De “Aymaras en la frontera” a “Aymaras sin fronteras”. Los gobiernos locales de la triple-frontera andina (Perú, Bolivia y Chile) y la globalización (parte I)
Historia | 26/01/2012

RESUMEN

Este artículo aborda la emergencia de un proyecto de desarrollo local panandino y transfronterizo, desde un territorio trifronterizo,  indígena, marginal y empobrecido. Proyecto donde sus protagonistas, los municipios y líderes locales tienen un papel determinante,  siendo acompañados por gobiernos regionales, nacionales y organismos internacionales. El territorio en referencia es la zona trifronteriza donde confluyen Perú, Bolivia y Chile, y el proyecto de desarrollo panandino es la Alianza Estratégica  “Aymaras Sin  Fronteras” (A.E.). El principal líder que analiza el artículo es Francisco Humire, alcalde de la localidad de Putre y presidente de  A.E. La primera pregunta en torno a la cual gira este artículo es: ¿nos encontramos ante un fenómeno de glocalización? Los autores  la responden revisando la literatura sobre globalización, descentralización, paradiplomacia, gobiernos no centrales y desarrollo  transfronterizo, articulando diversas perspectivas disciplinarias y analizando datos históricos y antropológicos sobre el mundo  andino en la triple-frontera. La segunda pregunta que se plantea es: ¿la Alianza Estrategia Aymaras Sin Fronteras podría o no  transformarse en un proyecto político?, lo que implicaría una etapa superior de asociatividad entre los municipios y comunidades  andinas de los tres países.

 

Introducción

El contexto actual de interdependencia entre  las sociedades implica una serie de interrelaciones transnacionales y transfronterizas que  dan cuenta del complejo escenario internacional. Una de las características relevantes  de estos procesos lo constituye la constante  adecuación de las escalas nacionales de actuación a las presiones regionales y globales.  Bob Jessop señala que como respuesta a estas  presiones,  “encontramos que nuevos lugares  están emergiendo, nuevos espacios están siendo  creados, nuevas escalas de organización están  siendo desarrolladas y nuevos horizontes de acción  están siendo imaginados”  (Jessop 2004:90).

Continúa, considerando que como respuesta a  este desafío  “muchas estrategias (…) están siendo  desarrolladas para vincular éstas y otras escalas  a lo global –incluyendo la internacionalización,  triadización, formación de bloques regionales,  construcción de redes de ciudades globales, formación de regiones transfronterizas, localización  internacional, glocalización, glurbanización y  transnacionalización” (Jessop 2004:90). En tanto, la discusión teórica sobre fenómenos como la paradiplomacia –resultado de la  globalización y de la adaptación de las unidades políticas a los fenómenos de integración  aparejados a ésta– se suponen relacionados  a la emergencia actual de los gobiernos no  centrales en el ámbito de acción internacional (Aguierre 2000). Jorge Tapia señala  que  “hoy se necesita no sólo hacer compatible  con la Constitución la discrecionalidad propia  del quehacer diplomático, sino compatibilizar la  Constitución con los cambios producidos por el  proceso de globalización en las materias, actores,  procedimientos e instrumentos de la política  exterior” (Tapia 2003:25); termina diciendo  que incluso  “el control de fronteras tiende a ser  reemplazado por intensivas formas de cooperación  regional y local  “a través” de las fronteras. Más  aún,  “el desarrollo de elites transnacionales ha  disminuido la posibilidad de los gobiernos de jugar  a dos niveles (adoptar doble estándar)”, porque  los grupos directivos de las dos o más naciones  se sobreponen, intercambian información, forman  coaliciones transgubernamentales y responden  a lobbies o grupos de presión transnacionales”  (Tapia 2003:25). Empero, dichos gobiernos no  centrales no se corresponden con lo que en  Chile y/o América Latina se conocen como  gobiernos locales, más bien se tienen en mente  casos de países del primer mundo como Québec  en Canadá, el País Vasco y Cataluña en España,  el Rhône-Alpes en Francia, Baden-Württemberg  en Alemania, entre otros1. 

De todos modos, mutatis mutandis, se puede  hacer una extrapolación hacia realidades locales  de países como Bolivia, Perú o Chile. Según  Jordi Borja  “la dialéctica global-local nos exige un  esfuerzo de imaginación política no sólo en el ámbito  global, hoy a la moda, sino también en el local, que  no es un anacronismo, sino todo lo contrario. Con  independencia del discurso, que puede expresarse  con una retórica esencialista o particularista, los  nacionalismos  “subestatales”, la resurrección de  regionalismos, el nuevo auge del municipalismo,  contienen elementos de modernidad, responden a  causas muy actuales, aunque también demandan  nuevas estructuras territoriales y exigen asumir  proyectos socioculturales que combinen identidades  heredadas con aperturas a la diversidad” (Borja  2002:38). Empero, la pregunta persiste, ¿se refiere también a realidades locales en territorios  marginales?

Si bien la teoría, desde Karl Polanyi2  en adelante, nos dice que el mercado internacional  ha llegado a todos los rincones del planeta,  no existiendo ya los bolsones de refugio de  los que nos hablaba Aguirre Beltrán (1973)  para la realidad mexicana, siempre surgen  dudas especialmente respecto de los estados  nacionales en países como los Perú, Bolivia y  Chile, tanto por el modelo centralista de sus estados-nacionales (Podestá 2004) como por  las conductas nacionalistas de sus habitantes,  especialmente en zonas de fronteras. 

En tal sentido, un elemento interesante, que  plantean algunas perspectivas antropológicas  sobre las fronteras políticas latinoamericanas,  se relaciona a cuánto de lo nacional es impuesto  “desde arriba”, y cuánto lo producen  las propias localidades fronterizas cotidianamente. En efecto, para Alejandro Grimson  “se  muestra que los sentidos de la nacionalidad  pueden ser el resultado de un proceso invertido  en el que las negociaciones y conflictos entre  poblaciones locales construyen la nación desde  fuera hacia adentro, es decir, desde la periferia  hacia el centro. Las fronteras pueden emerger de  la actividad de las localidades periféricas o de  la interacción de rivalidad locales y nacionales”  (Grimson 2000:2). Un ejemplo es el que  ocurre a través del comercio fronterizo. La  peculiaridad de los comerciantes es que la  competencia que desarrollan por el mercado  abarca a las ciudades y localidades allende  la frontera; aunque para nuestro caso, en  la triple frontera, se trata de un comercio  informal que responde a particularidades  culturales claras que le dan un sentido distinto a estas actividades3 . A lo que Grimson  agrega:  “Un supermercado o una tienda de ropa  o calzado compiten con los comercios similares de  su ciudad y de la ciudad vecina. Esta situación  lleva a reivindicaciones de las organizaciones de  comerciantes sobre la reglamentación del pequeño  comercio interfronterizo, el control aduanero,  la compatibilización impositiva y una serie de  medidas políticas sobre la frontera” (Grimson 2000:6). A la vez,  “en ese proceso de declaraciones y peticiones los comerciantes producen  imágenes sobre los vecinos identificando su trabajo  sistemáticamente con la Nación. Comprar del  otro lado es, para ellos, sacar la plata del país;  mientras que comprarles a ellos es hacer algo  por el país” (Grimson 2000:6).

Desde esta perspectiva que tiende hacia la  objetividad (Vergara 2002), no sólo el Estado  tiene un rol predominante en la formación de  una cierta unidad para aquellos cuya identidad  está siendo transformada por fuerzas globales  y allende la frontera, pues la vida cotidiana  en la frontera reforzaría la identidad nacional.  No obstante, nuestra posición se alejaría de  recurrentes esencialismos (Grimson 2004), y  posiciones objetivistas, más bien se trataría  de una posición constructivista. Toda vez  que enfatizamos en que las particularidades  de la triple frontera nos llevarían a definirla  como  “un lugar donde las culturas pueden llegar  a desatarse visiblemente, [constituyendo] un  espacio de cultura libre y experimental donde se  pueden introducir no solo nuevos elementos, sino  también nuevas reglas de combinación. (…), las  fronteras serían lo que sus habitantes hacen de  ellas” (Graña 2001:77).

En definitiva, el tripartito se correspondería a  la distinción que plantea Malcolm Anderson  entre la frontera como institución política de  base, que depende de normas establecidas  por los centros, y la frontera como proceso  que tiene mucho más que ver con dinámicas  políticas de construcción de la realidad social  (Rouviere 2007:2). 

Por otro lado, y aparejado a la posibilidad  de la construcción de nuevas identidades en  estos nuevos espacios, Sergio Boisier (2003)  nos recuerda, además, que algunos autores,  apresuradamente, han dado por muerto al  territorio frente a la arremetida de la globalización; es decir, comunidades tradicionales  donde la cultura y el territorio se funden en una  sola realidad (González 2004:56) no tendrían,  supuestamente, una oportunidad frente a este  nuevo fenómeno. Empero, el propio Boisier  demuestra que este fenómeno, que si bien ha  logrado reecuacionar la geografía económica con la política (Boisier 2003:66), es también  esencialmente territorial.

En suma, nuevas estructuras territoriales coincidentes con identidades socioculturales pueden  emerger en este nuevo escenario internacional,  aunque sean demandas de vieja data. Francisco  Alburquerque señala que los procesos de descentralización habrían sido generados por factores  surgidos desde lo local, en el sentido de la vieja  teoría  “de abajo hacia arriba” del desarrollo  regional, donde la demanda poblacional y el  gobierno municipal tendrían un papel significativo (Boisier 2003).

Chile, un país caracterizado por su centralismo,  curiosamente ha promovido un proceso de  regionalización en dos zonas que han tenido  una demanda permanente por hacer coincidir  sus identidades tradicionales con la división  político-administrativa regional: son los casos  de Arica y Valdivia. De igual modo, respecto  del desarrollo local Vásquez Barquero (2000)  ha señalado que responde actualmente a una  generación  “espontánea”, puesto que no habría  sido inducido por el Estado, más preocupado de  la estabilidad macroeconómica y de los sectores  tradicionales.

En las últimas décadas la subregión sudamericana, que comprende el tripartito, ha tendido  a ser una región ganadora relativamente, en  la medida que se ha adaptado a la apertura  comercial (Szary 1997); no obstante, en gran  parte de su territorio persisten niveles de  desarrollo y de integración territorial muy  contrastados. Las regiones mejor dotadas  buscan su porvenir en la multiplicación de  los lazos transfronterizos (Szary 1997), lazos  que se intentan alcanzar a través del proyecto  Alianza Estratégica  “Aymaras Sin Fronteras”,  que a continuación analizamos.

 

Aymaras en la frontera

Si las percepciones de la frontera se definieron históricamente de arriba hacia abajo,  los municipios se volvieron paradójicamente  espacios de oportunidades políticas para los  nuevos dirigentes aymaras en los años 1980.  ¿Cómo se produce este cambio y qué impacto  tiene sobre la práctica de la autoridad política  en territorios marginales?

El tripartito. De la exclusión política a la  utilización estratégica de las poblaciones  aymaras

Existe un lejano lugar en los Andes donde  confluyen Perú, Bolivia y Chile, llamado  popularmente tripartito, donde un pequeño  obelisco con tres caras –cada una tiene dibujada la bandera de uno de estos países– marca  el lugar exacto de esa colisión territorial. Las  caras del obelisco son como las máscaras del  dios Jano, una mira hacia el norte, otra hacia el  oriente y la tercera hacia el sur, pero también  miran hacia el pasado y hacia el futuro.

El pasado se hace evidente en el rostro precolombino de la población de las comunidades  (Gundermann 1998) de los tres países que,  sin embargo, es a la vez un rostro de futuro,  gracias a la oportunidad que la globalización  y la descentralización les otorgan en estos  días a los espacios marginales.

En el tripartito las fronteras se diluyen ante  la altura, el frío, el viento y ese paisaje altiplánico de violenta belleza enmarcada por  volcanes. Al mirar hacia los cuatro costados el  panorama expresa un escenario indisolublemente unido y coherente, donde sólo impacta  la basura de modernos productos plásticos  que la feria andina deja cada quince días. Allí  se encuentran los habitantes de pequeñas  comunidades vecinas y emparentadas, pero  que tienen tres nacionalidades distintas. Allí  se entremezclan los tradicionales productos  altiplánicos y de precordillera como la papa  chuño, la quinoa, el charqui, harinas, etc.,  con otros venidos de ultramar como relojes,  calculadora s ,  televisores ,  computadore s ,  neumáticos nuevos y usados, etc. Esta feria  es una réplica en miniatura de la feria de Alto  La Paz, pero que nos indica que el mercado  internacional ha llegado a los más recónditos  rincones del planeta.

Pocos lugares son como este tripartito, donde existen poblaciones de tres países  compartiendo el mismo olvido del poder  político4. Si en Perú, Bolivia o Chile se buscara  el lugar más abandonado, pobre y silencioso, posiblemente ese sería el tripartito. Los  poblados más próximos al tripartito son  Ancomarka, peruano, Charaña, boliviano, y  Visviri, chileno, cuyos habitantes son aymaras.  Los rostros de unos y otros no sólo se parecen,  son casi idénticos, pero solamente la cinta del  sombrero puede indicar la nacionalidad del  habitante que cruza esa triple-frontera, pues  los procesos de peruanización, bolivianización y chilenización han sido exitosos. A la  identidad andina se yuxtapuso la identidad  nacional, a través de procesos políticos derivados de litigios diplomáticos muy lejanos  para ellos en su origen, pero tan próximos en  sus consecuencias.

El propio tripartito fue resultado de negociaciones diplomáticas entre Perú y Chile,  conocidas como  “el conflicto por las provincias  de Tacna y Arica” (González 2006:33). El Tratado  entre ambos países, conocido como de Ancón  y ratificado en 1884, sorprendentemente para  la época les otorgó en la letra a los pobladores  de esas provincias, que incluía a las poblaciones peruanas y chilenas del actual tripartito,  la posibilidad de decidir su destino a través  de un plebiscito. Posteriormente, en 1929, los  gobiernos de ambos países acordaron dividir  este territorio: Tacna para Perú y Arica para  Chile. Luego, hubo población del tripartito  que tenía hasta entonces nacionalidad peruana  que a partir de ese momento podrían optar a  ser chilenos, sabiendo además que sus hijos  y nietos lo serían. 

¿Quiénes quedarían a un lado u otro de la  frontera? La respuesta esperada sería que  los  “ariqueños” se asimilarían a partir de  entonces a la nacionalidad chilena, lo que es correcto; empero, otro Tratado de Paz y  Amistad, suscrito entre Bolivia y Chile en  1904, también tuvo un impacto en esta nueva  frontera. Uno de los compromisos de Chile con  ese país fue la construcción de un ferrocarril  que uniera el puerto de Arica con la ciudad  de La Paz, cuyo trazado fue fundamental para  la demarcación de la frontera, porque la línea  férrea no seguía en un ciento por ciento la  frontera administrativa entre las provincias  de Tacna y Arica, por lo tanto, parte de la  primera quedó en Chile, en la zona alta, y  parte de la segunda en Perú, en la costa. No  es de extrañar, entonces, que el territorio de  la comunidad de Ancomarka haya quedado  una parte en Perú y otra en Chile.

A partir de 1913 los habitantes del tripartito, especialmente las localidades de Visviri  y Charaña, pudieron observar el paso del  ferrocarril, que por entonces todavía era la  mayor expresión de modernidad y tecnología  en el continente. Este ferrocarril aproximó a  Bolivia al puerto de Arica y al océano Pacífico,  mientras todavía no resolvía la soberanía  de estos territorios. Quizás por ello, una  vez resuelto el conflicto en Perú y Chile, un  protocolo complementario al Tratado de Lima  de 1929 dejó explícito, en su artículo primero,  que ninguna tercera potencia podría acceder  a los territorios de las provincias de Tacna  y Arica sin previa autorización de ambos  Estados. Este artículo fue conocido como  “la  llave y el candado”, donde simbólicamente  Perú y Chile tendrían una parte que permitiría abrir la puerta a Bolivia para su ansiada  salida al mar.

Sesenta y dos años después de la inauguración del ferrocarril Arica-La Paz y cuarenta  y cuatro años desde el Tratado de Lima, los  presidentes militares Hugo Banzer de Bolivia  y Augusto Pinochet de Chile se abrazaron en  Charaña, en las proximidades de la estación  de ferrocarril, el 8 de febrero de 1975, como  expresión de acercamiento por la propuesta  chilena de un corredor paralelo a la frontera  con Perú o línea de la Concordia. Esta propuesta fracasó por la respuesta peruana a la  consulta que se le realizó al respecto, llevando  a Bolivia a romper nuevamente relaciones  diplomáticas con Chile el 17 de marzo de  1978, situación que perdura hasta nuestros  días. Lo relevante es que si esta propuesta del  corredor hubiese tenido respuesta favorable  sin enmiendas de parte del Perú, los habitantes  chilenos del tripartito habrían cambiado otra  vez de nacionalidad, hoy serían bolivianos.  Una vez más nadie pensó en consultar sus  opiniones.

 

El endurecimiento de las fronteras nacionales y el proceso de municipalización en  la estrategia de control territorial

Con posterioridad al  “fracaso de Charaña”,  el proceso migratorio desde las comunidades  rurales hacia los puertos de Iquique y Arica  iba en aumento debido a la búsqueda especialmente de los jóvenes andinos de empleos  y de educación. Sin embargo, desde el Estado  central y razones geopolíticas se promovió la  presencia de población en la frontera, concentrándola en pueblos principales como Putre,  Colchane y Cariquima, entre otros. Entonces  los aymaras eran funcionales a la lógica de  Estado como población en la frontera, con  la finalidad de consolidar la soberanía en  zonas extremas.

El proceso de municipalización fue fundamental en esa época, generando un impacto  en las estructuras tradicionales de autoridad  en el mundo andino, afectando directamente  a la educación y la salud, pero indirectamente,  junto a la creación de Juntas de Vecinos (decreto Ley 349), afectó a instituciones andinas  como la Asamblea Comunal y el Cacicazgo  (curacas). En otras palabras, la autoridad del  régimen militar chileno se hizo presente en  estas tierras, como lo hicieron también los  regímenes militares de Perú y Bolivia.

Sin embargo, la municipalización en Chile,  especialmente a partir de 1980, al transferirles mayores competencias y facultades a los  municipios, fue un proceso descentralizador  que, como veremos, tuvo un efecto notorio en  las comunas rurales de la entonces I Región  de Chile.

En la década de los años ochenta también  comenzaron a llegar a la zona del altiplano  chileno organizaciones no gubernamentales;  algunas integradas por profesionales aymaras  (v.gr. Apacheta, Pacha Aru, Irpa), la mayoría  contraria al régimen militar, iniciaron actividades de capacitación de dirigentes (v.gr.  TEA). Estas organizaciones pierden presencia  con la llegada de la democracia en Chile,  siendo los partidos políticos los que recogen  el bastón de la cooperación y apoyo a las comunidades indígenas, destacándose la Unión Demócrata Independiente y el Partido Por la  Democracia. 

Todavía hasta la década de los años noventa  la preocupación era el notorio despoblamiento de las estancias y comunidades andinas  debido a la atracción de las ciudades costeras,  especialmente Arica desde los años sesenta  con el puerto libre e Iquique en los ochenta  con la zona franca. Los aymaras eran vistos  como habitantes de la frontera, que debían  recibir beneficios y servicios para que permanecieran en sus comunidades por una razón  de Estado: la baja densidad poblacional del  altiplano chileno.

Entre los servicios más importantes que los  aymaras comenzaron a recibir a partir de la  década de los años cincuenta, fue la educación  primaria o básica. Si bien tuvo un impacto  destructivo en el uso de la lengua aymara y  en usos y costumbres andinos, los maestros  socializaron el ethos normalista entre los estudiantes indígenas, donde la educación cívica  tuvo un lugar relevante (González 2003). 


(Parte II)

Autores

Sergio González Miranda: Director Ejecutivo del Instituto de Estudios Internacionales (INTE) de la Universidad Arturo Prat, Iquique.  

Laetitia Rouviere: UMR PACTE-Politique/organisations (Grenoble-Francia)-Instituto de Estudios Internacionales (INTE) de la Universidad Arturo Prat, Iquique.  

Cristián Ovando: Instituto de Estudios Internacionales (INTE) de la Universidad Arturo Prat.

 

[1] No obstante, desde la perspectiva planteada más arriba,  y generalizando para el caso latinoamericano, Vicente  Torrijos señala que si bien  “la toma de decisiones en materia  de relaciones exteriores, tradicionalmente en manos de muy  pocas personas, sobre todo en regímenes políticos de corte  presidencialista y unitario, irá difuminándose, y de hecho  así está sucediendo, en un entramado cada vez más amplio,  complejo y participativo de consejos consultivos, conferencias  sectoriales, comisiones asesoras, comités intersectoriales”  (Torrijos 2000:25). 

[2] Polanyi, Karl (1957). The Great Transformation: The  Political and Economic Origins of Our Time. Beacon Press  by arrangement with Rinehart & Company.

[3] Para Grimson, en las ciudades eminentemente comerciales sin población aborigen,  “las definiciones nacionales  son prevalecientes: los intereses y sentimientos suelen definirse  en términos nacionales”. A lo que continúa señalando:  “…  es sobre la existencia de la frontera que se organiza un sistema social de intercambios entre grupos que se consideran  distintos”  (Grimson 2000:28). En cambio, en las localidades fronterizas del mundo andino, particularmente  en el tripartito, la identidad se (re)construye gracias a la  densidad cultural presente en las localidades que la comprenden.  “Ello ocurre generalmente cuando esas localidades  son parte de regiones naturales supranacionales, donde los  lazos familiares, históricos y culturales prevalecen por sobre  los político-administrativos” (González 2006:26-27).

[4] En efecto, no desconocemos que  “en muchas zonas  fronterizas el discurso nativo de la hermandad inmemorial  es la base articuladora de una identificación transfronteriza  como zona periférica y marginalizada en contra de las respectivas metrópolis nacionales. En términos locales, el discurso  transfronterizo opera en muchas oportunidades como base  de sustentación de un reclamo político contra el centralismo”  (Grimson 2000:29). 

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