Cierto
programa de televisión en el que se realizó una encuesta entre los espectadores
sobre el miedo, me ha hecho reflexionar una vez más sobre lo extendido y bien
distribuido que está este sentimiento entre nosotros. Que yo recuerde, nunca había habido tanto miedo junto en este
país. Todos tenemos miedo. Unos tienen miedo de que este gobierno triunfe
nuevamente y todo se termine yendo al mismísimo
infierno. Los militares y burócratas comprometidos con este proceso tienen
miedo de que por su incondicionalidad sufran algún tipo de persecución si gana
definitivamente la oposición. El empresario tiene miedo de que el gobierno se
“enamore” de su empresa y el día de mañana se quede con ella. El
periodista teme ser perseguido, censurado,
y los medios de comunicación social, cerrados. Las universidades autónomas
temen por su autonomía y que el Tribunal Supremo anule cualquiera de sus comicios
para elegir rector y demás autoridades. El que va a su trabajo tiene miedo de
que la empresa donde trabaja termine
siendo expropiada y se quede definitivamente en la calle. Los trabajadores de
las empresas ya expropiadas temen que no se les paguen sus salarios. Los
empleados públicos temen ser perseguidos si el gobierno los sorprende votando
por la oposición. Los dueños de tierras tienen miedo de que sus fincas sean
invadidas. Los dueños de apartamentos y arrendadores temen que sus inquilinos
se queden con sus inmuebles. Los padres tienen miedo de que sus hijos abandonen
el país. Tememos que nos asalten, que nos roben o nos maten; que nos aumenten
los precios de los productos o que éstos escaseen; que modifiquen la educación
de nuestros hijos; que se vaya la luz; que amanezcamos sin agua o gas, que el
gobierno se haga el loco cuando haya un desastre natural; que terminemos siendo
damnificados ; que se siga endeudando el país; que continúe deteriorándose la
industria petrolera; que no se reconozcan los resultados electorales; que proliferen
las enfermedades endémicas; que la relación con Ahmadineyad nos sitúe en una
posición peligrosa a nivel mundial. Y hasta se podría decir que el mismo
presidente tiene miedo de perder las elecciones y no terminar su “obra”.
En
nuestro caso, no tememos a la infelicidad, a fracasar con nuestra pareja o en
nuestras profesiones, o a que nuestra
existencia sea aburrida y solitaria, nuestro temor se ha convertido así en algo
más primario y cerval . Este miedo, según algunos psicólogos partidarios de
Paulov y sus perros, no es un proceder
racional, es una conducta emocional aprendida o condicionada, una respuesta a
ciertos estímulos o peligros que el organismo, por experiencias pasadas, sabe
que le producirán daño. De un pueblo dicharachero
nos hemos convertido por obra y gracia de unos conmilitones faltos de batallas
y una izquierda siempre derrotada, en un pueblo aprensivo y receloso. Basta ir
a un supermercado o caminar por una calle de Caracas para constatar todo esto.
Cuatro
son, sin embargo, y según algunos escudriñadores de almas, las respuestas ante el miedo y la amenaza: la huída, la
inmovilidad, la sumisión y la defensa agresiva.
Es tal vez por ello, y quizás haciendo uso de la última de ellas, que cansados del maltrato que sufrían a manos
del Ejército los indígenas de la Comunidad Musukpa, en el Alto Paragua del estado Bolívar, el día 27 de octubre del
año pasado detuvieron y desarmaron en la mina El Torono a 22 efectivos militares.
La respuesta no se ha hecho esperar:
autoridades de la Guardia Nacional han
citado a los representantes indígenas ( entre los que se encuentra Alexis
Romero) a Ciudad Bolívar, y bajo la
excusa de que debían sostener una
supuesta entrevista en la 5ª División de Infantería de la Selva, fueron
conducido a la cárcel de La Pica, en Monagas, donde permanecen.
Así,
con esa especie de extraño valor y en lugar de enjuiciar a los militares
involucrados en los desmanes denunciados por las etnias indígenas, unos
compatriotas tratan de demostrarnos que ellos sí no tienen miedo y que por
ahora nadie más tiene el poder.