Transferencia de tecnologías e Imperio. El caso de la minería andina en el siglo XVIII (2/3)
Historia | 22/11/2011



Aquel soldado de Pizarro

 

La misión Nordenflicht goza de varios estudios que han dado a conocer sus peripecias y circunstancias23. Compuesta  por una decena de ingenieros, alemanes en su mayor parte, ingresó al virreinato del Perú, en 1789, donde permaneció por espacio de veinte años, tratando de mejorar el laboreo de las minas y los procedimientos de beneficio argentífero.

Sus integrantes llegaron completos a Potosí, desde donde se dispersaron por diversos centros mineros, como Huancavelica, Hualgayoc, Recuay y Pasco.

En la evaluación de la Misión por parte de la historiografía ha predominado la palabra “fracaso”. En efecto, ello es así si consideramos que sus dos grandes  propósitos cuando ingresaron al reino: introducir el método de barriles (o “de Born”) para la amalgamación de la plata, y mejorar los trabajos de extracción de minerales en la minería subterránea,  mediante la  implantación de sistemas de izaje, como los malacates, y de desagüe, no se realizaron, salvo en una mínima parte24. Como causa del fracaso, se ha mencionado “el conservadurismo” y apego a la tradición de los mineros  peruanos, la falta de tacto de los ingenieros extranjeros en sus relaciones con la sociedad local, la falta de un decidido apoyo por parte de las autoridades estatales y las particularidades del medio andino, entre las que se ha resaltado el aislamiento de los campamentos, la escasez de ciertos insumos importantes para el nuevo método, como la madera y el hierro, y la carencia, en conse- cuencia, de buenos artesanos en el trabajo de estos materiales, carpinteros y herreros25.

También ha sido expuesta otra postura más extrema y nacionalista, en el sentido de señalar que, dadas las circunstancias locales, la tecnología que la Misión trató de implantar, especialmente en cuanto al sistema de beneficio, era inferior a la vigente en México o el Perú, donde predominaba el llamado “método de patio”26. Sencillamente, se trató de implantar por el prejuicio de que las técnicas europeas tenían que ser superiores a las  americanas. Esta interpretación nos recuerda el concepto de “tecnología apropiada”, de acuerdo al cual, un paquete tecnológico debe tomar en cuenta la escasez o disponibilidad de los ingredientes necesarios. En este sentido, el fracaso de la Misión  habría sido en verdad el fracaso de una empresa insensata, como fue tratar de introducir una tecnología  inapropiada para el medio27.

Las reformas de la Misión Nordenflicht no eran inaplicables en el Perú, como lo prueba el hecho de que varias de ellas  llegaron a implantarse muchas décadas  después. El problema es que demandaban una gran in- versión inicial, exigían escalas de operaciones mayores y demandaban, como se ha dicho ya, el  concurso de operarios más diestros en la construcción y reparación de la nueva maquinaria. A  ello debemos añadir que la estructura  social de la producción minera era en la región andina poco funcional a la implantación de tecnologías de escala, y que el intento de transferencia tecnológica se dio en medio de un conflicto entre los producto- res mineros y la administración imperial por cuestiones de autonomía y fiscalidad.

Para entender a la minería andina de la se gunda mitad del siglo XVIII, debemos separar las fases de la extracción de los minerales, de la de refinación o beneficio de los minerales.   En la primera había operado una suerte de degradación  social de la  producción, en la medida que lo predominante no eran empresarios sino pallaqueros, capchas  o, como diríamos hoy, “microempresarios”. En  otras palabras, las minas no eran trabajadas por empresas que contrataban operarios quienes, bajo la dirección de un ingeniero o capataz, iban desprendiendo los minerales de acuerdo a un plan establecido. En todo caso, las empresas de ese tipo eran muy escasas28. Lo predominante en Potosí, Huancavelica, Pasco o Hualgayoc (las principales minas peruanas y altoperuanas) era que los mineros con derecho legal a explotar las labores arrendasen la mina a  los operarios  indígenas, quienes trabajaban en parejas, o en grupos un poco más numerosos, llamados cuadrillas. A esta situación se había llegado por lo difícil que era para el empresario conseguir trabajadores y controlar el mineral extraído por éstos; prefería entonces no arriesgar salarios (relativamente altos), sino simplemente cobrar una renta a quien quisiese meterse a la mina a desprender minerales.

Un  escenario como ése era de lo más inapropiado para implantar planes de explotación subterráneos, con  pozos en cuya boca pudiesen ubicarse tornos de izaje o malacates, con calles  comunicándolos entre sí, o con suaves pendientes para facilitar el traslado de los minerales, ya que toda esa maravilla hubiese exigido que los “dueños” de las minas (llamados genéricamente “mineros”) se convirtiesen efectivamente en empresarios, como alguna vez lo habían sido, hasta la crisis de la minería hacia 1700. Los mineros podían interesarse en volver a ser empresarios, pero la metamorfosis requería de una varita mágica llamada capital, recurso escasísimo, y por lo mismo costoso, en el reino.

En la fase de refinación sí existían las empresas, aunque coexistían al lado de pequeños empresarios que  hacían su propia refinación, con métodos sencillos y de tecnología divisible (como “quimbaletes” o  pequeños hornos “huayras”). Los empresarios de esta fase, conocidos como “azogueros” o “señores de ingenios”,  recurrían al  método de amalgamación de  patio, por el cual los minerales, una vez molidos en un ingenio, movido por lo general por caídas de agua, eran mezclados en un “circo” de piedra (llamado también “patio”) o en un “buitrón” (cajón de madera) con azogue, sal, agua y algunos otros ingredientes más variables (cieno, limaduras de hierro o  de  cobre, etc.). Conseguir   una buena mezcla de esta masa era una de las claves del éxito del proceso. Hasta el siglo XVIII y todavía hasta el final de la vigencia del método de  patio, un siglo  después, se empleó para la mezcla a los indios “repasiris”, quienes debían caminar durante horas  en el “fango” creado por los ingredientes para mezclarlos bien. La inventiva local fue muy generosa en recursos alternativos. Se intentó introducir caballos “repasiris” con los ojos vendados, máquinas de “repaso” o soluciones que calentaban la masa, ya poniéndole fuego debajo de los buitrones, o cubriéndolos con pellejos de carnero para defenderla del frío de las alturas andinas29.

Una vez conseguido que el azogue hubiese absorbido la plata contenida en los minerales (lo que se comprobaba en una suerte de prueba de laboratorio), se lavaba la masa, rescatando sólo “la amalgama”; esto es, la plata mezclada con el azogue o mercurio, y se depuraba el mercurio en un horno “desazogador”. La ventaja principal de este método, patentado en México  en la segunda mitad  del siglo XVI, era que se trataba básicamente de un procedimiento de refinación “en frío”. Sólo en el momento de separación del azogue de la plata se utilizaba calor, pero puesto que el azogue se sublima (pasa del estado sólido al gaseoso) a baja temperatura, bastaba para ello un fuego “manso”, como el que podían mantener el ichu o la taquia.

El procedimiento “de Born” o “de barriles” no hacía otra cosa que reemplazar el circo  de piedra o el cajón de madera (es decir, el patio o el buitrón)  por unos  barriles grandes de madera y forrados  de cobre en su interior,  que giraban  movidos por un ingenio. Este movimiento conseguía una mejor mezcla, y sobre todo más rápida, de los ingredientes, mientras que los barriles de madera defendían a la masa del frío30. De acuerdo a lo ofrecido por la Misión  Nordenflicht, el método  de barriles debía conseguir recuperar más plata de los minerales, en  menos  tiempo y con menos pérdida o consumo de azogue, que era el ingrediente más caro en los beneficios “en frío”. Los experimentos realizados en Lima y Potosí no fueron, sin embargo, contundentes al respecto31.

Aquí se mezcló, no obstante, lo técnico con lo social y con lo político. Entre las palabras más frecuentes en los informes de los miembros de la expedición mineralógica así como en los de los  viajeros europeos y autoridades metropolitanas acerca del país, o más concretamente las  minas, figuraron términos como “rusticidad”, “ignorancia”, “impericia”. Una  de las frases más elocuentes de la actitud metropolitana hacia los mineros locales fue la de Santiago de Urquizu, comisionado del Tribunal de Minería,  quien reseñó que hablarles de técnicas a los mineros sería “como si hablásemos de colores a los  ciegos de nacimiento”32.

El  desdén por las técnicas y saberes locales se aplicaba a varios ámbitos:  las “vanas formalidades” en la  administración33, las costumbres disipadas de la elite social o los métodos para desaguar una mina. Con gran efecto, Alejandro de Humboldt, quien podría ser considerado la cabeza  emblemática de este espíritu, remató así uno de sus retratos de un asiento minero de los Andes: “Todo el ambiente recuerda allí a aquel soldado de Pizarro, que después del saqueo de los templos del Cuzco se dolía de haber perdido en una noche “un gran pedazo del sol”, que así llamaban a una placa de oro”34. La cita evoca irracionalidad, disipación, violencia. La minería americana no era para el científico germano un ejercicio productivo de la civilización, antes bien: el acto en el cual el guerrero español arrebata por la fuerza al nativo americano su tesoro. Los miembros de la expedición  mineralógica fueron los principales informantes de Humboldt en el Perú; en cierta forma, el testimonio de este viajero y científico recogió el pensamiento de aquellos, quienes por ser empleados del rey se hallaban más  limitados para emitir una opinión.35  Para el sabio alemán, como en verdad para muchos observadores europeos de la realidad andina, los mineros del siglo XVIII no se diferenciaban todavía de los soldados de Pizarro de dos siglos y medio atrás.

Un   “leitmotiv” en los informes de los ingenieros de Nordenflicht  fue la  necesidad de redimir el trabajo de los indígenas en la minería. Nordenflicht se refiere así al “costoso y bárbaro método de los carguiches indíge- nas” en Huancavelica, que debían sacar los minerales de los socavones a la bocamina. Un minero de Pasco defensor del método alemán de los barriles y que parece hablaba más bien como agente de los  ingenieros sajones, envió una carta al Mercurio Peruano, en 1791, donde defendía el nuevo método, manifestando que:

“liberta a los infelices Indios de un  trabajo desmedido como es el de repasil en el buitrón; punto digno de  la  mas seria consideración. Un operario de esta clase, destinado á incorporar los metales con el azogue, trabaja desde las seis de la mañana hasta las quatro de la tarde, descalzo de pie y pierna, amasando sus harinas á fuerza de patadas en unas oficinas, que están á campo descubierto en medio de las  cordilleras,   donde la nieve, el granizo, la escarcha, y en algunas partes el agua caen sobre estos miserables desde que empieza el trabajo hasta que finaliza. La inclemencia del cielo y del clima arruinan su salud. No es éste el único daño que experimentan; porque introduciéndoseles en el continuo repaso de las partes  metálicas, y en  especial el azogue por los poros de la piel les causas vaguidos, perlesías, paralysis, cólicos y otros muchos males”36.

En  todo proceso de sustitución técnica en el que se quiere desplazar mano de obra por capital o maquinaria, el argumento humanitario ha sido, desde luego, recurrente. El flagelo del desempleo resulta en nuestos días un contrapeso a esa tendencia, pero cuando en virtud de una favorable relación hombre/ tierra éste no existía, un poderoso elemento legitimador de una técnica  ahorradora de trabajo humano era el alivio de los operarios que gracias al nuevo artificio se librarían de tareas agotadoras y penosas. No digo que se haya tratado de un argumento cínico, movido sólo por el interés económico de vender una nueva técnica. La propia sensibilidad de los hombres se veía afectada y formada por el avance  técnico. Cualquier  trabajo  que hoy puede hacer una máquina nos parece inconcebible, duro y/o degradante que lo tenga que hacer una persona; trátese de mover bultos, limpiar pisos u ordeñar vacas. Para la sensibilidad del europeo de las postrimerías del siglo XVIII, el trabajo de los hombres en las minas andinas, y más aún si quienes lo ejecutaban estaban marcados por ser todos de una misma raza, como condenados, debió resultar digno de conmiseración o francamente repulsivo. Federico Mothes, uno de los ingenieros de Nordenflicht, destacado en Hualgayoc, anotó así en  1795, al informar sobre la forma de extracción de los minerales, en cueros de vaca sobre las espaldas de los “apiris”, a través de escaleras de cuerdas o arrastrándose por estrechos corredorres: “La razón del hombre más sensato se para aquí por qué entre tantos hombres que hay en este Mineral no han discurrido algún otro medio mas facil y menos costoso para la extracción de los Minerales”37. En las minas centroeuropeas de la época, los minerales se extraían mediante tornos de izaje o usando carros sobre rieles, tirados por mulas. Aunque siglos antes, seguramente también lo hicieron como en las minas de los Andes, sobre las espaldas de los obreros.

De otro lado, parece que en la minería peruana no hubo propiamente casos de “ludismo” (resistencia de los trabajadores a la modernización técnica) motivados por el  desempleo, ya que, como antes quedó dicho, el desempleo no existía propiamente en el país. Pero sí se presentó otra dimensión del “ludismo”, cual fue defender la productividad del trabajo (en el sentido de esfuerzo físico del  operario) como un espacio de  negociación entre los empresarios y los trabajadores. Las tecnologías americanas, sobre todo en el Perú, demandaban poco capital y mucho trabajo físico, aunque ambos recursos eran escasos. En la medida que las tecnologías europeas mecanizaban muchos procedimientos, como el izaje de los minerales de las minas, o la agitación y mezcla de la pella en el proceso de amalgamación, la dosis de esfuerzo o rendimiento físico del operario dejaba de ser un arma para él en su lucha frente al empresario por una mejor retribución.

 

Parte 1/3 

Parte 3/3


[24] En Recuay logró implantarse el método de los barriles, según refirió Humboldt en su relato de viaje por la zona, c.1800 (véase Estuardo Núñez y George Petersen (eds.), El Perú en la obra de Alejandro de Humboldt. Lima: Studium, 1971;  p.  92).  En  la segunda mitad del siglo  XIX ya había otros mineros que empleaban el método. Véase mi trabajo “El  reemplazo del beneficio de patio en la minería peruana, 1850-1913”. En  Revista de Indias 216. Madrid: CSIC, 1999.

[25] Véase especialmente John  Fisher, Minas  y  mineros, cap. 4; y Marie Helmer, “La mission Nordenflycht”. Miguel Molina, en “Ciencia  y minería”, expresa una  opinión menos dura acerca de los resultados de las expediciones mineralógicas: “Aunque su incidencia sobre el volumen de producción no esté todavía totalmente determinado (…) es cierto que muchas deficiencias existentes en las labores extractivas y de beneficio fueron corregidas y que se introdujeron algunas novedades técnicas” (p. 231).

[26] Véase Assadourian.

[27] El   asunto de las tecnologías apropiadas  contiene, sin embargo, también puntos polémicos, ya que los ingredientes escasos pueden importarse o trasladarse, de modo que en el largo plazo la clasificación de  las tecnologías en “apropiadas” o no, se vuelve discutible. En el largo plazo, cualquier tecnología puede volverse apropiada.

[28] Sobre la minería andina del siglo XVIII, véase Enrique Tándeter, Coacción y mercado. La minería de la plata en el Potosí colonial, 1692-1826. Cuzco: CBC, 1992; asimismo, puede verse mi trabajo Los mineros y el rey.

[29] El tema del “arbitrismo” minero ha sido estudiado por María Dolores Fuentes Bajo, “Las últimas manifestaciones del proyectismo en la minería peruana”. En Historiografía y bibliografía americanista XXX:  1. Sevilla: 1986. Sobre los aspectos propiamente  técnicos, versa el ya citado trabajo  de Leonor Cisneros y otros, Arbitrios técnicos. Véase también el artículo de Tristan Platt, “Historias unidas, memorias  escindidas:  las empresas mineras de los hermanos  Ortiz y la construcción de las élites nacionales. Salta y Potosí, 1800-1880”. En   Margarita Menegus  Bornemann (coordinadora), Dos   décadas de investigación en historia económica comparada en América Latina. Homenaje a Carlos Sempat Assadourian. México: El Colegio de México, CIESAS, Instituto Dr. José María Luis Mora y UNAM, 1999.

[30] Nunca fue muy claro el efecto del frío sobre la masa de la amalgamación. En general se juzgaba perjudicial, en el sentido que retardaba la compenetración del mercurio con la plata, o la hacía  imperfecta. Humboldt señaló por ejemplo que en México se operaba mejor que en el Perú (E. Núñez y G. Petersen (eds.), El Perú en la obra de Alejandro de Humboldt. p. 91), pero el mejor aprovecha- miento del azogue en los centros mineros mexicanos, como Guanajuato  y  Zacatecas, pudo obedecer a que el clima era ahí mucho más benigno que en las minas peruanas, ubicadas sobre 4000 metros de altura.

[31] El Mercurio Peruano, la revista peruana más importante del momento, siguió con atención los experimentos y acogió una polémica entre Daniel Weber, miembro de la expedición mineralógica, y “el buen serrano”, pseu- dónimo de un minero que defendía el procedimiento local. Véase también un resumen en Fisher, Minas  y mineros; pp. 128-129.

[32] Citado  en López y otros, Arbitrios técnicos, p. 33.

[33] La frase es de Humboldt, en referencia a la explotación de la mina de Huancavelica: p. 89 de E. Núñez y  G. Petersen (eds.), El Perú en la obra.

[34] Ibíd., p. 44.

[35] Es   gracioso e interesante a la vez el pasaje  donde Humboldt cuenta que en América se tiene a toda persona que no se exprese bien en castellano, como inferior, o “indio”, por lo que los mineralogistas alemanes no eran bien apreciados, ya que no se  imaginaban que fuera de España existían otros países donde la ciencia y la ilustración habían hecho grandes progresos (p. 161 de Núñez  y Petersen (eds.), El Perú en la obra.

[36]  Mercurio Peruano II, pp. 30-31. Carta fechada en Pasco el 10 de abril de 1791. Lima: Ed. facsimilar de la Biblioteca Nacional  del Perú, 1964.

[37]  Archivo General de Indias, Sevilla, A. de Lima, Leg. 1358, 1795. “Descripción Geognóstica del Cerro Mineral de Hualgayoc”, f. 26vto.

Comentarios

1 - María Angélica Rivera Baeza - 23/11/2011 08:53
Felicitaciones por estos artículos, un placer leer tan informada fuente de historia y cultura.
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