JAVIER DYSART
Vaya un lío que se ha montado con la nueva parodia etarra. Es tan claro como el agua cristalina que la proclama de intenciones está dirigida a los no iniciados, por eso sorprende tanto que los veteranos estén picando con tanto entusiasmo. Resulta lógico, incluso lícito, que los ánimos emerjan con júbilo en un grupo terrorista, cuando recibe señales de poder conseguir objetivos que viene demandando desde hace años. El resto de ciudadanos de bien deseamos que ETA desaparezca, deje de asesinar a inocentes, entregue las armas, sean juzgados sus integrantes, soliciten el perdón de las víctimas, y se integre en la sociedad democrática. Precisamente por eso, ante el anuncio bufón que hacen de ‘abandonar la violencia’, los convencidos, los menos convencidos, y los no convencidos quieren entender que puede ser verdad, pero ‘Largo me lo fiáis….’ como diría Don Juan.
Si por el contrario se refieren a que con el cese ‘definitivo’ no van a volver a utilizar las pistolas ni las balas en las nucas de inocentes, es cuando nos surge la pregunta, ¿y entonces para qué quieren las armas…? Si realmente renunciáis a utilizarlas, ¿para qué las queréis enfundadas o en los zulos? ¿Por qué no las entregáis y se acabó el cuento? Todo este rollo demuestra eso de bla, bla, bla…. O sea, lo de siempre cuando hay elecciones.
Además, toda esta pantomima ha venido envuelta de una representación perfectamente tramada. Primero se calientan motores con una demandada y esperada declaración de paz. Para recrear la parodia, perdemos unos días embobados en la magnífica oportunidad que nos brinda un equipo de ‘carísimos’ mediadores de dudosa filiación. Seguidamente, la ambigüedad protagoniza los comunicados emitidos en el papeluco, confeccionados conforme al dictado etarra, con palabrerío adaptado, textos de doble sentido, peticiones imposibles, y absoluta ausencia de compromisos.
¡ Vaya representación! ¡Asqueroso espectáculo!
¡Pobres víctimas!