Las reflexiones que a continuación se exponen son un intento por comprender la historia de las mujeres como un saber desestructurante para las Ciencias Sociales. Las posibilidades que existen de contribuir a un conocimiento más inclusivo obligan a cuestionarse discursos consensuados desde la Ciencia Histórica que han dejado al sujeto mujer como un objeto de estudio apartado de los procesos sociales. Desde esta afirmación, preguntarse el lugar de las mujeres en la masacre de 1907 permite escribir de otra forma la historia y mirar con otros ojos los documentos que investigamos. En la necesidad por construir discursos sociales más justos para las memorias colectivas, es que la emergencia de este texto surge como una posibilidad crítica y responsable de facilitar mayores interrogantes que certezas, para que la matanza de la Escuela de Santa María de Iquique no quede como un hecho en sí mismo, incuestionable e inamovible, sino que como un contexto en relación con otros contextos y sujetos dinámicos y versátiles, es decir, que la matanza sea un suceso capaz de leerse en otro tiempo y en otro espacio, originando nuevas respuestas a ese presente y futuro.
Introducción
La historia: Una disciplina en disputa
“Se trata ahora de detectar la incidencia de las interrupciones. Interrupciones cuyo estatuto y naturaleza son muy diversos. (…) La obra de un sabio no tiene la misma incidencia, ni puede ser descrita de la misma manera, en uno y otros niveles; no es la misma historia la que se hallará contada, acá y allá. Redistribuciones recurrentes que hacen aparecer varios pasados, varias formas de encadenamiento, varias jerarquías de importancia, varias redes de determinaciones, varias teleologías, para una sola y misma ciencia”. Michel Foucault.
Iniciar un cuestionamiento acerca de lo que se ha instalado teóricamente como verdad resulta desafiante si deseamos idear y construir una nueva forma de pensar. La necesidad por conocer el pasado de las sociedades permite rescatar las memorias sumergidas en los inconscientes sociales que manifiestan ideas, prácticas y discursos materializados en el presente. En este sentido, la necesidad por visualizar de una forma más justa a todos los sujetos obliga imperiosamente a detenerse en la forma como se ha construido el conocimiento histórico.
La historia, como parte de las disciplinas de las ciencias humanas, acerca el pasado al presente de forma discursiva, configurando imaginarios que simbólicamente van identificando a los individuos y las individuas con su realidad. La historia positivista del siglo XIX construyó verdades históricas de procesos políticos absolutos, inamovibles e incuestionables, narrados mediante la utilización de documentos oficiales, intentando erigir un pensamiento lineal y progresivo que diera estabilidad política a los grupos de poder que gobernaban las estructuras de ese momento. Las sociedades excluyentes que se imaginaron a partir de ese racionamiento impidieron que otros sujetos sociales fuesen historizados –mujeres, infantes, pobres e indígenas– restringiendo las representaciones históricas acerca del pasado de las sociedades humanas, omitiendo de esta manera parte importante del devenir histórico.
El cambio de paradigma científico, de una ciencia absoluta a una relativa, reconfigura la forma de estructurar las nociones que comprenden la realidad, creando cuestionamientos críticos acerca de las verdades que se habían construido hasta entonces. El conocimiento certero y tradicional que imperaba en la disciplina manifestó limitantes para responder a las necesidades por conocer pasados más complejos y discontinuos, que desterritorializarán las ideas totalizantes que se habían generado hasta el momento.
La creación de nuevos planteamientos teóricos permitió generar nuevas interrogantes, cuestionamientos e inquietudes dando relevancia a sujetos que hasta entonces habían estado marginados de los procesos históricos. Este intento por estructurar las memorias de una forma más compleja permite a la disciplina histórica ocuparse del sujeto invisibilizado, sujeto ausente en la historia oficial decimonó- nica, la cual omitió actores relevantes para una comprensión integral y compleja del pasado. Hacia el siglo XX, la historiografía francesa daba cuenta de las necesidades por integrar nuevos métodos y temáticas al estudio de la historia que permitieran dar cuenta de la crisis estructural que estaban llevando las sociedades occidentales. En este contexto, la escuela de los annales irrumpe como una posibilidad para la emergencia de temas sociales y económicos que dieran respuestas más cercanas a la realidad de la época. En este sentido, el objeto de estudio histórico cambia del político al social, reconfigurando inevitablemente las metodologías de la disciplina para tener un acercamiento más subjetivo de los discursos que se instalaban en la sociedad. De aquí en adelante, el objeto de estudio ya no se buscará más en la fuente oficial, sino que en lugares cotidianos, de manifestaciones subjetivas que den cuenta de las incertidumbres que gobiernan los cuerpos sociales.
En la actualidad, la crítica a las epistemologías de los sesenta permitió repensar nuevamente la disciplina, generando diálogos multidisciplinarios que desmontaran la rigidez marxista o estructuralista de la historia, provocando una crisis gnoseológica en la historia. La emergencia de lo cotidiano, de las subjetividades, de las discontinuidades, del deseo, de la literatura, de la filosofía, de la sociología y de las incertidumbres, de convivir en el caos mediático de la modernidad, permitieron una escritura histórica más descontextualizada, menos lineal y con más interrogantes que respuestas. No obstante, la historiografía chilena, y en especial la nueva historia social1, que es la que hoy por hoy gobierna el discurso histórico oficial en nuestro país, deja entrever muchas resistencias en este sentido.
El sujeto popular del cual la historia social se hace cargo configura representaciones sociales rígidas de procesos históricos lineales, situando a este objeto de estudio como el nuevo icono historiográfico del siglo XX, donde los marginados y las marginadas, las mujeres, los obreros, los niños y los indígenas recobran protagonismo en los grandes relatos de la historia nacional.
La escasa complejización del pasado que se instala en este discurso historiográfico naturaliza al sujeto como un actor lineal dentro de las estructuras, incapaz de tener cuestionamientos e incertidumbres acerca de su realidad, sino que, por el contrario, es un sujeto estructural y racional que supone la marginalidad como medida de resistencia política. Por tanto, se construye una noción ahistórica y esencialista de lo popular, un concepto elástico y abarcador de un todo abstracto trascendental e incuestionable de las experiencias denominadas académicamente como populares, que siendo manifestaciones sociales dinámicas, complejas, variables y discontinuas pueden tener tiempos y espacios diferentes a lo que se ha instalado discursivamente como verdad 2 .
El sujeto femenino: Una construcción discursiva
La historia de las mujeres irrumpe en la disciplina histórica como un intento por complejizar el pasado de las sociedades. La historia de las mujeres adquiere en un primer momento un carácter compensatorio, permitiendo insertar las historias de mujeres célebres en los grandes relatos históricos, reparando de esta manera la opacidad histórica del sujeto femenino en la disciplina3. Junto con esto, en los años sesenta se inicia desde los movimientos feministas una crítica epistemológica de lo que hasta entonces se había concebido como ciencia, creando marcos teóricos que incluyeran al sujeto femenino como un objeto de estudio posible dentro de las ciencias sociales.
En este contexto, el análisis histórico con perspectiva de género emerge con la historia de las mujeres y con el estudio de la vida privada, poniendo en conflicto los espacios diferidos que han construido los discursos históricos y la invisibilización del sujeto mujer en la historia. Esta producción científica dio inicio a reflexiones epistemológicas en relación con las construcciones del pasado, evidenciando que los discursos hegemónicos de la historia eran masculinistas no sólo por la exclusión de la mujer en sus relatos, sino por la inexistente representación de las relaciones de poder entre los sujetos.
Este esbozo muestra a la historia de las mujeres como un saber desestructurante desde lo que se ha establecido como teoría, proponiendo desmontar lo que se ha impuesto como verdad inamovible, derribando el ser racional, dejando al cuerpo y al deseo posibles generadores de teorías que problematicen la realidad, para criticar y reformular los contratos sociales. De esta manera, las formas de analizar el pasado toman diversas miradas, utilizando nuevas fuentes que den cabida a los registros femeninos4 como documentos legítimos para el análisis histórico, se inicia a su vez la revisión de las fuentes tradicionales desde un enfoque crítico para encontrar ahí al sujeto femenino. Esta producción historiográfica desmonta el saber oficial, invierte los paradigmas, los conceptos y las certezas históricas, desestructurando el presente.
En este contexto, emerge la historia de género, que se ocupa principalmente de las relaciones de poder entre los sexos y de la construcción de lo femenino y lo masculino a lo largo de la historia. La posibilidad que se gesta a partir de esta mirada es la crítica y la sospecha desde donde se mira el pasado, creando discursos complejos, inclusivos y particulares que desconfiguren las estructuras rígidas que se han cimentado en la historia. Analizar el pasado de las sociedades desde un saber problemático permite visualizar lugares antes impensados para descubrir las memorias colectivas; la esfera privada en este sentido se torna un locus político fundamental para estudiar las relaciones de poder que se establecen entre los sujetos, revelando los lugares que ocupan hombres y mujeres en la conformación de la esfera privada, conociendo las interacciones de lo íntimo, identificando los imaginarios y la simbólica que producen los sujetos. En efecto, reflexionar acerca de las representaciones sociales que tienen estas prácticas se visualizan las significaciones que tienen éstas en la esfera pública y privada, las cuales son primordiales para el estudio del pasado.
La construcción histórica del sujeto mujer se vuelve así un campo de disputa política, porque son otros los vestigios que hablan de ellas5 ; sólo en las primeras décadas del siglo XX latinoamericano6 el registro de material femenino se torna una fuente real para el estudio de la historia. La historia de género en la actualidad sigue marginada de los estudios históricos oficiales, si bien es cierto las mujeres como objeto de estudio han sido incluidas en este discurso construyendo un conocimiento más inclusivo en las representaciones sociales del pasado; el género como categoría de análisis aún es resistida por los discursos históricos actuales, no sólo por la crisis epistemológica que genera en el pensamiento, sino porque evidencia la existencia de las relaciones de poder entre los sujetos. Por lo tanto, integrar un conocimiento que desterritorialice el pensamiento hegemónico obliga imperiosamente a desestructurar los cimientos del poder.
La historia social:
Una reflexión crítica del sujeto mujer
En la actualidad, la visibilización de las mujeres en la disciplina histórica es innegable. Existe una vasta historiografía que permite conocer cada vez más el pasado de las sociedades y, específicamente, la historia de las mujeres. La situación que se plantea hoy por hoy es cómo se inscribe el sujeto femenino en los discursos históricos y qué representaciones sociales existen de éste. El discurso historiográfico que más visibiliza al sujeto mujer es sin duda la historia social, corriente historiográfica que sitúa a las mujeres en la categorización del bajo pueblo7. La mujer del bajo pueblo es el objeto de estudio por excelencia de esta línea historiográfica, que inscribe a las mujeres como sujetos complementarios de los procesos históricos, construyendo una dialéctica de clase escasamente reflexiva, invisibilizando las relaciones de poder que se generan en los procesos.
Si bien es cierto puede ser una perspectiva legítima en la construcción de discursos, esto limita la posibilidad de problematizar la realidad de forma compleja, porque niega las relaciones de poder que se establecen en los procesos sociales, creando oposiciones innecesarias en las representaciones sociales de la historia. Asimismo, se asume a las mujeres como complementos anexos a los relatos históricos, ya que se las instala como objetos de estudio anexos a la investigación en sí y no se las inserta como participantes activas del proceso en sí mismo, conservando en este sentido una historia de esferas separadas.
Por lo tanto, la incorporación
debiese ser ahora en igualdad de
condiciones, es decir, acercarse al
estudio de las mujeres como sujetos
trascendentales en los procesos históricos, sujetos capaces de generar dinámicas
propias y colectivas que influyan en el
desarrollo histórico de la realidad,
intentar escribir un discurso más inclusivo, más reflexivo, más responsable y más complejo, que visualice
la especificidad y heterogeneidad de
discursos existentes en el pasado.
[1] Una crítica contributiva a la nueva historia social, ver Burke (1996).
[2] Para conocer acerca del concepto popular y del discurso historiográfico que se construye a partir de esa noción ver Salazar (1990) y Salazar y Pinto (2004).
[3] Para mayor información ver Lavrín (1985).
[4] Los diarios de viajeras son vestigios privados valiosos para registrar la historia de las mujeres. Un trabajo interesante que utiliza esta fuente para relatar el viaje de una aristócrata chilena a principios del siglo XX a Europa es el de Sanhueza (2006).
[5] Para un acercamiento a la historia de las mujeres en occidente, realizada con fuentes tradicionales y vestigios privados femeninos ver Duby y Perrot (2000). Este texto incluye en la introducción del tomo I una reflexión interesante acerca de la historiografía de las mujeres, referida no sólo a la escasez de fuentes para la construcción de una historia del sujeto femenino, sino que también las dificultades y problemas para representar socialmente a las mujeres.
[6] Lavrín, ob. cit. 1985.
[7] Para un conocimiento mayor acerca del concepto de la mujer del bajo pueblo ver Salazar (1992), Brito (1995).