Si harto rastrera ha sido
la actitud de estos años por parte del personaje más oscurantista de la
Historia democrática de España, no menos sorpresiva ha sido la indolencia de la arrastrada víctima
conjunta de los españoles durante las dos legislaturas de Zapatero. Rubalcaba
pese a las circunstancias de una derrota histórica continúa en la carrera
política en una intención de continuidad que nada bueno presagia con los
antecedentes demostrados desde la era del felipismo. ¿Nadie dice nada? ¿Por qué la continuidad de alguien en quien nadie confía?
España encajó los más sucios golpes a cuenta del revanchismo de una reinventada memoria histórica ¿Qué se puede esperar de esa continuidad revanchista a cuenta de rencores muy recientes en este pulso echado por sorpresa e iniciado con una matanza aún por aclarar? En política la derrota deslegitima la continuidad de los candidatos que son rechazados por decisión electoral. No sólo son los ciudadanos los que deciden la futura vida política del derrotado, sino que también los correligionarios buscan un mejor representante después de que la decisión popular deja fuera al candidato político.
Hay derrotas que son etapas de cara a la victoria, pero otras son tan sonadas que sólo queda el camino de la autoexclusión a poco que se tenga una elemental decencia de la que carece Rubalcaba.
Del PSOE es previsible el interés partidista por encima de los intereses de la nación que gobierna; históricamente siempre fue así, incluida la reciente historia de estas dos caóticas legislaturas, pero... ¿ es que nadie va a decir nada, fuera del ámbito socialista, acerca de la permanencia de quien ha sido nocivo desde la era felipista, ahora que sus engaños han caído en estrepitoso declive?
Con
el PSOE es fácil comprobar actitudes contra natura acerca de la política. Esas
disonancias estriban en dos factores fácilmente deducidos a tenor de las
actitudes que marcan la verdadera agenda política cuando acceden al poder.
El
primero es la proyección de unas ambiciones que sobrepasan la apariencia del
programa electoral y traspasa en muchos casos, para cumplir sus objetivos, la
barrera de la legalidad con la constancia del relativismo para justificar el
fin de las codicias. Ejemplo preclaro es el famoso concepto de nación discutido
y discutible de Zapatero y la politización de la Justicia.
El segundo factor es la responsabilidad encubierta de unas acciones radicales que no pueden dejar de tener su continuidad. No se mueven con malabarismos tantos platos para dejarlos caer en última instancia, por voluntades democráticas, y asumir las consecuencias de ocho años que derivarían en responsabilidades penales con sospechas palmarias que incluyen la alta traición.
Rubalcaba es el exponente de estas actitudes y el malabarista que ha manejado el conjunto de precarios equilibrios de carácter delictivo y que han culminado con un 20-N que debería haber marcado el fin de su carrera personal como referente directivo de su partido.
En cualquier lugar del mundo, la derrota electoral es señal inequívoca de la derrota personal del candidato. La democracia conlleva el relevo de los elementos particulares cuando los objetivos colectivos no son satisfechos no sólo en el partido que concurre electoralmente, también por la voluntad de la mayoría que decide. Extraño es que el protagonista de la mayor derrota electoral en democracia siga en liza por el poder del partido al que ha enviado a los profundos pozos del fracaso. Raro es que los correligionarios no deslegitimen a un candidato desgastado del mismo modo que lo hicieron las urnas.
Normal es que esto suceda con un ser político tan oscurantista como sospechoso de múltiples criminalidades en el devenir de la Historia de España de estos últimos treinta años.
Si nefasta es la actitud de los perdedores, peor es la complacencia de los ganadores. No aprendemos de los acontecimientos que nos llevaron al caos programático de un desmantelamiento del país que ha costado una ruina institucional y económica.
Cuando Rubalcaba apareció como Ministro del Interior, después de ser la cabeza visible de los sospechosos acontecimientos sucedidos los días posteriores del 11-M, se criticó al PP que no protestara por la elección del cargo del que fue ministro del GAL y protagonista de una violación de la jornada de reflexión. Muy caro se pagó la inane actitud de la Oposición, encontrándonos hoy a los terroristas en el Congreso de los Diputados después de malabares con rastro delictuoso y la certeza de un truco criminal.
Un candidato derrotado históricamente no es efectivo ni para su formación política, ni para el pueblo que decidió expulsarlo de la carrera por el gobierno de una nación. Siendo tan elemental la consigna democrática de la victoria o la derrota y el destino inmediato de sus protagonistas ¿Qué hace Rubalcaba todavía en Política? ¿Por qué un ineficaz candidato ve refrendada la derrota con la expectativa de la continuidad?¿Qué clase de ambición política- primer factor del PSOE- mueve a Rubalcaba que no sea la de la inercia de la responsabilidad encubierta de acciones radicales que no pueden dejar de tener su continuidad- segundo factor de la dinámica gubernamental del PSOE-?
Se
comete un error visceral pensando que pertenece a la liza democrática dejar que
continúe en política quien ha demostrado ser protagonista de las mayores
sospechas delictivas de la Historia democrática española. La manera de ilustrar
esta dejadez a la hora de pedir coherentes responsabilidades podría estar en el ejemplo de la zorra
cuidando de las gallinas;o del asesino disfrazado que entra en la habitación del hospital donde
recibe cuidados intensivos la víctima a la que intentó aniquilar, presto a
desconectar los aparatos de intubación que la mantienen con vida… o esas
películas de terror donde la protagonista se pasa todo el tiempo intentando
escapar del psicópata y al final, cuando parece que todo ha acabado y ya llega
la relajación, aparece de repente el asesino consiguiendo en sangrientos
segundos lo que no consiguió en interminables minutos de metraje argumental.
Los
ejemplos de Rubalcaba en la continuidad política podrían ser muchos, pero basta
pensar, de manera realista, en ese revanchismo injustificado que arrasó nuestro
país durante ocho años, para imaginar qué clase de rencor puede existir en
alguien sospechoso de múltiples delitos, cuya salida a la desesperada consiste
en seguir huyendo hacia delante con todas las consecuencias que sus acciones
pasadas implican. Para echarse a temblar tratándose del mayor mentiroso con trazas delictivas que es Rubalcaba.