(parte II)
V.A.E.,
¿un proyecto político?
Bolivia
participa con un 12% de la población
indígena de América Latina y el Caribe, de un total aproximado de 40 millones, mientras
Perú lo hace con un 27% (Hopenhayn y
Bello 2001:5), la cifra más alta de todos los países del continente. En unos
cuatrocientos grupos étnicos se
distribuye esta población indígena,
siendo la etnia aymara una de las más
importantes. El territorio de los aymaras
comprende el sur del Perú, todo el occidente boliviano y el norte grande de Chile. La
zona del tripartito peruano, boliviano y
chileno está ubicada en el corazón del
territorio de los aymaras a una altura
sobre el nivel medio del mar superior a
los tres mil metros, con una población
cercana a las ciento ochenta mil
personas, en una superficie aproximada
de 125 mil kilómetros cuadrados.
El
especialista peruano Nilo Meza señala que
el Tripartito se ha convertido en
“el centro neurálgico” y
emblemático de los antiguos territorios
aymaras. “En este territorio, no
sólo se cumple la condición de “conveniencia” establecida por la norma
andina respecto al tercer país, sino que
la historia, las características sociales
y culturales comunes de quienes los habitan desde tiempos ancestrales, la definen como
una verdadera ZIF (Zona de Integración
Fronteriza)” (Meza 2005:42). Las ZIF han sido definidas jurídicamente por la Comunidad Andina en junio de 2001, a través de la norma D 501,
se- ñalando que “son ámbitos
territoriales fronterizos adyacentes de
países miembros de la Comunidad Andina,
en los cuales habitan poblaciones con
tradiciones y costumbres similares, separados política y administrativamente por
decisiones generalmente ajenas a sus
intereses” (Meza 2005:36). Por tanto,
pueden desarrollar proyectos conjuntos para su desarrollo e inserción en la economía internacional. Si bien
Chile ya no es miembro de la Comunidad
Andina de Naciones, sí participa como
socio.
Otro
especialista, Sergio Boisier, nos recuerda
que en regiones multifronterizas o regiones asociativas de fronteras (RAF) no basta con
la definición geográfica de la zona de
integración y la creación de un aparato
institucional o, como en este caso, la
institucionalidad otorgada por
organismos nacionales o supranacionales,
sino que es necesaria la
“preparación de un proyecto
político de la RAF, proyecto destinado a generar consenso social,
cooperación entre fuerzas políticas,
poder político y, sobre todo, destinado
a construir un futuro común en un nuevo
juego de suma abierta (Boisier 2003:65). Este autor propone que los
estados nacionales a través de un
proceso efectivo cedan soberanía a la
RAF. ¿Será ello posible en una
triple-frontera, donde los conflictos
diplomáticos aún no se enfrían?
La
AE Aymaras Sin Fronteras, ¿podría transformarse en un proyecto político
transfronterizo? En general, un
territorio político se caracteriza por
la ocurrencia de tres tipos de procesos: la
existencia de culturas políticas12 territorializadas, la
construcción política de territorios
específicos por operadores políticos colectivos y el trabajo
institucional en el espacio de lo
político (Ritaine 1994:78). En este caso, la idea de una acción pública
transfronteriza, como se ha señalado,
emergió hace menos de una década, con el
nacimiento de la AE en 2001. Por lo
tanto, la primera característica es casi inexistente por ahora. Además el espacio transfronterizo no está
todavía institucionalizado. Nos parece,
entonces, que la construcción política
es la primera etapa en la formación del
territorio. Sostenemos que la
legitimación del referente político
transfronterizo, que constituye este proyecto, como hemos podido demostrar, depende del trabajo discursivo de los actores políticos
del territorio, en este caso
principalmente de los alcaldes, dado que
el trabajo de la AE está en la etapa de
un proyecto aún no concretado.
La
AE, hasta el año 2007, ha logrado una
importante capacidad asociativa al incluir a 56 municipios de los tres países más
Argentina. Además, considera a
organizaciones supramunicipales como la Mancomunidad de Municipios Rurales de Oruro y La Paz, la Mancomunidad de Municipios de la Gran Tierra de los Lípez, la Asociación de
Municipios Rura l e s de Ta
rapa c á y l a
Asoc i a c ión de Municipalidades
Rurales Andinas de Tacna. Sin embargo,
la AE no tiene un carácter ideológico, excepto su adscripción étnica que,
por lo mismo, posee una cosmovisión que
orienta su quehacer por ahora destinado
a mejorar las condiciones de vida de los
habitantes de región, empero esta
población no participa de las decisiones
de la AE, ni se le ha consultado por el
futuro de la misma.
El
quehacer de AE es cupular y está sustentado
en la institucionalidad vigente de los países, que ha visto a esta Alianza como una
agencia gestora de proyectos de
desarrollo y, en cierta forma, como un
agente paradiplomático que facilita la
ejecución de proyectos en una zona
conflictiva a nivel del Estado-nación.
Organismos
preocupados por el desarrollo regional y
el ordenamiento territorial, como
SUBDERE del gobierno de Chile, han elegido a AE para la presentación de proyectos al
BID. Fue el caso el año 2005 de “Recuperación, Fomento y Puesta en Valor del
Patrimonio Cultural y Natural Aymara
(Bolivia, Perú y Chile)”. Incluso asignó
a un gerente territorial, Helmuth
Häfelin.
Posteriormente,
otros importantes proyectos han sido
presentados al BID como “Aymaras sin fronteras: circuitos telemáticos
integrados, ruta altiplánica”, que contó
con el apoyo del Centro de Política
Internacional de Roma (CeSPI), dirigido
por el especialista internacional José Luis Rhi-Sausi, siendo el experto italiano Darío Conato quien estuvo al
servicio de AE para la elaboración del
proyecto.
Es
decir, AE es una organización que se
mueve entre su condición de corporación de derecho privado, sin fines de
lucro, la red de municipios de tres
países, las organizaciones de los
gobiernos regionales y nacionales y los
organismos internacionales. Teniendo un ancla en las comunidades aymaras, pero que aún no representa de forma directa, por lo
tanto, todavía no recibe de ellas el poder
necesario para la construcción de un
proyecto político.
Conclusión
La
AE es un proyecto paralelo a las políticas
nacionales de integración. Se basa en la idea de
“plataforma natural de integración” en la región (González 2006:1119), utiliza la idea
de integración como argumento ante las
instancias políticas nacionales pero sin
inscribirse en este marco. En este
sentido habría que notar que la
iniciativa y el liderazgo de la AE se ubican en el único país que se quedó fuera de los
procesos de integración macroeconómica hasta su
entrada en la CAN, como miembro asociado, en el año 2006. La AE surge
entonces de otra lógica: el objetivo de
sus promotores locales es más bien
endógeno, considerando al territorio
transfronterizo como una entidad subregional en sí, con necesidades
socioeconómicas similares a pesar de los
distintos niveles de vida nacionales y
que por lo tanto requiere una dinámica
de desarrollo común.
El
tipo de proyecto que estudiamos se presenta como un intento de usar los
instrumentos disponibles para la legitimación de un desarrollo económico
transfronterizo. Considerando, además,
que la referencia a una cultura común es
parte integrante de la legitimación del
territorio transfronterizo. En efecto,
es de interés de los Estados respaldar
esta interpretación del proyecto, por una parte, como medio probable para asegurar la tranquilidad de una región inestable y,
por otra, como prueba de su práctica
concreta del multiculturalismo. Como
vimos, los alcaldes (enfatizado por
Francisco Humire) utilizan esta
referencia en primera instancia hacia las
autoridades centrales.
La
AE se presenta, entonces, como una combinación entre estrategias
político-económicas y la movilización de
dos tipos de memoria potencialmente
contradictorias, la nacional y la
subregional, las que a su vez estarían creando un nuevo espacio de actuación, surgido
del proyecto en sí, junto a nuevas
escalas de organización, las cuales, no obstante, dependen de la institucionalización del acuerdo.
Por
otro lado, la extensión de dinámicas globales vinculadas a asociaciones
ilícitas podría frenar el ímpetu del proyecto,
toda vez que la respuesta estatal ante
estos fenómenos se contradice con la apertura que conlleva la dinámica transfronteriza, no obstante que no se
aprecian los niveles de narcotráfico y
contrabando que sí están presentes en
otras triple-fronteras del continente
sudamericano.
Los
alcaldes líderes de AE hacen uso de la
frontera como recurso político, elaborando un discurso étnico sobre el territorio
transfronterizo que destinan, además, a las instancias de cooperación internacional. Les da la
perspectiva de manejar políticas de desarrollo con mayor autonomía hacia los Estados: el
interés del Estado central, chileno, en
la experiencia subregional, aparece como
consecuencia del potencial de AE en
tanto a la atracción de inversiones
internacionales.
Finalmente,
la influencia de actores externos en el
contenido de las políticas de la región no
es una novedad. Lo nuevo reside más bien en el hecho de que esta influencia pueda
servir como arma a los actores políticos
locales para tener más peso en la elaboración de políticas territoriales, en espacios donde las
políticas de Estado muchas veces generan esperanzas insatisfechas.
Más
de un siglo después de la construcción
conflictiva de la triple-frontera, surge un espacio de diálogo subregional que promueve
el desarrollo económico del espacio
transfronterizo y su inserción en el mercado global por medio de la cooperación
política, posibilitando que nuevos
horizontes de acción estén siendo
imaginados.
[12] Según Jacques Lagroye, una
cultura política es “el producto de un mecanismo de regulación de los
comportamientos políticos que inculca a los individuos actitudes fundamentales forjadas por la historia, y les
conduce a compartir, más allá de sus
divergencias de opiniones políticas, creencias comunes sobre la mejor forma de
organización social y de gobierno”,
Lagroye, J. Bastien, F. y Frédéric, S.
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