Educar y criar son tareas cansadas y complicadas. En
ocasiones el cansancio, otras por la falta de tiempo, en otras por el carácter
del hijo o por las circunstancias… Pero lo que nos debe quedar claro, es que
gritar no es un recurso educativo adecuado, ni para el hijo ni para los padres.
Por qué gritamos
Los gritos son un recurso fácil al que acudimos
demasiado frecuentemente. Varias son las supuestas ventajas de gritar:
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No requiere de un desgaste
intelectual para su uso
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Consigue su objetivo a corto plazo,
que es conseguir la atención del hijo
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Infunde un carácter de autoridad al
que lo utiliza
Es sencillo de
utilizar
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Le confiere mayor importancia a la
situación que ha causado el grito…
La cuestión es que no sopesamos los supuestos
“beneficios” de gritarles con los reales perjuicios que pueden ocasionar.
Qué ocasiona el gritar
Nunca deberían utilizarse como un recurso educativo.
Solamente son excusables, cuando de forma instintiva les utilizamos ante una
amenaza o peligro en el que nos vemos envueltos o bien puede afectarles a
nuestros hijos. El ejemplo más común: el niño va corriendo por la acera en
dirección al paso de cebra y no se para; es normal que peguemos un grito para
alarmarle y conseguir que se pare antes de exponerse al peligro de atropello.
Los perjuicios que produce cuando se utiliza
frecuentemente son los siguientes:
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En niños pequeños y bebés, los cuales
todavía se están desarrollando, los estudios han demostrado que perjudica y
altera el sistema nervioso, pudiendo producir afecciones importantes a larga
distancia en la maduración del mismo.
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Los niños aprenden que es un método
válido para conseguir las cosas, que es un recurso útil, eficaz ante conflictos
y situaciones que requieren intervención, por lo que es altamente probable que
comiencen a utilizarlo.
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Los gritos pierden su efecto de
posible modificador de conducta en el momento que se utilizan de forma
repetida, ya que el niño se habitúa, y se convierte paulatinamente en alguien
que los usa y no sabe hablar en un tono normal.
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Hablan muy poco de la capacidad de
educar de los padres que lo utilizan de forma habitual.
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Utilizar los gritos de forma repetida
lo único que consigue es mantener al niño en un estado de estrés y de
nerviosismo, completamente perjudicial para su desarrollo.
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Puede llegar a considerarse una forma
de maltrato infantil, y esto sí tiene repercusiones en la personalidad del
niño.
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Según estudios, un método educativo
que utiliza de forma continua los gritos, puede desencadenar en el futuro del
niño problemas de salud mental como la depresión y la adicción a sustancias y
alcohol.
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El uso de los gritos también consigue
que nos estresemos y nos pongamos nerviosos nosotros, los padres,con lo que se
convierte en una espiral que aumenta.
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Los niños se acostumbran a obedecer
solo cuando se les grita, para ello, antes les repetiremos inútilmente las
cosas 30 veces, y en la 31ª, gritaremos. Al cabo de un tiempo esta espiral
arrastra a los padres, y en vez de gritar a la 31 gritan (o gritamos) a la 2ª ó
3ª, para ahorrarse el resto de las inútiles repeticiones. ¿Os parece adecuado
el sistema?
La labor de los padres es agotadora en ocasiones para
conseguir que obedezcan, pero dependen de la constancia, y no de
los gritos, el que lo consigamos de forma correcta. Nadie dijo que educar fuera
sencillo, pero las satisfacciones que nos dan nuestros pequeños lo compensan
todo.
Es curioso ver en el juego de los pequeños, como se
reflejan las actitudes y comportamientos que aprenden de los que les rodean. Cuando
un hijo/a juega castigando o gritando a sus muñecos, no suele ser un buen
síntoma.
Está claro que no vamos a poder controlar todas las
influencias que reciben nuestros hijos a lo largo de su vida y de su
desarrollo, y que son las que van conformándole como persona y generando su
carácter y su personalidad. Pero lo que también está claro es que aquellas que
sí podemos controlar son precisamente nuestras influencias, y dependen
exclusivamente de nosotros.
Consejos alternativos al uso de los gritos
Es muy difícil detener un grito cuando surge de forma
instintivamente como os lo he comentado anteriormente, pero en ocasiones los
usamos a menudo y acabamos por convertirlos en un hábito. Éste hábito sí es
controlable y extinguible, y depende de nuestra capacidad para educar de otras
formas, el que lo erradiquemos de nuestro repertorio como padres.
Algunos consejos que pueden ayudar a evitar su uso son
los siguientes:
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Algo que siempre os digo, antes de
dar el grito, aunque os haya roto algo de la casa, o haya pegado al hermano o
lo que sea que haya hecho, pararos un segundo y reflexionar, poneros en su
punto de vista y buscar los motivos de su actuación. A lo mejor desde vuestra
posición no es justificable su acto, pero sí desde la suya, y hay que tener en
cuenta que los niños viven el “aquí y ahora” sin contemplar las consecuencias.
Esto debe tenerse en cuenta para valorar sus actos, e intentar, siempre de
forma relajada, acercar su punto de vista al nuestro y viceversa.
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En la mayoría de los casos estaréis
dos, el padre y la madre. Es una enorme ventaja, ya que hay días que uno los
tiene peor y a lo mejor el otro está más relajado. Utilizad esto en vuestro
favor. Que actúe el que está más tranquilo y que éste sea el que saca de la
situación al otro hasta que se calme.
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Planificad y hablad bien las cosas
entre vosotros. Necesitáis saber cuáles son los límites y las normas que
proponéis en vuestra casa, la alianza y la unión entre los dos miembros de la
pareja es fundamental.
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Con todo esto no quiero decir que
haya que ser permisivo, que sería lo contrario a aquel que utiliza
constantemente los gritos, autoritario. La permisividad y la pasividad tan poco
son buenos ayudantes. El mejor es el estilo parental democrático. Os aconsejo
que leáis el artículo Estilos educativos de los padres: ventajas e
inconvenientes.
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Nuestros hijos son personas, y
merecen ser escuchados. No debemos convertir el ámbito familiar en un centro de
disciplina militar. Aprende a ser flexible.
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Por mucho que parezca increíble,
susurrarles o hablar en voz baja les puede desconcertar, y ayudará a que se
motiven a prestar atención. Yo mismo lo he probado con un grupo de 9 niños
desaforados en unas cuantas ocasiones y es completamente eficaz.
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No tenemos por qué tener siempre la
verdad absoluta de todo solo por ser padres. Por ello, cuando nos equivocamos,
aunque nuestro hijo tenga 3 añitos, es bueno reconocerlo delante de él y que
nos preste atención. Le enseñamos a reconocer errores.
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Para conseguir que tu hijo te
obedezca, lo más adecuado es motivar, reforzar con elogios todo aquello que
hace bien, corregir con el diálogo todo lo que hace mal y enseñarle siempre
cuál es la forma correcta de hacerlo.Aprende a utilizar otros métodos
educativos completamente válidos y eficaces.
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Aunque suene a tópico, canaliza tu
frustración, ira o tu rabia en otra actividad que sea más útil que gritarles.
Haz deporte, es una actividad que te beneficiará a ti y a ellos, o bien busca
otras actividades que te sirvan. Desde luego yo me quedo con el deporte, ayuda
a mantenerte sano y en forma, a la vez que te permite “quemar” esos excesos de
tensión física y psicológica.
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Hemos convertido los gritos en algo
habitual y por ello normal, cuando si lo pensamos, no debería serlo.
Si usáis los gritos como recursos educativos, con el
artículo no he pretendido que os sintáis culpables, solamente pretendo que
reflexionéis en este tema. No es conveniente gritarles, ni para ellos
ni para nosotros, y es algo que podemos controlar completamente. Habladlo y
pensad.