A Milei quizá le sobra impronta para querer interpretar la Teoría del Loco, aunque su realidad de poder, su respaldo económico y la obediencia que debe a liderazgos internacionales y grupos económicos, solo le permiten poner en práctica lo que podríamos llamar la Teoría del Loquito.
No hace falta extenderse demasiado: la Teoría del Loco —desde Maquiavelo pasando por Nixon o Trump— se basa en la capacidad de mostrarse irracional, incluso fingiendo ser capaz de cualquier cosa, para condicionar negociaciones y fortalecer la posición en política exterior.
Milei, combinando resultados políticos con un discurso cargado de odio y enemigos internos, y aplicando un ajuste económico cruel, brutal y siempre sobre los mismos sectores, intentó replicar esa lógica en la escena internacional: se alineó firmemente con Estados Unidos, Reino Unido e Israel, mientras se peleaba y agredía a casi todos los demás, especialmente a quienes respondían a ideologías distintas.
En política interior, esa misma estrategia se apoyó casi exclusivamente en la agresión, el rencor y la división social. Lo más llamativo —y en esto probablemente haya más responsabilidad de su estrategia Santiago Caputo— es que llegó a usar frases textuales de ficción: específicamente, el diálogo de Batman contra el Guasón: «Esto es lo que pasa cuando una fuerza imparable choca contra un objeto inamovible».
Tanto Milei como Caputo quisieron presentar esa frase como una metáfora de su lucha contra el déficit fiscal. Pero recurrir a palabras de un personaje de ficción para explicar una política de Estado tan sensible, aunque pueda haber entusiasmado a algunos, fue cuanto menos poco serio.
Para reducir el déficit, el gobierno solo ajustó sobre las áreas más sensibles del Estado y sobre los sectores populares y medios. Nunca intentó activar la economía ni el consumo para aumentar la recaudación, ni siquiera recortar el 4,9 % del PIB que, según datos oficiales al 2024, se destina a beneficios impositivos y subsidios para grandes empresas. Por el contrario: con las desregulaciones impulsadas por Sturzenegger, la Ley Bases y el Régimen de Incentivo a Grandes Inversiones, profundizó ese favoritismo —generando más gasto público o resignando recaudación— mientras anunciaba para la ciudadanía «el ajuste más grande de la historia».
Esa contradicción solo se entiende si se reemplaza la verdadera Teoría del Loco por esta versión domesticada: la del escándalo, el agravio y la polarización como pantalla. Sin esa cortina de humo, es difícil explicar por qué parte de la sociedad terminó naturalizando la crueldad, las agresiones permanentes y las afirmaciones falaces, sin mencionar la represión a jubilados, personas con discapacidad o trabajadores que reclaman por sus derechos.
En su última cadena nacional —cuya puesta en escena remitía a imágenes de otros tiempos de incertidumbre— cada palabra fue leída, medida y ensayada. No fue una ocurrencia impulsiva: al contrario, afirmar que la inflación acumulada desde la creación del BCRA en 1935 hasta hoy sería de 12 819 532 788 614 400 000 % es una manipulación técnica. Ningún economista serio puede sumar índices de monedas distintas —hubo cuatro reconversiones monetarias en este lapso— sin cometer un error metodológico grosero. Peor aún: la pérdida de valor de esas monedas se produjo mayormente bajo gobiernos de facto, con endeudamiento externo y modelos económicos muy similares al actual: ajuste sobre los sectores más vulnerables y beneficios para los grupos concentrados.
Ese discurso preparado tuvo dos objetivos: desviar la atención de los problemas graves de su gestión y abrir paso a las reformas que debe aprobar por presiones externas y de poder: la derogación de la Ley de Tierras para facilitar la compra por parte de extranjeros; la Ley de Propiedad Privada, que contempla desalojos más ágiles; y la nueva Carta Orgánica del BCRA. Y esa necesidad de apurar las normas muestra lo más relevante: quienes realmente manejan los tiempos del gobierno temen que el descontento social haga cada vez más difícil sostener este rumbo.
Hay una diferencia clave entre la reacción espontánea y la actuación calculada. Las ofensas contra Lula o la Justicia brasileña —que aunque ningunearon al presidente argentino pusieron en riesgo acuerdos comerciales vitales— y esa cifra absurda de inflación en cadena nacional tuvieron algo en común: fueron leídas de un guion. No son desaciertos: son estrategia.
Puede que esa estrategia funcione para un núcleo reducido de seguidores, pero los datos independientes lo desmienten día a día:
✅ El Índice de Confianza en el Gobierno del Instituto Di Tella registró una caída mensual del 6 % y una acumulada del 21 % desde el inicio del mandato;
✅ Mediciones agregadas de imagen muestran una valoración negativa superior al 58 % en promedio;
✅ En encuestas publicadas por el diario Clarín —ajeno al peronismo ni a la oposición tradicional— más del 60 % de los consultados evalúa la situación económica como mala o muy mala, y el 67 % considera que empeorará en el próximo año.
El dato más contundente, sin embargo, es que esa desaprobación supera el 70 % entre los jóvenes de 15 a 29 años.
Al final, ninguna puesta en escena, ninguna frase sacada de una película ni ninguna cifra imposible puede ocultar lo que la realidad se encarga de mostrar: la locura puede ser un personaje, pero no puede ser una política de Estado.