La Historia Interminable y La Rueda de la Fortuna: las cartas de Milei
Economía | 15/06/2026

La Historia Interminable y La Rueda de la Fortuna: las cartas de Milei


En mayo bajó el riesgo país y luego volvió a subir algunos puntos, aunque continúa por debajo de los 500. El último dato de abril mostró un aumento del índice mayorista, mientras que la inflación descendió un punto. El dato correspondiente a mayo se conocerá en los próximos días.


La actividad económica, pese a que el Gobierno sostiene que se recuperó, sigue concentrada en los mismos sectores: extractivos, primarios y energéticos. Del lado de los sectores más castigados, la construcción frenó su caída y, aunque todavía no puede hablarse de un rebote, logró avanzar algunos puntos. Sin embargo, continúa por debajo de los niveles interanuales.


Después de la revisión del FMI —que en su informe menciona no menos de quince veces que el BCRA debe comprar reservas e incluso sobrecumplir la meta establecida—, los 10.000 millones de dólares comprometidos ya no parecen tan lejanos. La última meta, de hecho, no fue cumplida.


Pero mientras tanto, la dolarización de las personas continúa y resulta tan asombrosa que supera, en volumen, todo lo producido por Vaca Muerta y más.


Más sorprendente aún es que los algo más de 3.500 millones de dólares comprados por personas humanas fueron adquiridos por apenas 1,5 millones de individuos. A esto se suman los pagos y consumos en el exterior, además del turismo.


Los depósitos privados en dólares —que el BCRA contabiliza como reservas, aunque no están disponibles porque pertenecen a particulares— también alcanzan niveles récord. Lo llamativo es que esos dólares no provienen de exportaciones ni fueron generados por nueva actividad económica: simplemente se transformaron pesos en dólares dentro del mercado de cambios y luego se depositaron en el sistema financiero. No son dólares nuevos.


Sin duda, es la historia interminable de la Argentina. Una dinámica de la que solo se pudo salir temporalmente entre 2002, tras la salida de la convertibilidad, y 2011, con algunos retrocesos posteriores que volvieron a erosionar la confianza y la demanda de dinero en pesos. Luego, una decisión equivocada —la imposición de restricciones para comprar dólares, el llamado cepo— terminó reavivando la dolarización como práctica recurrente.


A veces ocurre de manera tenue. Otras, de forma avasallante, como suele suceder en los años electorales.


Pero este no es un año electoral.


Entonces, ¿por qué la dolarización no se detiene?


La respuesta más sencilla —aunque el fenómeno es bastante más complejo— sería que el dólar está barato.


El Gobierno, y particularmente Luis Caputo, asegura que si el BCRA no comprara reservas de manera continua —reservas que, por otra parte, no terminan acumulándose al mismo ritmo, lo que constituye otro misterio— el dólar podría caer hasta los 1.100 pesos. Es decir, a un nivel que consideran inviable para los precios de la economía argentina.


Entonces surge otra pregunta: ¿por qué tenemos precios tan altos con un dólar tan barato, sostenido por el Gobierno, y con una tasa real tan baja respecto de la inflación?


En la mayoría de los países, cuando sube la inflación también sube la tasa de interés de la moneda local. El dinero se orienta más al rendimiento financiero que al consumo, la actividad se enfría y la inflación disminuye o desacelera.


En Argentina parece no funcionar de esa manera.


No funcionó con una caída continua de la inflación y tasas altas. Tampoco parece hacerlo ahora con tasas más bajas, que alivian parte de la presión financiera sobre empresas y sectores productivos.


Indudablemente, la causa última sigue siendo la confianza.


Entonces, ¿cómo se recupera?


Si comparamos con la etapa 2002-2011, o incluso si aceptamos que hoy el escenario productivo, exportador, importador y financiero es completamente distinto, la pregunta sigue siendo la misma: ¿cómo se construye la confianza necesaria para que el bimonetarismo y la dolarización recurrente no vuelvan a desequilibrar cada dos años las variables económicas y frenen el crecimiento?


El equilibrio fiscal forma parte de la solución. Pero no puede alcanzarse a costa de que el Estado nacional se desentienda de sus obligaciones.


Los ingresos del empleo público no pueden ubicarse en niveles de pobreza. Mucho menos en sectores estratégicos como salud, educación, seguridad, ciencia y tecnología.


Ni en cuatro ni en treinta y cinco años —como plantea el horizonte temporal del presidente Milei— la Argentina podrá convertirse en una potencia si reduce su actividad económica a la explotación de recursos extractivos no renovables y a la producción primaria.


Sobran ejemplos, tanto en África como en América del Sur, de países altamente exportadores de estos sectores cuyos habitantes siguen siendo mayoritariamente pobres.


Una potencia es mucho más que eso.


No existe ningún país que pueda considerarse una potencia si convive con pobreza estructural y carece de desarrollo científico y tecnológico.


Una potencia, para Milei, parece significar algo distinto de lo que el mundo entiende por potencia.


Este modelo no incluye a la mayoría de la población. Al menos no a los sectores medios y bajos, que no solo quedan librados a su suerte, sino que además cargan con el peso principal del ajuste.


Por eso, cuando esta semana se reprodujo en portadas y titulares la noticia de que "baja el riesgo país y Milei apuesta a tomar 25.000 millones de dólares para la reelección", más allá de las diferencias de redacción entre medios, la esencia del mensaje era exactamente esa.


No sería una deuda destinada a crecer, reactivar la economía interna, construir viviendas —aunque una parte podría orientarse a obras públicas para fortalecer acuerdos con gobernadores— ni mucho menos a mejorar los ingresos o la calidad de vida de la población.


La deuda serviría para sostener el modelo.


Para sostener un tipo de cambio bajo que evite una aceleración inflacionaria y preserve ese argumento como herramienta de campaña.


Para mantener pesos cautivos en instrumentos que no compensan la inflación. Y aunque eso podría parecer un problema para los ahorristas locales, no necesariamente lo es para los inversores internacionales: en cualquier momento pueden dolarizar sus posiciones y, aun así, habrán obtenido rendimientos varias veces superiores a los disponibles en Estados Unidos.


Por eso Milei, aunque no reconozca que su modelo todavía no logró escapar de la carta que desde hace décadas le toca a la Argentina —La Historia Interminable—, apuesta a que la próxima tirada le entregue la otra carta: La Rueda de la Fortuna.


Una fortuna que implicaría más endeudamiento para el país, pero que, dentro de un esquema basado en dólar barato, solo parece garantizar el mismo resultado de siempre: que los dólares nunca alcancen, que terminen saliendo del sistema y que, sin importar cuántos millones adicionales puedan producirse, la escasez vuelva una y otra vez.


Porque cuando la confianza no aparece, la historia se repite. Y la rueda sigue girando sobre el mismo lugar y aunque para el gobierno le pueda dar suerte, la sociedad sigue del lado del derrumbe en la actividad y cargando más ajuste.


Edición: Yediht Cazarín, escritora.

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