Aquel soldado de Pizarro
La misión
Nordenflicht goza de varios estudios que han dado a conocer sus peripecias y
circunstancias23. Compuesta
por una decena de ingenieros, alemanes en su mayor parte, ingresó al
virreinato del Perú, en 1789, donde permaneció por espacio de veinte años, tratando
de mejorar el laboreo de las minas y los procedimientos de beneficio
argentífero.
Sus integrantes
llegaron completos a Potosí, desde donde se dispersaron por diversos centros
mineros, como Huancavelica, Hualgayoc, Recuay y Pasco.
En la evaluación
de la Misión por parte de la historiografía ha predominado la palabra
“fracaso”. En efecto, ello es así si consideramos que sus dos grandes propósitos cuando ingresaron al reino:
introducir el método de barriles (o “de Born”) para la amalgamación de la
plata, y mejorar los trabajos de extracción de minerales en la minería
subterránea, mediante la implantación de sistemas de izaje, como los
malacates, y de desagüe, no se realizaron, salvo en una mínima parte24.
Como causa del fracaso, se ha mencionado “el conservadurismo” y apego a la
tradición de los mineros peruanos, la
falta de tacto de los ingenieros extranjeros en sus relaciones con la sociedad
local, la falta de un decidido apoyo por parte de las autoridades estatales y
las particularidades del medio andino, entre las que se ha resaltado el
aislamiento de los campamentos, la escasez de ciertos insumos importantes para
el nuevo método, como la madera y el hierro, y la carencia, en conse- cuencia,
de buenos artesanos en el trabajo de estos materiales, carpinteros y herreros25.
También ha sido
expuesta otra postura más extrema y nacionalista, en el sentido de señalar que,
dadas las circunstancias locales, la tecnología que la Misión trató de
implantar, especialmente en cuanto al sistema de beneficio, era inferior a la
vigente en México o el Perú, donde predominaba el llamado “método de patio”26.
Sencillamente, se trató de implantar por el prejuicio de que las técnicas
europeas tenían que ser superiores a las
americanas. Esta interpretación nos recuerda el concepto de “tecnología
apropiada”, de acuerdo al cual, un paquete tecnológico debe tomar en cuenta la
escasez o disponibilidad de los ingredientes necesarios. En este sentido, el
fracaso de la Misión habría sido en
verdad el fracaso de una empresa insensata, como fue tratar de introducir una
tecnología inapropiada para el medio27.
Las reformas de
la Misión Nordenflicht no eran inaplicables en el Perú, como lo prueba el hecho
de que varias de ellas llegaron a implantarse
muchas décadas después. El problema es
que demandaban una gran in- versión inicial, exigían escalas de operaciones
mayores y demandaban, como se ha dicho ya, el
concurso de operarios más diestros en la construcción y reparación de la
nueva maquinaria. A ello debemos añadir
que la estructura social de la
producción minera era en la región andina poco funcional a la implantación de
tecnologías de escala, y que el intento de transferencia tecnológica se dio en
medio de un conflicto entre los producto- res mineros y la administración
imperial por cuestiones de autonomía y fiscalidad.
Para entender a
la minería andina de la se gunda mitad del siglo XVIII, debemos separar las
fases de la extracción de los minerales, de la de refinación o beneficio de los
minerales. En la primera había operado
una suerte de degradación social de
la producción, en la medida que lo
predominante no eran empresarios sino pallaqueros, capchas o, como diríamos hoy, “microempresarios”.
En otras palabras, las minas no eran
trabajadas por empresas que contrataban operarios quienes, bajo la dirección de
un ingeniero o capataz, iban desprendiendo los minerales de acuerdo a un plan
establecido. En todo caso, las empresas de ese tipo eran muy escasas28.
Lo predominante en Potosí, Huancavelica, Pasco o Hualgayoc (las principales
minas peruanas y altoperuanas) era que los mineros con derecho legal a explotar
las labores arrendasen la mina a los
operarios indígenas, quienes trabajaban
en parejas, o en grupos un poco más numerosos, llamados cuadrillas. A esta
situación se había llegado por lo difícil que era para el empresario conseguir
trabajadores y controlar el mineral extraído por éstos; prefería entonces no
arriesgar salarios (relativamente altos), sino simplemente cobrar una renta a
quien quisiese meterse a la mina a desprender minerales.
Un escenario como ése era de lo más inapropiado
para implantar planes de explotación subterráneos, con pozos en cuya boca pudiesen ubicarse tornos
de izaje o malacates, con calles
comunicándolos entre sí, o con suaves pendientes para facilitar el
traslado de los minerales, ya que toda esa maravilla hubiese exigido que los
“dueños” de las minas (llamados genéricamente “mineros”) se convirtiesen
efectivamente en empresarios, como alguna vez lo habían sido, hasta la crisis
de la minería hacia 1700. Los mineros podían interesarse en volver a ser
empresarios, pero la metamorfosis requería de una varita mágica llamada
capital, recurso escasísimo, y por lo mismo costoso, en el reino.
En la fase de refinación
sí existían las empresas, aunque coexistían al lado de pequeños empresarios
que hacían su propia refinación, con
métodos sencillos y de tecnología divisible (como “quimbaletes” o pequeños hornos “huayras”). Los empresarios
de esta fase, conocidos como “azogueros” o “señores de ingenios”, recurrían al
método de amalgamación de patio,
por el cual los minerales, una vez molidos en un ingenio, movido por lo general
por caídas de agua, eran mezclados en un “circo” de piedra (llamado también
“patio”) o en un “buitrón” (cajón de madera) con azogue, sal, agua y algunos
otros ingredientes más variables (cieno, limaduras de hierro o de
cobre, etc.). Conseguir una
buena mezcla de esta masa era una de las claves del éxito del proceso. Hasta el
siglo XVIII y todavía hasta el final de la vigencia del método de patio, un siglo después, se empleó para la mezcla a los
indios “repasiris”, quienes debían caminar durante horas en el “fango” creado por los ingredientes
para mezclarlos bien. La inventiva local fue muy generosa en recursos
alternativos. Se intentó introducir caballos “repasiris” con los ojos vendados,
máquinas de “repaso” o soluciones que calentaban la masa, ya poniéndole fuego
debajo de los buitrones, o cubriéndolos con pellejos de carnero para defenderla
del frío de las alturas andinas29.
Una vez
conseguido que el azogue hubiese absorbido la plata contenida en los minerales
(lo que se comprobaba en una suerte de prueba de laboratorio), se lavaba la
masa, rescatando sólo “la amalgama”; esto es, la plata mezclada con el azogue o
mercurio, y se depuraba el mercurio en un horno “desazogador”. La ventaja
principal de este método, patentado en México
en la segunda mitad del siglo
XVI, era que se trataba básicamente de un procedimiento de refinación “en
frío”. Sólo en el momento de separación del azogue de la plata se utilizaba
calor, pero puesto que el azogue se sublima (pasa del estado sólido al gaseoso)
a baja temperatura, bastaba para ello un fuego “manso”, como el que podían
mantener el ichu o la taquia.
El procedimiento
“de Born” o “de barriles” no hacía otra cosa que reemplazar el circo de piedra o el cajón de madera (es decir, el
patio o el buitrón) por unos barriles grandes de madera y forrados de cobre en su interior, que giraban
movidos por un ingenio. Este movimiento conseguía una mejor mezcla, y
sobre todo más rápida, de los ingredientes, mientras que los barriles de madera
defendían a la masa del frío30. De acuerdo a lo ofrecido por la
Misión Nordenflicht, el método de barriles debía conseguir recuperar más
plata de los minerales, en menos tiempo y con menos pérdida o consumo de
azogue, que era el ingrediente más caro en los beneficios “en frío”. Los experimentos
realizados en Lima y Potosí no fueron, sin embargo, contundentes al respecto31.
Aquí se mezcló,
no obstante, lo técnico con lo social y con lo político. Entre las palabras más
frecuentes en los informes de los miembros de la expedición mineralógica así
como en los de los viajeros europeos y
autoridades metropolitanas acerca del país, o más concretamente las minas, figuraron términos como “rusticidad”,
“ignorancia”, “impericia”. Una de las
frases más elocuentes de la actitud metropolitana hacia los mineros locales fue
la de Santiago de Urquizu, comisionado del Tribunal de Minería, quien reseñó que hablarles de técnicas a los
mineros sería “como si hablásemos de colores a los ciegos de nacimiento”32.
El desdén por las técnicas y saberes locales se
aplicaba a varios ámbitos: las “vanas
formalidades” en la administración33,
las costumbres disipadas de la elite social o los métodos para desaguar una
mina. Con gran efecto, Alejandro de Humboldt, quien podría ser considerado la
cabeza emblemática de este espíritu,
remató así uno de sus retratos de un asiento minero de los Andes: “Todo el
ambiente recuerda allí a aquel soldado de Pizarro, que después del saqueo de
los templos del Cuzco se dolía de haber perdido en una noche “un gran pedazo
del sol”, que así llamaban a una placa de oro”34. La cita evoca
irracionalidad, disipación, violencia. La minería americana no era para el
científico germano un ejercicio productivo de la civilización, antes bien: el
acto en el cual el guerrero español arrebata por la fuerza al nativo americano
su tesoro. Los miembros de la expedición
mineralógica fueron los principales informantes de Humboldt en el Perú;
en cierta forma, el testimonio de este viajero y científico recogió el
pensamiento de aquellos, quienes por ser empleados del rey se hallaban más limitados para emitir una opinión.35 Para el sabio alemán, como en verdad para
muchos observadores europeos de la realidad andina, los mineros del siglo XVIII
no se diferenciaban todavía de los soldados de Pizarro de dos siglos y medio
atrás.
Un “leitmotiv” en los informes de los
ingenieros de Nordenflicht fue la necesidad de redimir el trabajo de los
indígenas en la minería. Nordenflicht se refiere así al “costoso y bárbaro
método de los carguiches indíge- nas” en Huancavelica, que debían sacar los minerales
de los socavones a la bocamina. Un minero de Pasco defensor del método alemán
de los barriles y que parece hablaba más bien como agente de los ingenieros sajones, envió una carta al
Mercurio Peruano, en 1791, donde defendía el nuevo método, manifestando que:
“liberta a los infelices Indios de
un trabajo desmedido como es el de
repasil en el buitrón; punto digno de
la mas seria consideración. Un
operario de esta clase, destinado á incorporar los metales con el azogue,
trabaja desde las seis de la mañana hasta las quatro de la tarde, descalzo de
pie y pierna, amasando sus harinas á fuerza de patadas en unas oficinas, que
están á campo descubierto en medio de las
cordilleras, donde la nieve, el
granizo, la escarcha, y en algunas partes el agua caen sobre estos miserables
desde que empieza el trabajo hasta que finaliza. La inclemencia del cielo y del
clima arruinan su salud. No es éste el único daño que experimentan; porque
introduciéndoseles en el continuo repaso de las partes metálicas, y en especial el azogue por los poros de la piel
les causas vaguidos, perlesías, paralysis, cólicos y otros muchos males”36.
En todo proceso de sustitución técnica en el que
se quiere desplazar mano de obra por capital o maquinaria, el argumento
humanitario ha sido, desde luego, recurrente. El flagelo del desempleo resulta
en nuestos días un contrapeso a esa tendencia, pero cuando en virtud de una
favorable relación hombre/ tierra éste no existía, un poderoso elemento
legitimador de una técnica ahorradora de
trabajo humano era el alivio de los operarios que gracias al nuevo artificio se
librarían de tareas agotadoras y penosas. No digo que se haya tratado de un
argumento cínico, movido sólo por el interés económico de vender una nueva
técnica. La propia sensibilidad de los hombres se veía afectada y formada por
el avance técnico. Cualquier trabajo
que hoy puede hacer una máquina nos parece inconcebible, duro y/o
degradante que lo tenga que hacer una persona; trátese de mover bultos, limpiar
pisos u ordeñar vacas. Para la sensibilidad del europeo de las postrimerías del
siglo XVIII, el trabajo de los hombres en las minas andinas, y más aún si
quienes lo ejecutaban estaban marcados por ser todos de una misma raza, como
condenados, debió resultar digno de conmiseración o francamente repulsivo.
Federico Mothes, uno de los ingenieros de Nordenflicht, destacado en Hualgayoc,
anotó así en 1795, al informar sobre la
forma de extracción de los minerales, en cueros de vaca sobre las espaldas de
los “apiris”, a través de escaleras de cuerdas o arrastrándose por estrechos
corredorres: “La razón del hombre más sensato se para aquí por qué entre tantos
hombres que hay en este Mineral no han discurrido algún otro medio mas facil y
menos costoso para la extracción de los Minerales”37. En las minas
centroeuropeas de la época, los minerales se extraían mediante tornos de izaje
o usando carros sobre rieles, tirados por mulas. Aunque siglos antes,
seguramente también lo hicieron como en las minas de los Andes, sobre las
espaldas de los obreros.
De otro lado, parece que en la minería peruana no hubo propiamente casos de “ludismo” (resistencia de los trabajadores a la modernización técnica) motivados por el desempleo, ya que, como antes quedó dicho, el desempleo no existía propiamente en el país. Pero sí se presentó otra dimensión del “ludismo”, cual fue defender la productividad del trabajo (en el sentido de esfuerzo físico del operario) como un espacio de negociación entre los empresarios y los trabajadores. Las tecnologías americanas, sobre todo en el Perú, demandaban poco capital y mucho trabajo físico, aunque ambos recursos eran escasos. En la medida que las tecnologías europeas mecanizaban muchos procedimientos, como el izaje de los minerales de las minas, o la agitación y mezcla de la pella en el proceso de amalgamación, la dosis de esfuerzo o rendimiento físico del operario dejaba de ser un arma para él en su lucha frente al empresario por una mejor retribución.
[24] En Recuay logró implantarse el método de los barriles, según refirió
Humboldt en su relato de viaje por la zona, c.1800 (véase Estuardo Núñez y
George Petersen (eds.), El Perú en la obra de Alejandro de Humboldt. Lima:
Studium, 1971; p. 92).
En la segunda mitad del
siglo XIX ya había otros mineros que
empleaban el método. Véase mi trabajo “El
reemplazo del beneficio de patio en la minería peruana, 1850-1913”.
En Revista de Indias 216. Madrid: CSIC,
1999.
[25] Véase especialmente John
Fisher, Minas y mineros, cap. 4; y Marie Helmer, “La mission
Nordenflycht”. Miguel Molina, en “Ciencia
y minería”, expresa una opinión
menos dura acerca de los resultados de las expediciones mineralógicas: “Aunque
su incidencia sobre el volumen de producción no esté todavía totalmente
determinado (…) es cierto que muchas deficiencias existentes en las labores
extractivas y de beneficio fueron corregidas y que se introdujeron algunas
novedades técnicas” (p. 231).
[26] Véase Assadourian.
[27] El asunto de las tecnologías
apropiadas contiene, sin embargo,
también puntos polémicos, ya que los ingredientes escasos pueden importarse o
trasladarse, de modo que en el largo plazo la clasificación de las tecnologías en “apropiadas” o no, se vuelve
discutible. En el largo plazo, cualquier tecnología puede volverse apropiada.
[28] Sobre la minería andina del siglo XVIII, véase Enrique Tándeter,
Coacción y mercado. La minería de la plata en el Potosí colonial, 1692-1826.
Cuzco: CBC, 1992; asimismo, puede verse mi trabajo Los mineros y el rey.
[29] El tema del “arbitrismo” minero ha sido estudiado por María Dolores
Fuentes Bajo, “Las últimas manifestaciones del proyectismo en la minería
peruana”. En Historiografía y bibliografía americanista XXX: 1. Sevilla: 1986. Sobre los aspectos
propiamente técnicos, versa el ya citado
trabajo de Leonor Cisneros y otros,
Arbitrios técnicos. Véase también el artículo de Tristan Platt, “Historias
unidas, memorias escindidas: las empresas mineras de los hermanos Ortiz y la construcción de las élites
nacionales. Salta y Potosí, 1800-1880”. En
Margarita Menegus Bornemann
(coordinadora), Dos décadas de
investigación en historia económica comparada en América Latina. Homenaje a
Carlos Sempat Assadourian. México: El Colegio de México, CIESAS, Instituto Dr.
José María Luis Mora y UNAM, 1999.
[30] Nunca fue muy claro el efecto del frío sobre la masa de la
amalgamación. En general se juzgaba perjudicial, en el sentido que retardaba la
compenetración del mercurio con la plata, o la hacía imperfecta. Humboldt señaló por ejemplo que
en México se operaba mejor que en el Perú (E. Núñez y G. Petersen (eds.), El
Perú en la obra de Alejandro de Humboldt. p. 91), pero el mejor aprovecha-
miento del azogue en los centros mineros mexicanos, como Guanajuato y
Zacatecas, pudo obedecer a que el clima era ahí mucho más benigno que en
las minas peruanas, ubicadas sobre 4000 metros de altura.
[31] El Mercurio Peruano, la revista peruana más importante del momento,
siguió con atención los experimentos y acogió una polémica entre Daniel Weber,
miembro de la expedición mineralógica, y “el buen serrano”, pseu- dónimo de un
minero que defendía el procedimiento local. Véase también un resumen en Fisher,
Minas y mineros; pp. 128-129.
[32] Citado en López y otros,
Arbitrios técnicos, p. 33.
[33] La frase es de Humboldt, en referencia a la explotación de la mina
de Huancavelica: p. 89 de E. Núñez y G.
Petersen (eds.), El Perú en la obra.
[34] Ibíd., p. 44.
[35] Es gracioso e interesante a
la vez el pasaje donde Humboldt cuenta
que en América se tiene a toda persona que no se exprese bien en castellano,
como inferior, o “indio”, por lo que los mineralogistas alemanes no eran bien
apreciados, ya que no se imaginaban que
fuera de España existían otros países donde la ciencia y la ilustración habían
hecho grandes progresos (p. 161 de Núñez
y Petersen (eds.), El Perú en la obra.
[36] Mercurio Peruano II, pp.
30-31. Carta fechada en Pasco el 10 de abril de 1791. Lima: Ed. facsimilar de
la Biblioteca Nacional del Perú, 1964.
[37] Archivo General de Indias,
Sevilla, A. de Lima, Leg. 1358, 1795. “Descripción Geognóstica del Cerro
Mineral de Hualgayoc”, f. 26vto.