Son simpáticos. Enseñan sus dientes blancos cada vez que hay ocasión, en un
gesto tan calculado como aparentemente natural. Te tratan bien, son amables,
incluso podrías llegar a considerarlos amigos. Viven agazapados tras su
ordenador dispuestos a abalanzarse sobre cualquier jefecillo indefenso que
cruce la redacción. Son los pasilleros, y se alimentan de los más débiles.
Fríos y calculadores como el que más, han aprendido a disimular sus oscuras
intenciones detrás de una fachada de almíbar periodístico. No se meten en
guerras ajenas, e incluso las suyas las dan por perdidas. Nunca protagonizan un cuerpo a cuerpo porque lo
suyo es el trabajo en retaguardia, la puñalada trapera, el gesto escondido que
te deja con cara de tonto y, lo que es peor, sin saber por dónde ha venido.
Gustan de hacer guardia por los pasillos; es su lugar estratégico, desde
donde otear el movimiento de redacción y lo que se cuece en los despachos. A
medio camino entre el infierno y la gloria, estudian meticulosamente su próximo
objetivo, diseñan un plan de acción y juegan con sus compañeros al más puro
estilo risk. Un favor por aquí, una
ayudita por allá, y ya tienen su chiringuito, a su nombre y dirección, pero sin
dar palo al agua.
El pasillero tiene dos caras, una doble moral. Una que le permite
camuflarse entre sus compañeros, ofenderse con las injusticias –aunque en voz
baja-, darte ánimos si los necesitas e, incluso, portarse como un “tío legal”.
Pero se mimetizan con el ambiente, y en los despachos sacan su otro yo, la cara
que sonríe al jefe, el monigote que le da la razón, incluso sacan a pasear su
dedo acusador en un gesto que más tarde negarán hasta la saciedad.
Van medrando poco a poco hasta llegar a su objetivo; te pisan, pero con una
elegancia tal que crees haberte puesto tú bajo su zapato aterciopelado. Pides
perdón, y ellos magnánimamente te absuelven… Y cuando llegan a casa se
descojonan a sabiendas de que lo que han hecho no es sólo impulsarse ellos,
sino hundirte un poco más a ti en el fango.
Nunca llegarán a nada, pero se mantienen a flote con una habilidad pasmosa.
Son el madero que llega siempre a tierra firme, y como tal, sólo sirven para
apuntalar lo que otros destrozan. En el fondo, no son más que títeres en manos
de los pasilleros mayores… no tienen más campo de batalla que el que cabe en su
mesa de comedor.