Fue más que un partido, más que una bandera prohibida y trasciende al Mundial de fútbol
Comunicación | 19/07/2026

Fue más que un partido, más que una bandera prohibida y trasciende al Mundial de fútbol.

El sueño de ver a Messi convertir su gol a los ingleses en su último Mundial no se cumplió. Pero él y el equipo nos cumplieron un deseo mucho mayor.

 

No fue solo Scaloni, que se jugó todo con los cambios al detectar la actitud defensiva de Inglaterra para dar vuelta el resultado adverso. No fue solo Messi, que siempre supo qué debía hacer —con asistencias perfectas— aunque esta vez no pudiera ser el autor del gol. Tampoco fue solo el resto del equipo, que nunca se dio por vencido y entendió tanto la táctica del técnico como la estrategia que él mismo propuso. Y mucho menos ningún argentino: quien alentó y puso toda su fe y su energía —mirando por momentos al cielo, a Diego, a Dios o a quien cada uno creyera— nadie del lado celeste y blanco del mundo se sintió perdedor.

 

Siempre estuvo presente el sentimiento, el deseo y la certeza de que, en su último Mundial, Messi y su equipo le ganarían a Inglaterra.

 

Y después de tanta fe, tanta energía enfocada en el mismo objetivo y tanta entrega de la Selección, se ganó.

 

Para Argentina y los argentinos que sienten la patria, sus héroes y su historia, decir “ingleses” o “Inglaterra” no se reduce a un gentilicio o un país: es parte de nuestra historia, de nuestras luchas, de nuestros triunfos y nuestras derrotas.

 

Las Malvinas marcaron el final de su intento imperialista continental: fueron el último reducto sudamericano, argentino porque forman parte de nuestra plataforma continental, y el último hecho de dominio colonialista. Pero mucho antes, en la historia, hubo otros capítulos: las dos Invasiones Inglesas a Buenos Aires y la batalla de la Vuelta de Obligado, todas impulsadas por la ambición de dominación territorial y económica.

 

El valor de nuestras fuerzas armadas, de nuestros héroes, de nuestros libertadores y hasta de ciudadanos comunes hizo posible que eligiéramos no ser sometidos por Inglaterra.

 

Al fracasar sus intentos por la fuerza, impusieron su dominio por la vía económica: mediante endeudamiento, tratados espurios con gobiernos de turno y control del comercio.

 

Una frase de Arturo Jauretche sintetiza toda esa historia de entrega territorial y económica: lo más peligroso no fue el imperialismo inglés, sino los entregadores nacionales.

 

La historia compartida entre Malvinas, Argentina e Inglaterra no empieza con la guerra de 1982, ni con “la mano de Dios”, ni con el gol de Diego a los ingleses y el título del 86 —que para muchos cobró el sentido de una revancha, aunque fuera solo en lo emocional, frente al dolor de la guerra. Esta historia tiene más de 200 años de intentos de sometimiento por la fuerza y fracasos británicos, hasta que en 1982 lograron imponerse por las armas, cometiendo incluso crímenes de guerra como el hundimiento del crucero General Belgrano fuera de la zona de combate establecida.

 

Por eso, la bandera que levantaron los jugadores de la Selección —y que apareció en portadas de todo el mundo como imagen del triunfo argentino— primero expuso la realidad de un enclave colonial aún vigente en el siglo XXI; luego demostró que el imperialismo británico nunca se detuvo; y finalmente fue la voz de los pueblos oprimidos y explotados, que de ninguna otra manera habría tenido tanta resonancia.

 

Hace más de dos siglos, cuando estallaron las grandes revoluciones que transformaron el mundo, la comunicación era oral o a través de panfletos. Hoy, con la mayor conectividad de la historia, cuando cualquiera puede tener el mundo en la palma de la mano con un solo dispositivo, la forma más eficaz de desinformar y evitar que la gente se organice no es ocultar la información, sino saturarla con millones de datos irrelevantes.

 

El dolor por la derrota deportiva fue tan fuerte en el lado británico que el primer ministro, en su cuenta de la red social X y al margen de toda norma diplomática, llegó a decir algo parecido a que “ya no tenían el Mundial, pero seguían teniendo las Malvinas”.

 

Con esas palabras rompió toda regla de respeto institucional y contradijo incluso el discurso que su país sostiene ante las Naciones Unidas: que “respeta la autodeterminación de los pueblos y que los isleños eligen su destino y nacionalidad”. No tuvo frenos para contradecir lo que defiende desde hace décadas, mientras sigue usurpando un territorio argentino y sudamericano ubicado a más de 13.000 kilómetros de las islas británicas.

 

Messi y sus compañeros, que hoy son el centro de la atención mundial por haber vencido a Inglaterra y estar en una nueva final, con el solo gesto de levantar esa bandera con alegría y orgullo, lograron más que años de gestiones diplomáticas y comunicados oficiales.

 

Es un mensaje que habla de los pueblos oprimidos, saqueados y explotados por el imperialismo, contando además con la complicidad de quienes gobiernan en su propio territorio.

 

El actual gobierno que enarbola la bandera de la libertad, pero que la reserva casi exclusivamente para los sectores más poderosos y adinerados; el gobierno cuyo presidente es admirador de Estados Unidos, de Trump, de Reagan, de Thatcher y de Churchill, y uno de los pocos líderes mundiales que no condena la política de Israel con Netanyahu —este gobierno pasará. Y como todo modelo de derecha que endeuda al país y empobrece a su gente, lo hará mucho más rápido de lo que muchos creen.

 

Cuando los más afectados por el endeudamiento y la pobreza vuelvan a elegir un modelo popular, nacional y distributivo, quizá entonces este mensaje de la bandera cobre toda su verdadera dimensión.



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