La transformación permanente de
la economía, que nos ha llevado en los últimos tiempos a una visión
individualista, en donde los empleos formales y a largo plazo están perdiendo
terreno frente las iniciativas particulares, nos ubica en un punto en el que
todos necesitamos desarrollar una cultura emprendedora que nos permita romper
la dependencia de las fuentes tradicionales de empleo, que hoy soy
insuficientes para cubrir las necesidades de trabajo. Cada vez resulta más
complicado conseguir empleos estables, con proyección a largo plazo y con las
condiciones para que se mantenga un nivel de ingresos que asegure una buena
calidad de vida.
Y un condicionante aún más
poderoso se da con la transición de la riqueza desde las economías primarias y
las industriales hacia la economía del conocimiento, en donde todo gira en
torno a la capacidad de saber: los empleos mejor pagados no dependen de la
manufactura sino de la mente-factura, pues es la generación de conocimiento la
que va a la vanguardia en cuanto a generación de riquezas.
En este contexto de pocas
oportunidades laborales formales y estables, y de una enorme competencia, se
necesita tener mucha iniciativa propia: desarrollar proyectos, proponer ideas,
abrir negocios y convertir el esfuerzo en una empresa que genere ingresos y
autoempleo. Los sectores públicos están saturados de contratados, las
multinacionales tienen periodos cortos de contratación y, en cambio, las
microempresas siguen aumentando su presencia y cubriendo una buena parte de las
necesidades desatendidas.
La pregunta que debemos hacernos
es si tenemos la cultura del emprendedor, del que busca, idea, propone y
realiza a partir de lo que tenga. Y tener una cultura emprendedora no implica
sólo hacer una microempresa, sino buscar en forma constante la innovación, la
alternativa, el progreso y la visualización de los tiempos. Cuando logramos que
una sociedad se destaque por sus iniciativas, por sus emprendimientos y por la
concreción de proyectos, entonces podemos hablar de que estamos ante una
cultura emprendedora, con comunidades inquietas que no se conforman con empleos
formales ni oportunidades dependientes del Estado. Pero cuando sólo pocos
emprenden y muchos dependen, con iniciativas aisladas se logran resultados
aislados y esto deja a diversos sectores a merced de ofertas laborales que
sabemos insuficientes.
La economía competitiva actual
nos exige ser creativos, visionarios, independientes y autosuficientes en la
generación de nuestras oportunidades. Y esto debe impulsar a una cultura
emprendedora, en la que no dependamos del Estado, del pariente, el amigo o el
correligionario. Al contrario, nos urge una capacidad propia de interpretar los
tiempos y visualizar las necesidades y potencialidades de crecimiento, para
emprender proyectos y lograr ponernos a la vanguardia en sectores estratégicos.
Sin embargo, un problema de fondo
en los países latinoamericanos es que nuestros sistemas educativos son
deficientes y nuestros profesionales son poco competitivos, además de que
existe un elevado porcentaje de la población que no logra adquirir más que
conocimientos elementales. Ante este panorama, nuestra capacidad de emprender
siempre estará limitada: por eso la enorme informalidad, pues ante la falta de
empleos formales la salida más fácil parece ser el comercio de cualquier tipo
de producto, pues falta capacidad para una empresa más ambiciosa. Esto genera
emprendimientos endebles, con microempresas sin mucha capacidad de maniobra, a
merced de sistemas financieros inflexibles y ante la amenaza constante de que
una mala coyuntura acabe con el negocio.
Sin profesionalizar a nuestra
mano de obra, sin generar expertos disciplinares, competitivos y visionarios,
difícilmente podamos lograr una cultura emprendedora que nos saque de los
problemas de dependencia económica de sectores tradicionales. Y ante las
necesidades actuales del mercado, esto implicará que muchos segmentos de la
población se mantendrán en condición de pobreza, sin empleo o con empleos mal
pagados, informales y muy inestables.
Tenemos que enseñar dos cosas
fundamentales: a saber, y a saber hacer. El sólo hacer ya no es suficiente para
este mundo competitivo.
Publicado en el suplemento especializado en economía y negocios
“Estrategia”, del Diario La Nación, de Paraguay