BIEN SER, BIEN ESTAR.
Aprender a escuchar.
Cecy Valerio.
“Es la enfermedad de no escuchar
la que me preocupa”. W. Shakespeare.
No solo vivimos en un mundo lleno de
ruido y distractores, sino en una sociedad excluyente y que tiene como
característica, entre otras, el egocentrismo. Estos factores hacen que cada vez
nuestra capacidad de escuchar sea menor y, como consecuencia, nuestra
oportunidad de aprender, ayudar y solidarizarnos con los demás también
disminuya.
Dice Jorge Bucay que “en cada esquina
nos encontramos a gente enamorada de su propio discurso”, cada uno entablando monólogos, parloteando,
imponiendo sus puntos de vista y cerrando en corazón y los oídos a las
expresiones del otro, cuyas palabras
bien podrían ser un gran regalo si mantenemos una mente receptiva y una
actitud abierta.
Escuchar no es intercambiar turnos, hacer pausas, tomar aire para luego
seguir cada quien con su oratoria, su discurso, su argumento. “Estoy hablando
de la activa y comprometida escucha de lo que me dice la otra persona, esté de
acuerdo o no, sabiendo que me lo dice a mí”, señala Bucay.
Cuántas veces nos hemos sentido no
escuchados. Me ha pasado que comento algo que quiero compartir y mi
interlocutor saca otro tema o enlaza lo dicho por mí para exponer un
experiencia similar. Eso en el mejor de los casos, en el peor, ni siquiera oye,
menos escucha. Parece que le hablé a la pared.
Cuando retomo este sentimiento, lo
hago para reflexionar en lo que sienten los demás cuando yo no los escucho y
para hacerme consciente de mi actitud, porque muchas veces el no escuchar es
inconsciente, no nos hemos entrenado en este arte o ya se nos ha olvidado
debido a las vicisitudes y problemas que nos presenta la vida. Simplemente no nos
queda tiempo para escuchar o consideramos que lo que dice el otro no es
importante.
Reza el Talmud que tenemos dos oídos
y una sola boca para recordar que debemos escuchar lo doble y hablar la mitad.
No hacemos grandes progresos en nuestro pensar, actuar y ser si sólo nos oímos
a nosotros mismos. Así, el escuchar no es solamente una atención y acto de
empatía para con el otro, sino un regalo que nos damos a nosotros mismos si
consideramos que podemos encontrar un mensaje restaurador, palabras sabias y
edificantes y aun desacuerdos de los cuales también aprendemos.
Escuchar
a los niños. Ya sean nuestros hijos, sobrinos y alumnos,
esas personitas son pequeños espejos que
reflejan mucho de lo que somos. Son una fuente de información importante que no
debemos desdeñar. Así como les pedimos que nos escuchen, es importante
escucharlos. Al sentirse escuchados se tienten amados.
Escuchar
a los viejos. Fuente inagotable de sabiduría y experiencia son la
gente mayor. Antes platicábamos con los abuelos, contábamos historias y
leyendas, nos compartían lo que pasaba en “sus tiempos”. Ahora, ni grandes ni
pequeños sabemos escuchar a la gente anciana. Nos perdemos de una experiencia
muy bella.
Escuchar
con humildad. La primera cualidad que debemos desarrollar para
saber escuchar es la humildad. Cuántas veces vamos predispuestos a una charla,
a una conferencia, a una junta de la escuela con el pensamiento de “eso ya lo
sabía”, “no hay nada nuevo”. Siempre encontraremos algo nuevo qué aprender. Una
mente receptiva encuentra al maestro en todas partes. En cambio una actitud de
superioridad puede obstruir mucho de lo que necesitamos saber.
Escuchar
nuestro cuerpo. Nos dice tanto. Si está cansado, si le duele algo,
si necesita atención, si lo estamos forzando, si ha sido descuidado, si tiene
hambre, si necesita ejercitarse. ¿Lo escuchamos verdaderamente?
Escuchar
a la Madre Naturaleza. Nos ha enviado tantos mensajes que si los humanos
los hubiéramos atendido no estaríamos hablando hoy de tantos desastres
naturales, del calentamiento global, del cambio climático y de sus respectivas
consecuencias.
Escuchar
a Dios. La voz de Dios nos habla aún a través del más humilde de sus hijos. A
través de la belleza, de nuestros seres queridos, de la misma naturaleza, del
legado de su palabra, en sus enseñanza. El armonizarnos con Dios, la naturaleza
y nosotros mismos puede ser un gran comienzo para aprender a escuchar a los demás.