosotros al nacer, producto del ADN,
En
consecuencia, la intuición pareciera ser sólo el salto entre el mundo de
nuestro inconsciente, a la dimensión del consciente, sin la escala de reflexión
y lógica a la que se nos acostumbra desde los primeros años de estudio.
La
expresión práctica de la intuición, se manifiesta en distintas formas. Ya
mencioné la referida al automatismo de muchas decisiones. También están en este
espacio conductual, la elección de caminos que para el resto pueden no resultan
lógicos, ni siquiera posibles (los inventores, por ejemplo, sustentan gran
parte de su talento en esta confianza en su potencial intuitivo). En este caso,
se conjuga de manera muy especial la relación entre la memoria del pasado (lo
que sé y he vivido) con la memoria del futuro (lo que sueño como un futuro
presente).
De
otro lado, los presentimientos son un tipo distinto de expresión de la
intuición. (“no sé porqué pero tengo temor de que
vaya a ocurrir que ….” o, “no sé porqué, pero no
creo que esa sea la decisión correcta”), que se sostienen en
conocimientos adquiridos que emergen de manera nebulosa desde el inconsciente (De
ahí la validez del “no sé porqué”).
Su poder de factibilidad está en función de la persona que indica el
presentimiento. A mayor trayectoria relacionada con el tema, aún sin que se
pueda expresar el fundamento desde la racionalidad conversacional, las
declaraciones de este tipo adquieren fuerza y legitimidad al estar sostenidas en
las eventuales vivencias previas que alimentan “intuitivamente” un juicio.
Muchas
veces, la intuición es la llave maestra que cierra inseguridades que se
manifiestan en análisis tras análisis y, a la vez, destraba la tentación de la
parálisis hasta no tener “certezas objetivas científicamente validables”. Es
decir, la intuición es un poderoso motor para la acción, aceptando como válidas
respuestas subjetivas, cuando la objetividad (mundo de lo racional) no es capaz
de decidir.
Roy
Rowan, en su libro “El Director Intuitivo” (Ediciones Folio, 1987) propone que,
para desarrollar la intuición, se pueden ocupar de manera conjunta o por
separado, una serie de criterios:
- Tener siempre todo el problema en
la mente
- Redefinir el problema con
frecuencia
- Tener en cuenta varias alternativas
simultáneamente
- Seguir lógica de ensayo/error, pero
confiando en imágenes no verbales
- Distinguir entre obstáculos reales
y los imaginarios
- No sentirse obligado a evitar un camino
confuso o zigzagueante
- No contar con el éxito inmediato
En
síntesis, movilice su hemisferio derecho. Mientras más lo haga trabajar, más
certeramente intuitivo puede ser. Y no deje nunca de reflexionar acerca de
porqué decidió, lo que decidió de manera intuitiva. Ese espacio de meditación,
en que se enfoca en hacer conscientes los elementos que surgieron desde el
inconsciente, son seguramente una de las bases principales para avanzar en esta
línea. Tengo la impresión de que mucho de esto, es un insumo para la aplicación
de la emergente “Teoría U”, asunto de alguna columna futura.
Comentarios
Primero que todo muchas gracias por tu tiempo para leer y comentar.
Respecto de tu consulta, en mi opinión, si la intuición la asumimos como una competencia, es posible desarrollarla desde la niñez. De hecho tiene que ver como cómo educamos a nuestros hijos.
En Chile, el eje es la memorización. Mientras más cosas sabe el niño, de memoria, mejor evaluación obtiene. En ese escenario, la creatividad, la reflexión, la confianza en el juicio propio (ejes todos del comportamiento intuitivo), parten limitados y, el desarrollo de este tipo de comportamiento se hace más lento y difícil.
Aguardo esa columna sobre la 'Teoría U'.
Se nos podría enseñar desde pequeños a desarrollar la intuición, o requiere cierta madurez y experiencia para poder hacerlo?