Eso de hablar de revolución no es
tan nuevo ni tan revolucionario como algunos creen. Hacia el siglo IV antes de
Cristo, Platón ya sostenía que las revoluciones derivaban en crueles tiranías
cuando los ciudadanos en su pretensión de alcanzar la igualdad política y
económica terminaban poniéndose en manos
de un líder que los ayudara a expoliar a los ricos. Para Aristóteles la tiranía
consistía en una degeneración de la monarquía, que se originaba cuando el
gobernante perdía de vista el bien común y terminaba gobernando para él y sus
más íntimos amigos y familiares. Y aunque en las revoluciones también vio éste un
problema de desigualdad, de forma más realista que su propio maestro no olvidó tampoco
que muchas de ella tenían su causa en las debilidades propias de los humanos y
los encantos que toda la vida ha poseído el poder. El gran defecto o virtud (pues depende desde donde se mire) de esas
visiones que poseían los antiguos sobre el mundo político, obedece a la
concepción cíclica que tenían sobre la marcha del mundo y la historia. A sus
ojos, aristocracia, monarquía y república se sucedían unas a otras
continuamente, y las revoluciones no eran más que la interrupción de una forma
de gobierno para comenzar otra ya previamente conocida. Pero en lo sustantivo
no había mejora ni progreso. Las categorías de evolución y progreso en los
asuntos humanos y políticos, sólo fueron introducidas por el mundo moderno a
partir de la Revolución Francesa y posteriormente apuntaladas por Hegel y su discípulo Marx.
Con todo, lo que quería destacar a
la luz de los acontecimientos actuales
es que esa imagen del líder salvador que termina convirtiéndose en
tirano, ya era conocida por nuestra cultura desde tiempos muy remotos. También
en ese subgénero literario llamado “novelas de dictador”, en el que encontramos obras como Tirano Banderas, de Ramón del Valle-Inclán´, El señor Presidente, de Miguel Ángel Asturias o La Fiesta del Chivo, de Mario Vargas
Llosa, hay una que señala este
particular fenómeno. Yo el supremo es la
obra cumbre del escritor paraguayo Augusto Roa Bastos (Premio Cervantes de 1989),
que describe la vida de José Gaspar Rodríguez de Francia, mejor conocido como
el Dr. Francia, prócer de la independencia del Paraguay y quien terminará
siendo uno de los seres más despóticos de los que ha tenido noticia el
continente (y mire que ha tenido).
El Dr. Francia, quien fuera un
nacionalista revolucionario, un héroe de la independencia de Paraguay y que
contaba con un gran apoyo entre sus conciudadanos, entre otras cosas por atacar
tanto a la oligarquía criolla como peninsular y repartir sus tierras entre los
campesinos, terminó convirtiéndose en un ser vengativo y sumamente cruel, que,
entre otras cosas, controlaba él mismo la salida o entrada a su país de sus
compatriotas paraguayos, quienes debían
solicitarle permiso parar ausentarse del
país y hasta para comprar o vender
alguna posesión. Se dice que cuando paseaba montado a caballo por La Asunción
no permitía que nadie más transitara por sus calles, y no le temblaba el pulso a
la hora de mandar a alguien preso. Incluso llegó a engrillar a uno de los
miembros de la familia de quien fuera su novia, por no haberle permitido casarse
con ella cuando era joven. Pero aparte de toda esta represión interna, mantenía
también una red de espías en el extranjero que le permitía atajar a tiempo las
conjuras y las críticas hacia su gobierno.
Todo esto me ha venido a la mente
cuando pienso en lo que se terminó convirtiendo el Coronel Gadafi, quien de líder antiimperialista
de ideas socialistas, presunto sucesor de Nasser y por momentos dirigente fundamental
de los países no alineados, terminó convirtiéndose un ser esperpéntico y
caprichoso que mantenía a su pueblo desinformado y sometido a sus más disparatados caprichos y los de su
familia. Esto parece ilustrarlo muy bien esa imagen
caricaturesca que exhibió en sus últimos años, donde se le veía abotagado, con un rostro deformado por el Botox, oculto tras
unos lentes oscuros y alisándose el
pelo como si fuera un ídolo pop; un ser completamente diferente a aquel joven
atlético de 30 años que en 1969 fue parte del derrocamiento del rey Idris y
aclamado por su pueblo como el “líder de
la revolución”. Como dicen por allí: no hay nada que los antiguos griegos no hayan
visto ya.