*Alejandro Málaga núñez-Zeballos
El siglo XVII es la centuria en la que en el virreinato peruano vivieron algunos hombres y mujeres que abrazaron los hábitos religiosos enclaustrándose a perpetuidad a servir al Señor en el interior de los conventos y monasterios. El caso femenino más estudiado es Isabel Flores de Oliva, conocida como Santa Rosa de Lima; a ella se le han dedicado más de una docena de estudios que retratan al personaje. En la ciudad de Arequipa, casi en forma paralela, vivió Ana Monteagudo y Ponce de León, monja de velo negro del monasterio de Santa Catalina de Siena, que obtuvo un reconocido prestigio en el sur andino al tener visiones que fueron verificadas por autoridades religiosas y pronosticar sucesos que ocurrieron tiempo después. En la actualidad no existen estudios modernos sobre la vida de esta significativa mujer, que fue beatificada por el Papa Juan Pablo II, el 2 de febrero de 1985. El presente artículo tiene como objetivo develar un perfil de la vida de esta monja dominica, a través de sus primeros años, como religiosa en los diferentes cargos que desempeñó, sus reiteradas visiones en éxtasis divino e incidentes prodigiosos por los cuales la población mistiana reconoció en ella las características de una religiosa que vivió sirviendo a la Providencia y cuya fama de santidad, a lo largo de tres siglos, se sigue incrementando por los fieles devotos.
Primeros Años
A fines de noviembre de 1599, el anciano jesuita Alonso Ruiz pronunció en la plaza mayor un sermón anunciando un enorme castigo divino, a españoles por vivir amancebados e indios por continuar realizando sacrificios y ofrendas al dios Pichinique (Torres, 1974:88-96). El 18 de diciembre falleció el religioso y dos meses después, el 19 de febrero, explotó y erupcionó el volcán Huaynaputina o Putina el Mozo, a veintidós leguas de la ciudad de Arequipa y nombrado así por un pueblo ubicado en sus faldas (Cobo, 1964:169). La lluvia de cenizas cubrió un área de doce leguas a la redonda y duró cerca de dos semanas en las cuales la población se condujo por las calles con antorchas, se realizaron procesiones, decenas de misas en todas las iglesias, y para implorar perdón al Todopoderoso se trajo a la ciudad a la virgen Candelaria de la doctrina de San Miguel Arcángel de Cayma (Málaga, 2000:44).
A dos años del desastre, en 1602 (AMSC), el día de la festividad de la madre de la virgen María, un 26 de julio posiblemente, nació Ana de Monteagudo y Ponce de León, la cuarta de ocho hijos del matrimonio de Sebastián de Monteagudo, natural de Villanueva de la Jara, Cuenca, España, y doña Francisca de León, arequipeña, hija del corregidor Juan Ruiz de León. La familia vivió en un cómodo solar ubicado en la esquina de las actuales calles Consuelo y Sucre.
Ana tenía dos años, cuando un miércoles 24 de noviembre de 1604 (Barriga, 1951:184) al inicio de la tarde se produjo un terremoto que destruyó la mayor parte de las edificaciones de la ciudad; días más tarde se desató la peste llamada del vómito negro cuyos síntomas eran mucha laxitud, sordera y falta de apetito, pesadez en la cabeza, mucha fiebre, desmayos continuos y vómitos de sangre coagulada antes de morir. Los numerosos cadáveres fueron sepultados en fosas comunes en las afueras de la ciudad y una vez más la Candelaria de Cayma fue llevada a la ciudad y a ella se le atribuye el milagro de cesar la enfermedad.
El primer centro espiritual femenino de la Orden Dominica en el virreinato peruano fue establecido en Arequipa en 1579 (Neira y otros, 1990:294) y fue advocado a santa Catalina de Siena; a inicios del siglo XVII contaba con un prestigio reconocido por la aristocracia local y regional que enviaba a sus hijas a esta institución para su educación o recogimiento espiritual.
El padre de Ana fue un próspero comerciante que poseía una tienda de pulpería, propiedades frente al templo de la Compañía y en la doctrina de Socabaya (ARAR); al tener los suficientes recursos económicos ingresó a su hija como niña educanda en dicha institución. Una década más tarde sus padres decidieron su compromiso matrimonial y Ana, enterada de la decisión, se encerró en su habitación y orando se le presentó su primera visión en la que distinguió en medio de unas nubes a santa Catalina de Siena que le mostraba un hábito dominicano (AMSC). A raíz de esa señal, ella un 28 de agosto por la noche se encomendó a santa Catalina y se escapó de su casa con dirección al monasterio.
Sus padres fueron a buscarla y le pidieron que renuncie a tal decisión, pero ella mantuvo firme su posición; su padre la llegó a golpear y tuvieron que interceder las religiosas que sugirieron que se respete la voluntad de la joven. Así, bordeando los dieciséis años inició su noviciado, leyó con mucha atención la hagiografía de san Nicolás de Tolentino, que se convirtió en su devoción preferida y posteriormente fue el santo el protagonista de la mayoría de sus visiones. La religiosa en su segunda visión vio en el cielo a la virgen María rodeada de san Nicolás de Tolentino, los santos, profetas y apóstoles, además de tres calabozos: dos estaban llenos de almas que ardían por los pecados cometidos y el tercero vacío, porque ya habían sido salvadas esas almas. La monja había visto al Purgatorio e interpretó que su misión era salvar el mayor número de almas, a través de la oración y disciplinando agudamente su joven cuerpo.
Demostró tener vocación religiosa ya que fácilmente se adaptó a las costumbres de las monjas, realizó continuos ayunos, se azotó hasta desmayarse –imitando a Jesús atado a la columna–, también empleó cilicios y hasta llegó a fabricarse uno de cordeles, con nudos de ásperas cerdas y cadenas de hierro, que le ocasionaron muchas heridas, una de ellas la acompañó toda su vida.
Profesión y vida religiosa
La joven Ana, convencida de su vocación por la vida contemplativa, tuvo un gran inconveniente, necesitaba el dinero para pagar su dote, dudó que sus padres le costearan ese gasto, pero felizmente su hermano Francisco pagó los 1000 pesos de plata ensayada y marcada de 450 maravedíes cada peso. Probablemente, él intercedió por ella ante sus padres y colaboraron aportando el dinero para dotarla de dos hábitos cada uno con su escapulario, una capa, dos túnicas de cañamazo, dos jubones, dos togas, dos pares de chapines, una cama de madera, un pabellón, dos colchones, cuatro sábanas, dos almohadas, dos frazadas, una colcha, una alfombra pequeña, un cojín, una mesa pequeña, una silla, una caja, un cofre pequeño, una pila, una bacinica, un candelabro, un banquillo y diez varas de ruán.
Admiró el carácter de la priora, por eso eligió el mismo apelativo cuando profesó a los diecisiete años. Posteriormente, se desempeñó como maestra de novicias y luego como sacristana, gestionó que un religioso donara una imagen de Nuestra Señora de los Remedios. En algunas ocasiones intentó absorber del cáliz residuos del vino, ya que entendía que al ingerirlos quedaría extasiada. Siempre vistió un hábito deteriorado, cuando le obsequiaban ropa o telas las regalaba a sus hermanas; elaboró aguas aromáticas para que los sacerdotes se laven las manos. En una ocasión, adornó el templo con un lienzo de santo Tomás de Villanueva, más tarde se enteraría que su padre y el santo eran primos lejanos.
A finales de los años treinta, un religioso le envió una calavera envuelta en un pañuelo, sor Ana interpretó que el alma de esa persona necesitaba de sus oraciones y por ello se quedó con el cráneo en su celda hasta el fin de sus días. También se produjeron unas intensas lluvias que afectaron a la ciudad y por ende al monasterio; enterado de ello el cuarto obispo de Arequipa, el ilustrísimo Pedro de Villagómez y Vivanco, se mudó a una celda de la Compañía de Jesús y facilitó su vivienda para refugio de las religiosas; sor Ana desobedeció y se quedó con algunas monjas alegando que sus oraciones serían oídas por santa Catalina y san Nicolás de Tolentino y no les ocurriría nada por estar bajo su protección. Cesaron las lluvias y al volver las religiosas comprobaron que no les había sucedido nada; a partir de entonces Ana fue reconocida como un modelo de conducta a seguir.
En 1647, en Capítulo fue elegida como priora por un lapso de tres años. Su primera gestión afectó los intereses de algunas religiosas y mujeres en calidad de beatas, fue de celda en celda decomisando lujosos vestidos, telas, novelas, libros de comedias, perfumes y algunos afeites y todo lo quemó; las perjudicadas muy molestas encerraron a la autoridad en su celda y fue de tal magnitud el escándalo que el obispo Pedro de Ortega tuvo que ir al monasterio y comprobó la situación. A pesar que sor Ana intercedió por las problemáticas, el prelado las sancionó recortándoles sus privilegios.
Un día en el refectorio, Ana comunicó que en una de sus visiones había visto al monasterio ardiendo en el Purgatorio por el relajamiento que existía, sin embargo no conmovió en nada a algunas monjas que intentaron envenenarla hasta en tres oportunidades, y ella afirmaba que se salvó porque san Nicolás de Tolentino la previno (AMSC). Dicho santo en otra de sus visiones le dio una receta para elaborar una masa de harina con agua –ella los llamaba panecillos de san Nicolás de Tolentino– para aplicarla como remedio a las dolencias; así curo a una niña educanda de un tumor en la frente, al sacristán José de Sea que se cayó del campanario, y a otros más.
Antes de dejar el cargo, se le presentó el espectro de la muerte cuando vio un esqueleto mientras rezaba en el templo; ella comunicó que al día siguiente alguna de las religiosas moriría y así ocurrió. En la iglesia algunas veces mientras oraba extasiada, fue vista en su celda y en otros lugares, por lo que le atribuyeron el don de la bilocación.
Predijo la muerte de sor Isabel Cuadra, sor Juana de la Rocha, sor Catalina Boso y del jesuita Juan de Ugarte. El día que llegó el obispo Juan de la Calle en 1676, ella estaba orando y vio que pronto fallecería la autoridad, hecho que ocurrió algunas semanas después.
Sor Ana de los Angeles estuvo casi siempre enferma por las múltiples heridas a causa de la excesiva mortificación, a veces no podía levantarse, por ello el capellán Marcos de Molina la asistía en su celda. San Nicolás de Tolentino la transportó varias veces al Purgatorio y junto a él sacaron muchas almas; ella afirmaba haber visto en dicho lugar las almas del conde Lemos, del rey Felipe IV, y hasta del obispo Juan de Almoguera.
Ultimos días
En los años ochenta, su director espiritual fue el obispo Antonio de León y su confesor fue fray Francisco Vargas Machuca. Esos años los pasó muy enferma y casi sin salir de su celda, ya que padeció de retención de orina, una contracción de nervios y un intenso dolor en los ojos que más tarde se le infectarían y perdería la vista completamente; sin embargo, podía reconocer por su nombre a las religiosas que la visitaban. Postrada en cama padeciendo la infección de las heridas de los cilicios, los capellanes que la visitaron hicieron referencia a que no había mal olor en la celda, al contrario, olía a flores.
Un 10 de enero de 1686, sor Ana de los Angeles falleció reclinada orando con un rosario en las manos. Fue muy llorada por toda la ciudadanía que acudió al templo del monasterio a rezarle y honrarla; el cadáver fue cubierto de flores y le fue colocada una palma en la mano y una guirnalda en la cabeza. Acudió un pintor que estaba enfermo y realizó un retrato de la occisa, antes de irse le besó las manos y se curó. Al ser enterrada, se cumplió con su voluntad de ser sepultada en una mortaja y con gran cantidad de cal y agua, la oración fúnebre la pronunció el jesuita Alonso de Cerezeda.
Poco después circularon las versiones que pedazos de sus prendas al ser puestos en el lugar de las dolencias curaban, testimonio de ello lo dieron Francisco Núñez, prebendado de la Catedral de la ciudad, José Gabriel de Venegas, vecino de La Paz y José del Corral, vecino de Potosí. Al cabo de un año, el obispo Antonio de León procedió a la exhumación del cadáver, en compañía del Deán, Cabildo Eclesiástico y dos médicos, fue grande su sorpresa cuando encontraron el cuerpo incorrupto, tenía el semblante ligeramente rosado y sereno, y pudieron oler aromas florales. Uno de los cirujanos le hizo una incisión y salió sangre, le mudaron otro hábito y la volvieron a sepultar; recién el 22 de enero de 1731, por orden el obispo Juan Cavero de Toledo, sus restos fueron sepultados en el sitio que hoy ocupa en el coro de la iglesia.
Camino a la santidad
El obispo Antonio de León fue quien inició el proceso informativo de la vida y virtudes de sor Ana de los Angeles, el 17 de julio de 1686; para ello encomendó al agustino fray Alonso de Cabrera y Sosa la elaboración de la información para seguir la causa de beatificación, tarea que realizó durante siete años, llegando a escribir cerca de quinientos folios que nunca siguieron el trámite regular y con los años quedaron en el archivo del monasterio.
Un contemporáneo a sor Ana fue el jesuita Gonzalo Báez, quien fue conocido por sus virtudes, profecías y revelaciones, la considera una santa (Travada, 1993:565). A fines del siglo XVIII, Juan Domingo Zamácola y Jáuregui, en su Biografía de obispos de Arequipa, la llama: “célebre por su grande virtud y don profético”. La primera biografía de ella fue escrita por el padre Elías Passarell en 1879 y la tituló Vida de la reverenda Madre Sor Ana de los Angeles Monteagudo, que floreció en el monasterio de Santa Catalina de la ciudad de Arequipa, salió impresa en Barcelona.
Ana de Monteagudo y Ponce de León fue admirada por sus virtudes tanto por las religiosas con las que vivió como por la ciudadanía arequipeña, que reconocieron en ella un símbolo de su identidad local y regional. Tuvo una vida casi paralela a santa Rosa, san Martín de Porres, san Juan Masías y san Francisco Solano en Lima, sin embargo no fue sino hasta febrero de 1985 cuando el Papa Juan Pablo II la beatificó, perfilándose como la única mujer del Sur andino camino a los altares. Actualmente la población mistiana la invoca para sanar de diferentes enfermedades –utilizando un relicario que contiene un fragmento de su rótula– y en época de aluviones y movimientos sísmicos.
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