Una arequipeña camino a los altares. Sor Ana de los Angeles (1602-1686)
Historia | 06/12/2011

*Alejandro Málaga núñez-Zeballos

 

El siglo XVII es la centuria en la que en el virreinato peruano vivieron algunos hombres y mujeres que abrazaron los hábitos  religiosos enclaustrándose a perpetuidad a servir al Señor en el interior de los conventos y monasterios. El caso femenino más  estudiado es Isabel Flores de Oliva, conocida como Santa Rosa de Lima; a ella se le han dedicado más de una docena de estudios  que retratan al personaje. En la ciudad de Arequipa, casi en forma paralela, vivió Ana Monteagudo y Ponce de León, monja de  velo negro del monasterio de Santa Catalina de Siena, que obtuvo un reconocido prestigio en el sur andino al tener visiones que  fueron verificadas por autoridades religiosas y pronosticar sucesos que ocurrieron tiempo después. En la actualidad no existen  estudios modernos sobre la vida de esta significativa mujer, que fue beatificada por el Papa Juan Pablo II, el 2 de febrero de 1985.  El presente artículo tiene como objetivo develar un perfil de la vida de esta monja dominica, a través de sus primeros años, como  religiosa en los diferentes cargos que desempeñó, sus reiteradas visiones en éxtasis divino e incidentes prodigiosos por los cuales  la población mistiana reconoció en ella las características de una religiosa que vivió sirviendo a la Providencia y cuya fama de  santidad, a lo largo de tres siglos, se sigue incrementando por los fieles devotos.

 

Primeros Años

A fines de noviembre de 1599, el anciano  jesuita Alonso Ruiz pronunció en la plaza mayor  un sermón anunciando un enorme castigo divino,  a españoles por vivir amancebados e indios por  continuar realizando sacrificios y ofrendas al dios  Pichinique (Torres, 1974:88-96). El 18 de diciembre  falleció el religioso y dos meses después, el 19 de  febrero, explotó y erupcionó el volcán Huaynaputina  o Putina el Mozo, a veintidós leguas de la ciudad de  Arequipa y nombrado así por un pueblo ubicado en  sus faldas (Cobo, 1964:169). La lluvia de cenizas  cubrió un área de doce leguas a la redonda y duró  cerca de dos semanas en las cuales la población se  condujo por las calles con antorchas, se realizaron  procesiones, decenas de misas en todas las iglesias,  y para implorar perdón al Todopoderoso se trajo a la  ciudad a la virgen Candelaria de la doctrina de San  Miguel Arcángel de Cayma (Málaga, 2000:44).

A dos años del desastre, en 1602 (AMSC),  el día de la festividad de la madre de la virgen  María, un 26 de julio posiblemente, nació Ana de  Monteagudo y Ponce de León, la cuarta de ocho  hijos del matrimonio de Sebastián de Monteagudo,  natural de Villanueva de la Jara, Cuenca, España,  y doña Francisca de León, arequipeña, hija del  corregidor Juan Ruiz de León. La familia vivió  en un cómodo solar ubicado en la esquina de las  actuales calles Consuelo y Sucre.

Ana tenía dos años, cuando un miércoles 24 de  noviembre de 1604 (Barriga, 1951:184) al inicio de la tarde se produjo un terremoto que destruyó  la mayor parte de las edificaciones de la ciudad;  días más tarde se desató la peste llamada del vómito  negro cuyos síntomas eran mucha laxitud, sordera y  falta de apetito, pesadez en la cabeza, mucha fiebre,  desmayos continuos y vómitos de sangre coagulada  antes de morir. Los numerosos cadáveres fueron  sepultados en fosas comunes en las afueras de la  ciudad y una vez más la Candelaria de Cayma fue  llevada a la ciudad y a ella se le atribuye el milagro  de cesar la enfermedad.

El primer centro espiritual femenino de la Orden Dominica en el virreinato peruano fue establecido  en Arequipa en 1579 (Neira y otros, 1990:294) y  fue advocado a santa Catalina de Siena; a inicios  del siglo XVII contaba con un prestigio reconocido  por la aristocracia local y regional que enviaba a  sus hijas a esta institución para su educación o  recogimiento espiritual.

El padre de Ana fue un próspero comerciante  que poseía una tienda de pulpería, propiedades  frente al templo de la Compañía y en la doctrina de  Socabaya (ARAR); al tener los suficientes recursos  económicos ingresó a su hija como niña educanda  en dicha institución. Una década más tarde sus  padres decidieron su compromiso matrimonial y  Ana, enterada de la decisión, se encerró en su habitación y orando se le presentó su primera visión  en la que distinguió en medio de unas nubes a  santa Catalina de Siena que le mostraba un hábito dominicano (AMSC). A raíz de esa señal, ella un  28 de agosto por la noche se encomendó a santa  Catalina y se escapó de su casa con dirección al  monasterio.

Sus padres fueron a buscarla y le pidieron que  renuncie a tal decisión, pero ella mantuvo firme su  posición; su padre la llegó a golpear y tuvieron que  interceder las religiosas que sugirieron que se respete  la voluntad de la joven. Así, bordeando los dieciséis  años inició su noviciado, leyó con mucha atención  la hagiografía de san Nicolás de Tolentino, que se  convirtió en su devoción preferida y posteriormente  fue el santo el protagonista de la mayoría de sus  visiones. La religiosa en su segunda visión vio en  el cielo a la virgen María rodeada de san Nicolás de  Tolentino, los santos, profetas y apóstoles, además  de tres calabozos: dos estaban llenos de almas  que ardían por los pecados cometidos y el tercero  vacío, porque ya habían sido salvadas esas almas.  La monja había visto al Purgatorio e interpretó que  su misión era salvar el mayor número de almas, a  través de la oración y disciplinando agudamente  su joven cuerpo.

Demostró tener vocación religiosa ya que fácilmente se adaptó a las costumbres de las monjas,  realizó continuos ayunos, se azotó hasta desmayarse  –imitando a Jesús atado a la columna–, también  empleó cilicios y hasta llegó a fabricarse uno de  cordeles, con nudos de ásperas cerdas y cadenas  de hierro, que le ocasionaron muchas heridas, una  de ellas la acompañó toda su vida.

Profesión y vida religiosa

La joven Ana, convencida de su vocación por  la vida contemplativa, tuvo un gran inconveniente,  necesitaba el dinero para pagar su dote, dudó que  sus padres le costearan ese gasto, pero felizmente  su hermano Francisco pagó los 1000 pesos de plata  ensayada y marcada de 450 maravedíes cada peso.  Probablemente, él intercedió por ella ante sus padres  y colaboraron aportando el dinero para dotarla de  dos hábitos cada uno con su escapulario, una capa,  dos túnicas de cañamazo, dos jubones, dos togas,  dos pares de chapines, una cama de madera, un  pabellón, dos colchones, cuatro sábanas, dos almohadas, dos frazadas, una colcha, una alfombra  pequeña, un cojín, una mesa pequeña, una silla, una  caja, un cofre pequeño, una pila, una bacinica, un  candelabro, un banquillo y diez varas de ruán.

Admiró el carácter de la priora, por eso eligió  el mismo apelativo cuando profesó a los diecisiete  años. Posteriormente, se desempeñó como maestra  de novicias y luego como sacristana, gestionó que un  religioso donara una imagen de Nuestra Señora de  los Remedios. En algunas ocasiones intentó absorber  del cáliz residuos del vino, ya que entendía que al  ingerirlos quedaría extasiada. Siempre vistió un hábito  deteriorado, cuando le obsequiaban ropa o telas las  regalaba a sus hermanas; elaboró aguas aromáticas  para que los sacerdotes se laven las manos. En una  ocasión, adornó el templo con un lienzo de santo  Tomás de Villanueva, más tarde se enteraría que su  padre y el santo eran primos lejanos.

A finales de los años treinta, un religioso le  envió una calavera envuelta en un pañuelo, sor Ana  interpretó que el alma de esa persona necesitaba  de sus oraciones y por ello se quedó con el cráneo  en su celda hasta el fin de sus días. También se  produjeron unas intensas lluvias que afectaron a la  ciudad y por ende al monasterio; enterado de ello  el cuarto obispo de Arequipa, el ilustrísimo Pedro de Villagómez y Vivanco, se mudó a una celda de  la Compañía de Jesús y facilitó su vivienda para  refugio de las religiosas; sor Ana desobedeció y se  quedó con algunas monjas alegando que sus oraciones serían oídas por santa Catalina y san Nicolás  de Tolentino y no les ocurriría nada por estar bajo  su protección. Cesaron las lluvias y al volver las  religiosas comprobaron que no les había sucedido  nada; a partir de entonces Ana fue reconocida como  un modelo de conducta a seguir.

En 1647, en Capítulo fue elegida como priora  por un lapso de tres años. Su primera gestión afectó  los intereses de algunas religiosas y mujeres en  calidad de beatas, fue de celda en celda decomisando lujosos vestidos, telas, novelas, libros de  comedias, perfumes y algunos afeites y todo lo  quemó; las perjudicadas muy molestas encerraron  a la autoridad en su celda y fue de tal magnitud el  escándalo que el obispo Pedro de Ortega tuvo que ir  al monasterio y comprobó la situación. A pesar que  sor Ana intercedió por las problemáticas, el prelado  las sancionó recortándoles sus privilegios.

Un día en el refectorio, Ana comunicó que en una  de sus visiones había visto al monasterio ardiendo  en el Purgatorio por el relajamiento que existía, sin  embargo no conmovió en nada a algunas monjas que  intentaron envenenarla hasta en tres oportunidades,  y ella afirmaba que se salvó porque san Nicolás de  Tolentino la previno (AMSC). Dicho santo en otra de  sus visiones le dio una receta para elaborar una masa  de harina con agua –ella los llamaba panecillos de san  Nicolás de Tolentino– para aplicarla como remedio  a las dolencias; así curo a una niña educanda de un  tumor en la frente, al sacristán José de Sea que se  cayó del campanario, y a otros más.

Antes de dejar el cargo, se le presentó el espectro  de la muerte cuando vio un esqueleto mientras rezaba  en el templo; ella comunicó que al día siguiente  alguna de las religiosas moriría y así ocurrió. En  la iglesia algunas veces mientras oraba extasiada,  fue vista en su celda y en otros lugares, por lo que  le atribuyeron el don de la bilocación.

Predijo la muerte de sor Isabel Cuadra, sor  Juana de la Rocha, sor Catalina Boso y del jesuita  Juan de Ugarte. El día que llegó el obispo Juan de la  Calle en 1676, ella estaba orando y vio que pronto  fallecería la autoridad, hecho que ocurrió algunas  semanas después.

Sor Ana de los Angeles estuvo casi siempre  enferma por las múltiples heridas a causa de la  excesiva mortificación, a veces no podía levantarse,  por ello el capellán Marcos de Molina la asistía en su  celda. San Nicolás de Tolentino la transportó varias  veces al Purgatorio y junto a él sacaron muchas  almas; ella afirmaba haber visto en dicho lugar las  almas del conde Lemos, del rey Felipe IV, y hasta  del obispo Juan de Almoguera.

Ultimos días

En los años ochenta, su director espiritual fue  el obispo Antonio de León y su confesor fue fray  Francisco Vargas Machuca. Esos años los pasó muy  enferma y casi sin salir de su celda, ya que padeció  de retención de orina, una contracción de nervios  y un intenso dolor en los ojos que más tarde se  le infectarían y perdería la vista completamente;  sin embargo, podía reconocer por su nombre a las  religiosas que la visitaban. Postrada en cama padeciendo la infección de las heridas de los cilicios,  los capellanes que la visitaron hicieron referencia  a que no había mal olor en la celda, al contrario,  olía a flores.

Un 10 de enero de 1686, sor Ana de los Angeles  falleció reclinada orando con un rosario en las  manos. Fue muy llorada por toda la ciudadanía  que acudió al templo del monasterio a rezarle y  honrarla; el cadáver fue cubierto de flores y le fue  colocada una palma en la mano y una guirnalda en  la cabeza. Acudió un pintor que estaba enfermo y  realizó un retrato de la occisa, antes de irse le besó  las manos y se curó. Al ser enterrada, se cumplió  con su voluntad de ser sepultada en una mortaja y  con gran cantidad de cal y agua, la oración fúnebre  la pronunció el jesuita Alonso de Cerezeda.

Poco después circularon las versiones que pedazos de sus prendas al ser puestos en el lugar de  las dolencias curaban, testimonio de ello lo dieron  Francisco Núñez, prebendado de la Catedral de  la ciudad, José Gabriel de Venegas, vecino de La  Paz y José del Corral, vecino de Potosí. Al cabo  de un año, el obispo Antonio de León procedió a  la exhumación del cadáver, en compañía del Deán,  Cabildo Eclesiástico y dos médicos, fue grande su  sorpresa cuando encontraron el cuerpo incorrupto,  tenía el semblante ligeramente rosado y sereno, y  pudieron oler aromas florales. Uno de los cirujanos  le hizo una incisión y salió sangre, le mudaron otro  hábito y la volvieron a sepultar; recién el 22 de  enero de 1731, por orden el obispo Juan Cavero  de Toledo, sus restos fueron sepultados en el sitio  que hoy ocupa en el coro de la iglesia.

Camino a la santidad

El obispo Antonio de León fue quien inició  el proceso informativo de la vida y virtudes de  sor Ana de los Angeles, el 17 de julio de 1686;  para ello encomendó al agustino fray Alonso de  Cabrera y Sosa la elaboración de la información  para seguir la causa de beatificación, tarea que  realizó durante siete años, llegando a escribir  cerca de quinientos folios que nunca siguieron  el trámite regular y con los años quedaron en el  archivo del monasterio.

Un contemporáneo a sor Ana fue el jesuita  Gonzalo Báez, quien fue conocido por sus virtudes,  profecías y revelaciones, la considera una santa  (Travada, 1993:565). A fines del siglo XVIII, Juan  Domingo Zamácola y Jáuregui, en su Biografía  de obispos de Arequipa, la llama: “célebre por su  grande virtud y don profético”. La primera biografía  de ella fue escrita por el padre Elías Passarell en  1879 y la tituló Vida de la reverenda Madre Sor  Ana de los Angeles Monteagudo, que floreció en  el monasterio de Santa Catalina de la ciudad de  Arequipa, salió impresa en Barcelona.

Ana de Monteagudo y Ponce de León fue admirada por sus virtudes tanto por las religiosas con  las que vivió como por la ciudadanía arequipeña,  que reconocieron en ella un símbolo de su identidad  local y regional. Tuvo una vida casi paralela a santa  Rosa, san Martín de Porres, san Juan Masías y san  Francisco Solano en Lima, sin embargo no fue sino  hasta febrero de 1985 cuando el Papa Juan Pablo  II la beatificó, perfilándose como la única mujer  del Sur andino camino a los altares. Actualmente  la población mistiana la invoca para sanar de diferentes enfermedades –utilizando un relicario que  contiene un fragmento de su rótula– y en época de  aluviones y movimientos sísmicos.

 

Referencias Citadas

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