RESUMEN
Este
artículo aborda la emergencia de un proyecto de desarrollo local panandino y
transfronterizo, desde un territorio trifronterizo, indígena, marginal y empobrecido. Proyecto
donde sus protagonistas, los municipios y líderes locales tienen un papel
determinante, siendo acompañados por
gobiernos regionales, nacionales y organismos internacionales. El territorio en
referencia es la zona trifronteriza donde confluyen Perú, Bolivia y Chile, y el
proyecto de desarrollo panandino es la Alianza Estratégica “Aymaras Sin
Fronteras” (A.E.). El principal líder que analiza el artículo es
Francisco Humire, alcalde de la localidad de Putre y presidente de A.E. La primera pregunta en torno a la cual
gira este artículo es: ¿nos encontramos ante un fenómeno de glocalización? Los
autores la responden revisando la
literatura sobre globalización, descentralización, paradiplomacia, gobiernos no
centrales y desarrollo transfronterizo,
articulando diversas perspectivas disciplinarias y analizando datos históricos
y antropológicos sobre el mundo andino
en la triple-frontera. La segunda pregunta que se plantea es: ¿la Alianza
Estrategia Aymaras Sin Fronteras podría o no
transformarse en un proyecto político?, lo que implicaría una etapa
superior de asociatividad entre los municipios y comunidades andinas de los tres países.
Introducción
El
contexto actual de interdependencia entre
las sociedades implica una serie de interrelaciones transnacionales y
transfronterizas que dan cuenta del
complejo escenario internacional. Una de las características relevantes de estos procesos lo constituye la
constante adecuación de las escalas
nacionales de actuación a las presiones regionales y globales. Bob Jessop señala que como respuesta a
estas presiones, “encontramos que nuevos lugares están emergiendo, nuevos espacios están
siendo creados, nuevas escalas de
organización están siendo desarrolladas y
nuevos horizontes de acción están siendo
imaginados” (Jessop 2004:90).
Continúa,
considerando que como respuesta a este
desafío “muchas estrategias (…) están
siendo desarrolladas para vincular éstas
y otras escalas a lo global –incluyendo
la internacionalización, triadización,
formación de bloques regionales,
construcción de redes de ciudades globales, formación de regiones
transfronterizas, localización
internacional, glocalización, glurbanización y transnacionalización” (Jessop 2004:90). En
tanto, la discusión teórica sobre fenómenos como la paradiplomacia –resultado
de la globalización y de la adaptación
de las unidades políticas a los fenómenos de integración aparejados a ésta– se suponen
relacionados a la emergencia actual de
los gobiernos no centrales en el ámbito
de acción internacional (Aguierre 2000). Jorge Tapia señala que
“hoy se necesita no sólo hacer compatible con la Constitución la discrecionalidad
propia del quehacer diplomático, sino
compatibilizar la Constitución con los
cambios producidos por el proceso de
globalización en las materias, actores,
procedimientos e instrumentos de la política exterior” (Tapia 2003:25); termina
diciendo que incluso “el control de fronteras tiende a ser reemplazado por intensivas formas de
cooperación regional y local “a través” de las fronteras. Más aún,
“el desarrollo de elites transnacionales ha disminuido la posibilidad de los gobiernos de
jugar a dos niveles (adoptar doble
estándar)”, porque los grupos directivos
de las dos o más naciones se sobreponen,
intercambian información, forman
coaliciones transgubernamentales y responden a lobbies o grupos de presión
transnacionales” (Tapia 2003:25).
Empero, dichos gobiernos no centrales no
se corresponden con lo que en Chile y/o
América Latina se conocen como gobiernos
locales, más bien se tienen en mente
casos de países del primer mundo como Québec en Canadá, el País Vasco y Cataluña en
España, el Rhône-Alpes en Francia,
Baden-Württemberg en Alemania, entre
otros1.
De
todos modos, mutatis mutandis, se puede
hacer una extrapolación hacia realidades locales de países como Bolivia, Perú o Chile.
Según Jordi Borja “la dialéctica global-local nos exige un esfuerzo de imaginación política no sólo en
el ámbito global, hoy a la moda, sino
también en el local, que no es un
anacronismo, sino todo lo contrario. Con
independencia del discurso, que puede expresarse con una retórica esencialista o
particularista, los nacionalismos “subestatales”, la resurrección de regionalismos, el nuevo auge del
municipalismo, contienen elementos de
modernidad, responden a causas muy
actuales, aunque también demandan nuevas
estructuras territoriales y exigen asumir
proyectos socioculturales que combinen identidades heredadas con aperturas a la diversidad”
(Borja 2002:38). Empero, la pregunta
persiste, ¿se refiere también a realidades locales en territorios marginales?
Si
bien la teoría, desde Karl Polanyi2
en adelante, nos dice que el mercado internacional ha llegado a todos los rincones del
planeta, no existiendo ya los bolsones
de refugio de los que nos hablaba
Aguirre Beltrán (1973) para la realidad
mexicana, siempre surgen dudas
especialmente respecto de los estados
nacionales en países como los Perú, Bolivia y Chile, tanto por el modelo centralista de sus
estados-nacionales (Podestá 2004) como por
las conductas nacionalistas de sus habitantes, especialmente en zonas de fronteras.
En
tal sentido, un elemento interesante, que
plantean algunas perspectivas antropológicas sobre las fronteras políticas
latinoamericanas, se relaciona a cuánto
de lo nacional es impuesto “desde
arriba”, y cuánto lo producen las
propias localidades fronterizas cotidianamente. En efecto, para Alejandro
Grimson “se muestra que los sentidos de la
nacionalidad pueden ser el resultado de
un proceso invertido en el que las
negociaciones y conflictos entre
poblaciones locales construyen la nación desde fuera hacia adentro, es decir, desde la
periferia hacia el centro. Las fronteras
pueden emerger de la actividad de las
localidades periféricas o de la
interacción de rivalidad locales y nacionales”
(Grimson 2000:2). Un ejemplo es el que
ocurre a través del comercio fronterizo. La peculiaridad de los comerciantes es que
la competencia que desarrollan por el
mercado abarca a las ciudades y
localidades allende la frontera; aunque
para nuestro caso, en la triple
frontera, se trata de un comercio
informal que responde a particularidades
culturales claras que le dan un sentido distinto a estas actividades3
. A lo que Grimson agrega: “Un supermercado o una tienda de ropa o calzado compiten con los comercios
similares de su ciudad y de la ciudad
vecina. Esta situación lleva a
reivindicaciones de las organizaciones de
comerciantes sobre la reglamentación del pequeño comercio interfronterizo, el control
aduanero, la compatibilización
impositiva y una serie de medidas
políticas sobre la frontera” (Grimson 2000:6). A la vez, “en ese proceso de declaraciones y peticiones
los comerciantes producen imágenes sobre
los vecinos identificando su trabajo
sistemáticamente con la Nación. Comprar del otro lado es, para ellos, sacar la plata del
país; mientras que comprarles a ellos es
hacer algo por el país” (Grimson
2000:6).
Desde
esta perspectiva que tiende hacia la
objetividad (Vergara 2002), no sólo el Estado tiene un rol predominante en la formación de una cierta unidad para aquellos cuya
identidad está siendo transformada por
fuerzas globales y allende la frontera,
pues la vida cotidiana en la frontera
reforzaría la identidad nacional. No
obstante, nuestra posición se alejaría de
recurrentes esencialismos (Grimson 2004), y posiciones objetivistas, más bien se
trataría de una posición
constructivista. Toda vez que
enfatizamos en que las particularidades
de la triple frontera nos llevarían a definirla como
“un lugar donde las culturas pueden llegar a desatarse visiblemente, [constituyendo]
un espacio de cultura libre y
experimental donde se pueden introducir
no solo nuevos elementos, sino también
nuevas reglas de combinación. (…), las
fronteras serían lo que sus habitantes hacen de ellas” (Graña 2001:77).
En
definitiva, el tripartito se correspondería a
la distinción que plantea Malcolm Anderson entre la frontera como institución política
de base, que depende de normas
establecidas por los centros, y la
frontera como proceso que tiene mucho
más que ver con dinámicas políticas de
construcción de la realidad social
(Rouviere 2007:2).
Por
otro lado, y aparejado a la posibilidad
de la construcción de nuevas identidades en estos nuevos espacios, Sergio Boisier
(2003) nos recuerda, además, que algunos
autores, apresuradamente, han dado por
muerto al territorio frente a la
arremetida de la globalización; es decir, comunidades tradicionales donde la cultura y el territorio se funden en
una sola realidad (González 2004:56) no
tendrían, supuestamente, una oportunidad
frente a este nuevo fenómeno. Empero, el
propio Boisier demuestra que este
fenómeno, que si bien ha logrado
reecuacionar la geografía económica con la política (Boisier 2003:66), es
también esencialmente territorial.
En
suma, nuevas estructuras territoriales coincidentes con identidades
socioculturales pueden emerger en este
nuevo escenario internacional, aunque
sean demandas de vieja data. Francisco
Alburquerque señala que los procesos de descentralización habrían sido
generados por factores surgidos desde lo
local, en el sentido de la vieja
teoría “de abajo hacia arriba”
del desarrollo regional, donde la
demanda poblacional y el gobierno
municipal tendrían un papel significativo (Boisier 2003).
Chile,
un país caracterizado por su centralismo,
curiosamente ha promovido un proceso de
regionalización en dos zonas que han tenido una demanda permanente por hacer
coincidir sus identidades tradicionales
con la división político-administrativa
regional: son los casos de Arica y
Valdivia. De igual modo, respecto del
desarrollo local Vásquez Barquero (2000)
ha señalado que responde actualmente a una generación
“espontánea”, puesto que no habría
sido inducido por el Estado, más preocupado de la estabilidad macroeconómica y de los
sectores tradicionales.
En
las últimas décadas la subregión sudamericana, que comprende el tripartito, ha
tendido a ser una región ganadora
relativamente, en la medida que se ha
adaptado a la apertura comercial (Szary
1997); no obstante, en gran parte de su
territorio persisten niveles de
desarrollo y de integración territorial muy contrastados. Las regiones mejor dotadas buscan su porvenir en la multiplicación
de los lazos transfronterizos (Szary
1997), lazos que se intentan alcanzar a
través del proyecto Alianza
Estratégica “Aymaras Sin
Fronteras”, que a continuación
analizamos.
Aymaras
en la frontera
Si
las percepciones de la frontera se definieron históricamente de arriba hacia
abajo, los municipios se volvieron
paradójicamente espacios de
oportunidades políticas para los nuevos
dirigentes aymaras en los años 1980.
¿Cómo se produce este cambio y qué impacto tiene sobre la práctica de la autoridad
política en territorios marginales?
El
tripartito. De la exclusión política a la
utilización estratégica de las poblaciones aymaras
Existe
un lejano lugar en los Andes donde
confluyen Perú, Bolivia y Chile, llamado
popularmente tripartito, donde un pequeño obelisco con tres caras –cada una tiene
dibujada la bandera de uno de estos países– marca el lugar exacto de esa colisión territorial.
Las caras del obelisco son como las
máscaras del dios Jano, una mira hacia
el norte, otra hacia el oriente y la
tercera hacia el sur, pero también miran
hacia el pasado y hacia el futuro.
El
pasado se hace evidente en el rostro precolombino de la población de las
comunidades (Gundermann 1998) de los
tres países que, sin embargo, es a la
vez un rostro de futuro, gracias a la
oportunidad que la globalización y la
descentralización les otorgan en estos
días a los espacios marginales.
En
el tripartito las fronteras se diluyen ante
la altura, el frío, el viento y ese paisaje altiplánico de violenta
belleza enmarcada por volcanes. Al mirar
hacia los cuatro costados el panorama expresa
un escenario indisolublemente unido y coherente, donde sólo impacta la basura de modernos productos
plásticos que la feria andina deja cada
quince días. Allí se encuentran los
habitantes de pequeñas comunidades
vecinas y emparentadas, pero que tienen
tres nacionalidades distintas. Allí se
entremezclan los tradicionales productos
altiplánicos y de precordillera como la papa chuño, la quinoa, el charqui, harinas,
etc., con otros venidos de ultramar como
relojes, calculadora s , televisores ,
computadore s , neumáticos nuevos
y usados, etc. Esta feria es una réplica
en miniatura de la feria de Alto La Paz,
pero que nos indica que el mercado
internacional ha llegado a los más recónditos rincones del planeta.
Pocos
lugares son como este tripartito, donde existen poblaciones de tres países compartiendo el mismo olvido del poder político4. Si en Perú, Bolivia o
Chile se buscara el lugar más
abandonado, pobre y silencioso, posiblemente ese sería el tripartito. Los poblados más próximos al tripartito son Ancomarka, peruano, Charaña, boliviano,
y Visviri, chileno, cuyos habitantes son
aymaras. Los rostros de unos y otros no
sólo se parecen, son casi idénticos,
pero solamente la cinta del sombrero
puede indicar la nacionalidad del
habitante que cruza esa triple-frontera, pues los procesos de peruanización,
bolivianización y chilenización han sido exitosos. A la identidad andina se yuxtapuso la
identidad nacional, a través de procesos
políticos derivados de litigios diplomáticos muy lejanos para ellos en su origen, pero tan próximos
en sus consecuencias.
El
propio tripartito fue resultado de negociaciones diplomáticas entre Perú y
Chile, conocidas como “el conflicto por las provincias de Tacna y Arica” (González 2006:33). El
Tratado entre ambos países, conocido
como de Ancón y ratificado en 1884,
sorprendentemente para la época les otorgó
en la letra a los pobladores de esas
provincias, que incluía a las poblaciones peruanas y chilenas del actual
tripartito, la posibilidad de decidir su
destino a través de un plebiscito.
Posteriormente, en 1929, los gobiernos
de ambos países acordaron dividir este
territorio: Tacna para Perú y Arica para
Chile. Luego, hubo población del tripartito que tenía hasta entonces nacionalidad
peruana que a partir de ese momento
podrían optar a ser chilenos, sabiendo
además que sus hijos y nietos lo serían.
¿Quiénes
quedarían a un lado u otro de la
frontera? La respuesta esperada sería que los
“ariqueños” se asimilarían a partir de
entonces a la nacionalidad chilena, lo que es correcto; empero, otro
Tratado de Paz y Amistad, suscrito entre
Bolivia y Chile en 1904, también tuvo un
impacto en esta nueva frontera. Uno de
los compromisos de Chile con ese país fue
la construcción de un ferrocarril que
uniera el puerto de Arica con la ciudad
de La Paz, cuyo trazado fue fundamental para la demarcación de la frontera, porque la
línea férrea no seguía en un ciento por
ciento la frontera administrativa entre
las provincias de Tacna y Arica, por lo
tanto, parte de la primera quedó en
Chile, en la zona alta, y parte de la
segunda en Perú, en la costa. No es de
extrañar, entonces, que el territorio de
la comunidad de Ancomarka haya quedado
una parte en Perú y otra en Chile.
A
partir de 1913 los habitantes del tripartito, especialmente las localidades de
Visviri y Charaña, pudieron observar el
paso del ferrocarril, que por entonces
todavía era la mayor expresión de
modernidad y tecnología en el
continente. Este ferrocarril aproximó a
Bolivia al puerto de Arica y al océano Pacífico, mientras todavía no resolvía la
soberanía de estos territorios. Quizás
por ello, una vez resuelto el conflicto
en Perú y Chile, un protocolo
complementario al Tratado de Lima de
1929 dejó explícito, en su artículo primero,
que ninguna tercera potencia podría acceder a los territorios de las provincias de
Tacna y Arica sin previa autorización de
ambos Estados. Este artículo fue
conocido como “la llave y el candado”, donde simbólicamente Perú y Chile tendrían una parte que
permitiría abrir la puerta a Bolivia para su ansiada salida al mar.
Sesenta
y dos años después de la inauguración del ferrocarril Arica-La Paz y
cuarenta y cuatro años desde el Tratado
de Lima, los presidentes militares Hugo
Banzer de Bolivia y Augusto Pinochet de
Chile se abrazaron en Charaña, en las
proximidades de la estación de ferrocarril,
el 8 de febrero de 1975, como expresión
de acercamiento por la propuesta chilena
de un corredor paralelo a la frontera
con Perú o línea de la Concordia. Esta propuesta fracasó por la
respuesta peruana a la consulta que se
le realizó al respecto, llevando a
Bolivia a romper nuevamente relaciones
diplomáticas con Chile el 17 de marzo de
1978, situación que perdura hasta nuestros días. Lo relevante es que si esta propuesta
del corredor hubiese tenido respuesta
favorable sin enmiendas de parte del
Perú, los habitantes chilenos del
tripartito habrían cambiado otra vez de
nacionalidad, hoy serían bolivianos. Una
vez más nadie pensó en consultar sus
opiniones.
El
endurecimiento de las fronteras nacionales y el proceso de municipalización
en la estrategia de control territorial
Con
posterioridad al “fracaso de
Charaña”, el proceso migratorio desde
las comunidades rurales hacia los
puertos de Iquique y Arica iba en
aumento debido a la búsqueda especialmente de los jóvenes andinos de
empleos y de educación. Sin embargo,
desde el Estado central y razones
geopolíticas se promovió la presencia de
población en la frontera, concentrándola en pueblos principales como
Putre, Colchane y Cariquima, entre
otros. Entonces los aymaras eran
funcionales a la lógica de Estado como
población en la frontera, con la
finalidad de consolidar la soberanía en
zonas extremas.
El
proceso de municipalización fue fundamental en esa época, generando un
impacto en las estructuras tradicionales
de autoridad en el mundo andino,
afectando directamente a la educación y
la salud, pero indirectamente, junto a
la creación de Juntas de Vecinos (decreto Ley 349), afectó a instituciones
andinas como la Asamblea Comunal y el
Cacicazgo (curacas). En otras palabras,
la autoridad del régimen militar chileno
se hizo presente en estas tierras, como
lo hicieron también los regímenes militares
de Perú y Bolivia.
Sin
embargo, la municipalización en Chile,
especialmente a partir de 1980, al transferirles mayores competencias y
facultades a los municipios, fue un
proceso descentralizador que, como
veremos, tuvo un efecto notorio en las
comunas rurales de la entonces I Región
de Chile.
En
la década de los años ochenta también
comenzaron a llegar a la zona del altiplano chileno organizaciones no
gubernamentales; algunas integradas por
profesionales aymaras (v.gr. Apacheta,
Pacha Aru, Irpa), la mayoría contraria
al régimen militar, iniciaron actividades de capacitación de dirigentes
(v.gr. TEA). Estas organizaciones
pierden presencia con la llegada de la
democracia en Chile, siendo los partidos
políticos los que recogen el bastón de la
cooperación y apoyo a las comunidades indígenas, destacándose la Unión Demócrata
Independiente y el Partido Por la
Democracia.
Todavía
hasta la década de los años noventa la
preocupación era el notorio despoblamiento de las estancias y comunidades andinas debido a la atracción de las ciudades
costeras, especialmente Arica desde los
años sesenta con el puerto libre e
Iquique en los ochenta con la zona
franca. Los aymaras eran vistos como
habitantes de la frontera, que debían
recibir beneficios y servicios para que permanecieran en sus comunidades
por una razón de Estado: la baja
densidad poblacional del altiplano
chileno.
Entre
los servicios más importantes que los
aymaras comenzaron a recibir a partir de la década de los años cincuenta, fue la
educación primaria o básica. Si bien
tuvo un impacto destructivo en el uso de
la lengua aymara y en usos y costumbres
andinos, los maestros socializaron el
ethos normalista entre los estudiantes indígenas, donde la educación
cívica tuvo un lugar relevante (González
2003).
(Parte II)
Autores
Sergio González Miranda: Director Ejecutivo del
Instituto de Estudios Internacionales (INTE) de la Universidad Arturo Prat,
Iquique.
Laetitia Rouviere: UMR
PACTE-Politique/organisations (Grenoble-Francia)-Instituto de Estudios
Internacionales (INTE) de la Universidad Arturo Prat, Iquique.
Cristián Ovando: Instituto de Estudios
Internacionales (INTE) de la Universidad Arturo Prat.
[1] No obstante, desde la perspectiva planteada más
arriba, y generalizando para el caso
latinoamericano, Vicente Torrijos señala
que si bien “la toma de decisiones en
materia de relaciones exteriores,
tradicionalmente en manos de muy pocas
personas, sobre todo en regímenes políticos de corte presidencialista y unitario, irá
difuminándose, y de hecho así está
sucediendo, en un entramado cada vez más amplio, complejo y participativo de consejos
consultivos, conferencias sectoriales,
comisiones asesoras, comités intersectoriales”
(Torrijos 2000:25).
[2]
Polanyi, Karl (1957). The Great Transformation: The Political and Economic Origins of Our Time. Beacon
Press by arrangement with Rinehart &
Company.
[3] Para Grimson, en las ciudades eminentemente
comerciales sin población aborigen, “las
definiciones nacionales son
prevalecientes: los intereses y sentimientos suelen definirse en términos nacionales”. A lo que continúa
señalando: “… es sobre la existencia de la frontera que se
organiza un sistema social de intercambios entre grupos que se consideran distintos”
(Grimson 2000:28). En cambio, en las localidades fronterizas del mundo andino,
particularmente en el tripartito, la
identidad se (re)construye gracias a la
densidad cultural presente en las localidades que la comprenden. “Ello ocurre generalmente cuando esas
localidades son parte de regiones
naturales supranacionales, donde los
lazos familiares, históricos y culturales prevalecen por sobre los político-administrativos” (González
2006:26-27).
[4] En efecto, no desconocemos que “en muchas zonas fronterizas el discurso nativo de la
hermandad inmemorial es la base
articuladora de una identificación transfronteriza como zona periférica y marginalizada en
contra de las respectivas metrópolis nacionales. En términos locales, el
discurso transfronterizo opera en muchas
oportunidades como base de sustentación
de un reclamo político contra el centralismo”
(Grimson 2000:29).