Cuántas
veces se debate sobre la conveniencia de incentivar el uso de la bicicleta,
pero yo quiero replantear esto y preguntar: ¿existen argumentos para no diseñar
una estrategia de transporte metropolitano que no tenga a la bicicleta como
elemento central? Veamos.
Costo: prorrateando el costo de una bicicleta en su vida útil, resulta una suma de entre US$ 2 a US$ 4 al mes. Moviéndose en transporte público, una persona en Santiago gasta del orden de US$ 60 mensuales. Un estudio de El Mercurio estimó en US$ 310 mensual el costo de mantener un auto en Santiago. Si se fija bien, lo anterior no incluye depreciación, costo de capital ni arriendo de estacionamiento. En otras palabras, si el Estado se empeña en velar por los intereses de los sectores más vulnerables, la bicicleta deberá necesariamente ocupar un lugar prioritario dentro de la estrategia de transporte metropolitano. En palabras del ex alcalde de Bogotá, Enrique Peñalosa: “Una ciclovía es un poderoso símbolo de equidad, pues muestra que un ciudadano en una bicicleta de 30 dólares tiene la misma prioridad que otro en un auto de 30.000 dólares”[1].
Espacio: en Santiago, como en toda gran ciudad, el
espacio es un bien escaso. Las zonas más apetecidas se hacen inalcanzables para
los sectores vulnerables, expulsándolos a la periferia. Adicionalmente, se crea
una presión por expandir la ciudad, alimentada fuertemente por los intereses
inmobiliarios. Recientemente, en Santiago se aprobó un nuevo plan regulador que
amplió el límite urbano. Resulta que dos pistas de ciclovía de 2 metros de
ancho dan abasto para 10.000 bicicletas por hora. Dos pistas de autos de 3 metros
de ancho cada una pueden soportar de 1.000 a 2.000 autos por hora[2]. Entonces resulta que el transporte en
bicicleta tiene una eficiencia en el uso del espacio de 8 a 15 veces en
comparación al transporte en auto. Y en el espacio que ocupa un auto
estacionado, caben de 10 a 12 bicicletas. O sea, estamos dedicando un
porcentaje demasiado grande de la superficie de las ciudades a los autos en
desmedro de las personas.
Producto
de lo anterior surge nuevamente el tema costo, pero ahora como gasto público:
el uso del auto viene acompañado, aparte del gasto privado, de infraestructura
vial que hace posible el uso del auto. Entonces, una persona que se transporta
en auto requiere de 8 a 15 veces más pavimento que una que se transporta en
bicicleta. Entonces, uno se pregunta cómo una sociedad se puede permitir
destinar tantos recursos para movilizar a un sector de la población que
se puede permitir gastar US$ 310 mensuales en transporte privado, considerando
sólo gastos variables, mientras paralelamente hay tantas deficiencias, en
salud, educación, previsión y otras áreas.
Salud y medio ambiente: el sector energía es
responsable de 81% del
inventario de Gases de Efecto Invernadero (GEI) en Chile. Dentro de este, se encuentran
los subsectores transporte y generación. Transporte está sólo un poco por
detrás de generación y es responsable por sí solo de 22% de las emisiones de
CO2 de Chile. Pero adicionalmente, el sector transporte es mucho más nocivo
para las personas: los autos no tienen filtros tan sofisticados como una
central, no son sujetos de un EIA y están dentro de las ciudades. Si el Estado
quiere atender a su responsabilidad de garantizar el derecho a vivir en un
ambiente libre de contaminación, por cierto que deberá priorizar la bicicleta
por sobre el auto.
Energía: cada km viajado arriba de un auto consume
60 veces más energía que ese mismo km viajado en bicicleta (Jan Gehl, Cities
for people). Y estamos comparando energía proveniente de la combustión de
petróleo con la de un saludable desayuna de cereales y fruta. ¿Se puede
permitir este derroche un país que importa tres
cuartas partes de su energía primaria? ¿Es razonable que una persona transporte
aparte de sus propios 70 kg, otros 1.200 a 2.000 kg de fierro, en lugar de los
10 – 15 kg que pesa una bicicleta?
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Foto: Rodrigo Unda
en DMSA, gentileza de Bicicultura. |
Tiempo de traslado: en la Encuesta Origen
y Destino de Viajes 2001, se midió el tiempo promedio de traslado de
un vehículo privado en hora punta en Av. Vicuña Mackenna. La velocidad promedio
del trayecto fue 23 km/h. Un traslado promedio en Santiago tiene una duración
de 24 minutos en transporte privado y 45 minutos en transporte público. Todos
estos datos son referidos a una época cuando en Santiago había menos de la
mitad de los autos que hay en la actualidad. En algunos países europeos, los
semáforos están sincronizados a 20 km/h, velocidad considerada adecuada para los
ciclistas[3]. O sea, un sistema de ciclovías con
semáforos sincronizados puede entregar una velocidad de transporte casi igual a
la del transporte en auto privado y superior a la del transporte público. Y no
está considerado el tiempo de buscar estacionamiento o salir de un
estacionamiento subterráneo en hora punta, que puede ser
considerable.
En
resumen, poco se entiende el favor del que gozan los autos en nuestras
políticas públicas, más allá de que la venta de autos
y construcción de carreteras hacen crecer el PIB, directa, e
indirectamente, pues también elevan los gastos en salud.
¿La solución es
entonces eliminar los autos? Pese a todo lo planteado, no, no es ese mi
planteamiento. El auto es y seguirá siendo necesario. Podrá ser la mejor manera
de ir a la playa, a la montaña, puede que incluso para salir de noche. Pero es
una mala idea diseñar las ciudades en función del auto. Hay alternativas más
económicas, eficientes, seguras, saludables, amigables y democráticas para
articular las políticas de transporte urbano.
Por Renato
Valdivia, Ingeniero, cofundador de la plataforma de información y discusión de
energía y el mercado eléctrico en Chile, Central Energía.
[1] Cities on
Speed, Bogotá Change.
[2] Jan Gehl, Cities for people.
[3] Jan Gehl,
Cities for people.
Publicación original en LaBici:
http://blog.labici.cl/2011/10/la-irracionalidad-de-no-moverse-en.html


