El cambio técnico al servicio de la
política
Vayamos ahora a
lo político. Los proyectos de modernización técnica iban unidos en el régimen
de los Borbones al objetivo de centralización del Estado y aumento de las
rentas reales. Los mineros peruanos no
tardaron en percatarse de que detrás de una inocua máquina que movía los
cilindros y agitaba los minerales había otra maquinaria política que amenazaba
convertirlos en otras piezas o engranajes. El
proceso fue, sin embargo, complejo.
El régimen de los Visitadores, que en el Perú se
inició en 1777 con el arribo de José Antonio de Areche, reformó el gobierno de
los asientos de minas. Los Alcaldes Mayores que, como dependientes del
corregidor de la provincia y a veces usando también el nombre de Jueces
Comisionados, habían venido haciéndose
cargo de tales lugares, serían ahora nombrados directamente por el Visitador,
precisándose mejor sus funciones
(conocer en registros, denuncios,
despuebles y medidas de minas) y sancionándose su plena independencia de otra autoridad,
incluso la del Virrey38. El Alcalde Mayor se erigió como una
autoridad virtualmente omnímoda,
equivalente a los Superintendentes de Azogues en Huancavelica. Lo que se
acrecentaba cuando a sus funciones añadieron la regulación de la entrega de
insumos a los mineros en las Cajas
Reales, como ferretería, pólvora y azogue. Los mine- ros no dejaron de
mostrar su recelo frente a la presencia de una autoridad tan poderosa.
Dirigieron pedidos para que los Alcaldes
Mayores no
fuesen nombrados por el Estado, sino elegidos por la propia comunidad de mineros; del mismo modo,
argumentaban, que los comerciantes lo hacían con su Prior y sus Cónsules.
Ofrecieron incluso cubrir, mediante una erogación colectiva, el sueldo
de la autoridad39.
En 1784
se instauró el régimen de las Intendencias en el virreinato, en reemplazo
del sistema de los corregimientos.
La au- toridad de los Alcaldes Mayores
de Minas fue traspasada a los
Subdelegados de cada Partido, quienes constituían la jerarquía in- mediatamente
debajo de los Intendentes40. Este hecho fue, sin embargo, casi
simultáneo con la creación del Tribunal de Minería (en 1785), representado por
sendas Diputaciones en los asientos de minas más importantes. Este gremio tuvo
efectos ambiguos frente al proceso de centralización del Estado borbónico. De
un lado, creaba una forma de representación de un grupo empresarial importante,
como eran los mineros del país, lo que podía favorecer o ayudar a las tareas de
gobierno del Estado. De otro, sin embargo, cedía a esta institución
gremial algunas competencias que antes
habían sido del Estado, como la jurisdicción contenciosa en asuntos de minas o
la administración de ciertos tributos y/o transferencias a favor de la
producción minera41.
Con este nuevo esquema, en el que la autoridad
del Subdelegado quedaba balanceada por la Diputación de Minas local, quedaba, no obstante, un espacio vacío: el gobierno técnico de la minería. Los
subdelegados eran autoridades políticas pero no necesariamente expertos en
minería. Se pensó remediar el asunto con el expediente de las “Visitas” de
minas que practicaría una comisión de peritos periódicamente, pero no
fue una solución finalmente eficaz42. Fue en
este escenario que arribaron
al Perú los
miembros de la Expedición Mineralógica, quienes rápidamente
amenazaron convertirse en los “Directores Técnicos” o “Facultativos” de los
asientos de minas, como dependientes de los subdelegados. De esta
manera, el poder del Estado sobre los mineros quedaría revestido bajo una
legitimidad técnica. Sería el
Director quien tendría que
autorizar la apertura de un nuevo socavón, arbitrar en las disputas acerca de
la delimitación de las pertenencias o los daños que en
su laboreo se
hacían unas a
otras, decidir sobre la
conveniencia de crear
una nueva caída de agua, etc.43.
El intento de
introducción de una nueva tecnología ocurrió así en el marco de esta lucha
política, en la cual los mineros trataban de defender el espacio autónomo recién con- quistado de las
Diputaciones. En esta lucha los sabios mineralogistas resultaron alineados, tal
vez sin ser plenamente conscientes de
ello, en el bando de la corona. En la
medida que el Estado colonial (es decir, el virrey de Lima y sus instancias
inferiores) resultaba a la vez que un representante de la Corona, un intérprete
de las relaciones de poder locales, no guardó una actitud de decidido apoyo a la
comisión mineralógica, dejándola sin piso y en el mayor aislamiento.
La nueva tecnología trató de ser introducida “desde arriba”44.
Lo que
los mineros repelieron fue esa fusión del poder y del saber que los
dejaría totalmente inermes frente al gobierno. Su actitud opositora a los
ingenie- ros europeos puede ser entendida entonces como una lucha por su
independencia y no sólo como un apego a lo malo conocido. Con cautela y serenidad
el virrey Gil de Taboada decía en 1792, durante la primera fase (la más activa)
de la expedición de Nordenflicht, que a los mineros: “es preciso ponerles el
socorro de modo que lo puedan conseguir quando lo pidan, pero que sea
dejandoles aquella libertad que
necesitan las empresas de pura imaginación y capricho”45.
Reflexiones finales
¿Cómo tenía que
ser una tecnología apropiada para la minería andina en el siglo XVIII? Si es
que la idea era no enfrentarse a las formas de producción existentes (pequeñas
empresas de escaso capital, “pallaqueo” o “kajcheo” como forma dominante de la
fase extractiva, maneras de atracción forzada de la mano de obra) la tecnología
debía ser muy divisible, en fases y en tamaño; además, no debía requerir de
ingredientes que tuvieran que movilizarse de lejos, dada la dificultad del
transporte, ni la generación de calor, debido a la escasez de material
combustible.
El proyecto borbónico en la reforma de la minería fue, sin embargo, de más largo al-
cance y en ese sentido vendía un paquete
tecnológico muy poco apropiado para el corto plazo. Sus propósitos tenían, como
dijimos al inicio, un alcance “civilizatorio”: construir una realidad americana
a imagen y semejanza de la metrópoli: hacer de Huancavelica una Nueva Almadén;
de Potosí, un campamento minero alemán. Ello
requería de nuevos empresarios en el sector y de un proceso de
disciplinamiento de la mano de obra: ambos debían ser escasos, pero eficaces,
como los generales y soldados de un ejército modelo.
Por ello la
tecnología local no fue debidamente apreciada ni se estableció con ella un
diálogo fructífero. Bajo la óptica imperial, ella formaba parte de ese mundo
retrógrado, donde el oro saqueado en el día se perdía en la noche en una mesa
de juego. Los mineros, técnicos y trabajadores locales, al percatarse de que el
nuevo proyecto los repelía, formaron un frente común de resistencia.
Huancavelica no logró ser devuelta a sus días de gloria de finales del siglo
XVI; el estrepitoso derrumbe, en 1786,
de sus carcomidas estructuras, cuando ya era trabajada como una empresa
estatal, aunque sin desterrar el pallaqueo en la fase extractiva, fue la
metáfora de otro desmoronamiento, el del proyecto de convertirla en una suerte
de mina estatal modelo.
El mayor defecto
de la empresa borbónica en materia minera fue no haber ubicado a los aliados
locales que podría haber tenido para la reforma técnica. El siglo XVIII fue
pródigo en proyectos maquinistas locales, como puede deducirlo cualquiera que
se aventure a la sección Manuscritos de la Biblioteca Nacional de Lima o al
fondo Minería del Archivo General de la Nación, que permanecieron desatendidos
bajo un régimen que quería precisamente
modernizar la tecnología46. También perdió al proyecto imperial, su autoritarismo:
ese tratar de gobernar a los productores dejando que ellos arriesguen el
dinero, pero nombrando un Director que les ordene qué veta debían trabajar o
qué túnel abrir.
Era claro que la
estructura de la producción minera de la región andina al comenzar el siglo
XVIII era la imagen degradada y pervertida del modelo “despótico tributario”
implantado por el virrey Toledo en las últimas décadas del siglo
XVI47.
Era difícil no estar de acuerdo en que debía ser renovada sobre nuevos
cimientos; los desacuerdos comenzaban,
empero, en cuáles debían ser esos cimientos y por dónde debía empezarse. Unos
propusieron acabar con el trabajo indígena forzado; otros, con dar rebajas
fiscales a los mineros; quienes se impusieron fueron los que pensaron que había
que europeizar las técnicas de producción, haciendo tabla rasa de la tecnología
vigente. Por lo visto y ocurrido después, no fue la mejor tecla a presionar.
[38] Esto motivó una agria
polémica entre Areche, el Visitador y Jáuregui, el Virrey. Aunque pudiera
parecer la lucha entre dos autoridades únicamente celosas su imagen e
investidura, como lo sugiere Fisher (Minas y mineros; p. 53), en verdad la
polémica escondía una cuestión crucial: la reunión, o no, del gobierno político
con el económico. Véase AGI, A. de Lima, Leg. 1085 e Indiferente general, Leg.
414.
[39] Véase, por ejemplo, AGI, A. de Lima. Leg. 1085. Trujillo, 27 de
setiembre de 1780.
[40] Cada una de las siete Intendencias en que fue dividido el
virreinato, se dividía a su vez en un número de Partidos, cuyo gobernador era
el Subdelegado.
[41] Véase sobre el Tribunal de
Minería del Perú, la monografía de
Miguel Molina Martínez, El
Real Tribunal de Minería de Lima (1785-1821). Sevilla: Diputación
Provincial, 1986.
[42] Un minero de Hualgayoc, Cristóbal
de Ostolaza, describió
sarcásticamente una de estas “Visitas”,
que ya se practicaban desde el tiempo de los corregidores. Dijo así: “El
ceremonial de la Visita de minas ya saben todos como lo practican los
corregidores. Ellos van al cerro mineral cada seys meses, ó cada dos años: se
quedan en la bocamina y hacen que la penetren dos mosos á quienes dan el título
de Veedores. Estos ya se save, declaran
que la mina está corriente, vien
trabajada y libre de ruina. Esta declaración les vale su propina y á los
Corregidores una piña [un trozo de plata ya depurada] de cada minero. Si hay escribano, igualmente se
indulta. Se dá por concluida la vicita, y sigue el desorden de las labores, en
los Derrocamientos y tajeos, con el destrozo de los Puentes que se observa
generalmente con todos los Minerales del Reyno”. AGI, Indiferente General, Leg.
414. 1780.
[43] He estudiado con detalle la batalla entre el subdelegado y los
Diputados de Minas en el Real de Hualgayoc, por el nombramiento de Federico
Mothes, de la expedición de
Nordenflicht, como Director
y único Facultativo. Véase mi
trabajo, Los mineros y el rey. Los Andes del norte: Hualgayoc 1770-1825. Lima:
Instituto de Estudios Peruanos, 1995; cap. IV.
[44] El concepto de autoritarismo científico ha sido desarrollado para la
región de los Andes por Marcos Cueto.
Véase su libro: El regreso de las epidemias. Salud y sociedad en el Perú del
siglo XX. Lima: Instituto de Estudios Peruanos, 1997.
[45] AGI, A. de Lima Leg. 692. Gil de Taboada al Ministro Pedro López de
Llerena. Lima, 20 de octubre de 1792.
[46] Una muestra de ello son los
documentos recogidos por Leonor López y otros, en Arbitrios técnicos. Véase
también el fino estudio de Tristan Platt, antes citado: “Historias unidas,
memorias escindidas”.
[47] Véase Luis Miguel Glave, “El
virreinato peruano y la llamada
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