Prudencia
Filosofía | 19/03/2020
Surgida la prudencia como atributo social de
la reflexión de la sabiduría antigua, y presente por cierto en Aristóteles, que
la consideraba un modo de ser racional, relacionada con la disquisición de lo
que es bueno o malo para las personas, ella quedó ligada a las cualidades de la
sabiduría. Ser prudente pasó a ser virtud del hombre sabio.
La secularización y la contemporización,
lejos de aquellas reflexiones clásicas, requieren de la prudencia en la
práctica civil, en la necesidad de la construcción del hecho colectivo,
especialmente cuando este se manifiesta en el ejercicio de la democracia.
La democracia y las conductas democráticas
exaltan la prudencia como virtud cívica manifestada conductualmente, porque ella
permite ponderar adecuadamente – y ojalá con justicia - todas las decisiones,
más aún cuando lo que es bueno para unos será seguramente malo para otros.
Tal es que, frente a las acechanzas que marcan el tiempo histórico – políticas, sociales, sanitarias, medioambientales, económicas, rediáticas, etc. – apelemos a la prudencia como una virtud personal que eduque y civilice al prójimo, para bien de toda la sociedad.
Tal es que, frente a las acechanzas que marcan el tiempo histórico – políticas, sociales, sanitarias, medioambientales, económicas, rediáticas, etc. – apelemos a la prudencia como una virtud personal que eduque y civilice al prójimo, para bien de toda la sociedad.