Se cuenta que Aristipo,
que tenía fama de superficial, y a quien Diógenes llamaba “perro real” por la
forma cómo se arrastraba ante los poderosos para obtener sus favores, un día se
vistió con una indumentaria vieja y remendada para demostrar su sencillez, y
que Sócrates cuando lo vio, exclamó: “Tu vanidad se ve a través de los agujeros
de tu túnica”. Algo similar nos sucede con nuestros amigos
revolucionarios, quienes, a pesar de hacer gala de su humildad y compenetración
con el pueblo, no pueden ocultar su ironía cuando se dirigen a quienes
discrepamos de ellos.
No es sólo que un
gobernante no se digne a contestar una pregunta de un representante público,
como sucede y vemos continuamente en los diferentes países donde primeros
ministros y presidentes son interpelados continuamente por sus respectivos
parlamentos. Esto supone además que hay al menos dos visiones o concepciones de
la política actualmente en pugna en nuestro país. Una que ejercen quienes creen
en la interpelación y la rendición de cuentas; y otra que practican los que
están convencidos de que su posición y su comprensión de la realidad los exime
de darnos a todos nosotros una explicación. Ello no se debe
únicamente a que nuestros gobernantes actuales precedan casi todos del
estamento militar, ni siquiera a la cantidad de poder político y económico que
se dice han acumulado, sino que proviene también de las ideas que los
inspiran, de la revolución de corte centralista, intervencionista y
colectivista que dicen llevar a cabo, donde la planificación de la economía y
de nuestras vidas en general es su principal distintivo.
Esa especie de vanidad
parece emanar de la certeza que dicen tener estos líderes sobre los asuntos
humanos y la marcha de la sociedad. Es la misma arrogancia que caracteriza a
todos aquellos que han calificado de “científico” al llamado materialismo
histórico y que Hayek llegó a tildar como “fatal arrogancia”. Una jactancia
característica de las revoluciones de inspiración marxista que
parece fundamentarse en la convicción de que se ha aprendido
“científicamente” cómo y hacia dónde marcha la historia; en la suposición
de que se puede disponer de un sólo discurso para dar cuenta de toda la
realidad y afrontar todas las complejísimas situaciones que se nos presentan en
la vida ( por ejemplo, culpando al imperialismo, al capitalismo,. etc.) ; e
incluso en la seguridad de que el conocimiento de un sólo grupo de
individuos (por lo tanto, un conocimiento limitado) es más que suficiente para
planificar y guiar la vida de todos nosotros en todo momento.
Esta actitud no sería
tan perjudicial si a través de ella no se nos estuviera “obligando” a ser
libres, controlando todos nuestros actos (desde cómo y qué producir, hasta qué
debemos consumir, cuántos dólares gastar, por dónde transitar, qué programas
escuchar o ver, qué estudiar, etc.); y si con ella, los que nos están
prometiendo libertad política y económica, no nos estuvieran conduciendo
paradójicamente por una senda que parece conducir, como lo señaló también
Hayek, a la servidumbre. “La manera más eficaz –dice éste– de hacerle
aceptar al pueblo los ideales a los que se quiere que sirva, es hacerle creer
que son los mismos que siempre ha perseguido, pero que no se habían
comprendido debidamente….la técnica más eficiente para lograr ese propósito
consiste en emplear las mismas palabras de antaño, pero dándoles un significado
distinto”.
En fin, todo esto parece
imposibilitar la comunicación que deberíamos tener con estos compatriotas que,
desde su Olimpo, parecen observar cómo nos equivocamos una y otra vez los
simples mortales. Otra cosa es determinar si este tipo de arrogancia en
política no conduce siempre a abrazar métodos violentos, como supuso
Popper. Pero ese es otro asunto.