Si no sería por el elevado coste que está teniendo el proceso circense de los trajes de Camps, el asunto sería de carcajada. Y es que la risa enlatada que provoca esta triste parodia política, no tiene parangón ni en España ni el Mundo. El guión triste de esta lamentable historia tuvo su origen en las diferencias políticas y ansias de poder de una ineficaz fuerza opositora en la comunidad valenciana. La pared presidencial del Gobierno de la citada comunidad estaba lisa y diáfana, por lo que resultaba complicado complicar la buena marcha. Pero he aquí que cuando los desesperados aspirantes vieron el pequeño resquicio de un clavo que alguien colocó en la pared, se asieron como garrapatas y comenzó la cacería.
En síntesis la historia es esa. El clavo asidero son unos trajes que, según los escandalizados acusadores, le fueron regalados al señor Camps. El sostiene que los pagó, pero carece de justificantes como también carece de ellos la acusación que mantiene lo contrario. Yo no sé si el señor Camps pagó o no los trajes, y si le fueron regalados. En el segundo de los casos es reprobatorio que políticos y gobernantes acepten regalos o dádivas. Desgraciadamente esta ‘generosa tradición’ está generalizada a todos los niveles. Se produce por miles. Si efectivamente Camps aceptó los trajes, pues eso, que se le imponga la sanción correspondiente y termine el circo.Lo más preocupante, esperpéntico y despilfarrador de este caso es toda la parafernalia que le rodea. El espectáculo es bochornoso. Da la sensación que los tribunales de justicia no tienen asuntos de mayor enjundia que juzgar y dedican tiempo y personal a si se pagaron o no unos trajes. Además de los casi tres años de ruido mediático, investigaciones, acusaciones y enredos varios, el sumario de los trajes ha generado nada más y nada menos que 19.000 folios escritos en 59 tomos. Lo cual quiere decir que a esta pantomima se le está prestando casi la misma atención mediática y judicial que al 11-M, al chivatazo del ‘Faisán’, y más espacio y más ruido que a asuntos relacionados con el narcotráfico, espolios, robos, siniestros, asesinatos y restos delictivos.
Llevamos casi tres semanas de portadas y apertura de telediarios con el juicio de los trajes. Es un asunto que revolotea con interés por todas las tertulias. Incluso algunos ‘apolíticos’ analistas se felicitan por el rigor con que está actuando la justicia, y califican de ‘increíble’ y de gran ‘canallada’ que un político se preste a recibir unos trajes. “Es inaudito” aseveran.
El final del sainete ha tenido como protagonista a un señor intermitente, que unas veces dice una cosa y otras la contraria. Su testimonio era el encargado de deshilvanar los elaborados trajes. Pero mire usted por dónde. Resulta que el títere de la tijera y de las medidas confiesa que no es ‘sastre’. Que de ese oficio anda corto. Dice también que está sacando tajada de sus intervenciones televisivas. O sea, que gana pasta y amasa fama. Pero sigue negando lo que afirmaba y al revés. Sainete puro.
Lo más grave del show, con jurado popular y televisado en directo, es que nos está costando a todos los españoles más de 400.000 euros desde que se inició la operación acoso y derribo.
Es patético que, con la actual situación que en estos momentos nos atenaza, se gaste tiempo y dinero en averiguar el pago de unos trajes.