El valor de las efemérides radica en
valorar determinados acontecimientos pasados, en la historia humana, de los
grupos sociales o de interés, o de las personas, que tiene importancia para lo
que las personas hacen en un tiempo y un espacio determinado. Ello da sentido y
coherencia a los procesos humanos, a partir de explicar que somos consecuencia
de hechos precedentes, y esos hechos dan trascendencia a un relato que nos
justifica en lo que nos toca vivir y hacer contemporáneamente.
Para la Masonería chilena, el 05 de mayo
de 2018, debe ser un momento importante en la comprensión de su relato, ya que
se celebran 200 años del nacimiento de un hombre que será fundamental para la
fundación de la institucionalidad masónica en nuestro país: Manuel de Lima y
Sola.
Fue un inmigrante que llegó a Valparaíso,
entonces el puerto americano más importante del Pacífico, a mediados del siglo XIX,
a hacerse una vida nueva, alejada de su juventud en Curazao y de su primera
incursión laboral en Caracas, donde además fue iniciado masón, en el Logia
Unión N° 5 de la capital venezolana. Sus orígenes y su vida han sido abordados
biográficamente por pocos autores de manera dedicada, y el más reciente y más
documentado trabajo investigativo corresponde al historiador Manuel Romo, con
su obra “Manuel de Lima y Solá (1818-1908). Fundador de la Masonería Chilena”,
publicado hace 2 años, cuya portada ilustra este artículo.
Llegado a Chile, en 1845, al tiempo se
integra al Cuerpo de Bomberos de Valparaíso, lugar en que avecindó, y donde
luego participará en la logia francesa L´Etoile
du Pacifique, fundada en 1850 por exiliados de la revolución de 1848.
A Manuel de Lima se le asigna un rol
esencial en lo que será la creación de una segunda logia francesa – Union Fraternelle -, que trabajará en
idioma español, permitiendo la incorporación de chilenos, lo que será
determinante para el proceso de formación futura de la Gran Logia de Chile, en
1862, lo que permitió la institucionalización de la Masonería en el territorio
de la República.
En 1866, Manuel de Lima se traslada a San
Felipe para dedicarse a la minería, sucesivamente en faenas en Culanquén,
Putaendo, Los Andes, Tierras Blancas, río Colorado, y en la ribera sur del
Aconcagua, frente a San Felipe. Luego siguió en otros emprendimientos mineros,
en Antofagasta y nuevamente en Aconcagua. En ellos no tuvo grandes éxitos y su
vejez la vivió empobrecido, pero con incólume dignidad.
A inicios del siglo XX, Manuel de Lima se
comprometió con el esfuerzo de formar la primera Logia en Aconcagua, proyecto
que termina siendo exitoso en 1909, cuando se constituye la Logia “Patria y
Libertad” N° 36.
En la correspondencia que sostiene con
autoridades de la Gran Logia de Chile, en ese proyecto fundacional de la Logia,
las autoridades masónicas no dudan en reconocerle como el “fundador de la
Masonería Chilena”. Ello también se expresa previamente, cuando Benicio Álamos,
le pide a De Lima que se incorpore al Supremo Consejo del Grado XXXIII, en reconstitución,
y le escribe con reconocimiento “tomando en cuenta que vos fuisteis, hace ya
muchos años, el fundador de la Masonería Chilena”.
Todos quienes han abordado el proceso de
fundación de la Gran Logia de Chile, y de las logias que concurren a su formación,
no dudan en reconocerle esa misma cualidad, por lo que, con justicia, debe ser
reconocido como el masón que promueve la idea de poner la Masonería al servicio
de la República de Chile y de los chilenos.
Sin duda, Manuel de Lima se merece el
justo homenaje a su legado, en el año en que se celebra el bicentenario de su
natalicio, para lo cual, junto a la Logia Patria y Libertad de San Felipe,
pronta a cumplir 110 años, le realizaremos en noviembre los homenajes que le
corresponden, donde serán invitadas las Logias en las que tuvo un rol
determinante, para sumarse a los tributos para quien debe ser reconocido como
Padre de la Orden Francmasónica chilena, a la cual se mantuvo siempre unido por
lazos de fraternidad y fidelidad hasta el final de sus días.