La respuesta del estrés depende, en
gran medida, de la capacidad que tiene un organismo para detectar posibles
amenazas. Eso implica que los receptores sensoriales se agudizan.
Se produce un sesgo atencional que,
por otro lado, facilita la detección e identificación de la amenaza, sobre todo
en casos de cierta ambigüedad.
La respuesta del estrés es adaptativa,
nos ayuda a reconocer los peligros, las amenazas, los posibles daños, pero ¿qué
sucede cuando, tras esa detección, el sujeto no genera estrategias de control
sobre su vigilancia para evitar la preocupación permanente?.
Dejamos de prestar atención a otros
estímulos, nos centramos en aquellos que han disparado nuestra respuesta,
mantenemos al organismo en una situación de alerta constante, acelerando
nuestro ritmo cardíaco, elevando la presión sanguínea y aumentando la sangre
hacia el cerebro para satisfacer las necesidades energéticas que éste exige en
situaciones de estrés.
Una situación estresante prolongada
altera la memoria, desconecta las redes neuronales, debilitándolas. La
capacidad de procesar información disminuye por lo que el rendimiento cognitivo
e intelectual se resiente.
El objetivo sería, una vez captada una
situación como amenazante, valorar los recursos que tenemos para hacer frente a
la demanda, determinar la capacidad de control que poseemos y los recursos de
afrontamiento disponibles. Pero sobre todo, comprobar que tal amenaza lo es en
realidad.
Si comprobamos que esa situación que
detectamos como amenazante no lo es porque podemos con ella, la respuesta de
estrés finaliza y el organismo vuelve a su equilibrio. Cuando esa situación
estresante desaparece, la hormona del estrés frena su propia producción, se inhibe
la actividad de cortisol. Se restablece el equilibrio del sistema una vez
pasado el peligro, los valores hormonales vuelven a su nivel, las glándulas
suprarrenales disminuyen su actividad; la respiración, el pulso y las funciones
digestivas se normalizan y el hígado y los riñones metabolizan el exceso de
cortisol.
Una persona con un alto rasgo de
ansiedad mantendrá el sistema de alerta ante la incapacidad de controlar la
situación y generar respuestas adaptativas adecuadas.
Reconocerá amenazas en todo aquello
que le rodea y anticipará la creencia de nuevas amenazas, creándose un círculo
vicioso.
La percepción de controlabilidad sobre
un evento estresante incremente la producción de cortisol (necesario para
esfuerzo y afrontamiento) mientras que percibir incontrolabilidad de una
situación produce aumentos de adrenalina, noradrenalina y cortisol. Los altos
niveles de adrenalina están asociados a experiencias de ansiedad y percepción
de amenaza.
Cuando se percibe control el organismo
se prepara para afrontar sin generar ansiedad ni amenaza; en caso contrario el
organismo responde con ansiedad anticipatoria. Las personas con un elevado
rasgo de ansiedad generan pensamientos de preocupación que consume gran parte
de la capacidad del organismo en su respuesta motora y cognitiva, dejando
disminuidos procesos tales como la percepción, la atención, la memoria, los
valores o la personalidad.
Conclusión:
La respuesta del estrés tiene un
significado evolutivo y es básica en el repertorio de la especie pero en el ser
humano se ha convertido en una respuesta con un alto peso subjetivo e
interpretativo, asociado a un entorno sociocultural.
Esa respuesta, queda desajustada en la
interacción del ser humano con el ambiente.