Hace 92 años los estudiantes
salieron a la calle para cambiar la historia de Chile. Lo hicieron junto a las
organizaciones de clase media y los trabajadores. Fue la primera vez en que los
estudiantes impactaron profundamente en el proceso político chileno, aun cuando
no se les reconocía la condición de ciudadanos. Con los obreros (excluidos
entonces de la participación política) llevaron a cabo las asambleas de alimentación nacional, para denunciar las condiciones
generadas por la crisis posterior a la Primera Guerra Mundial, y con la clase
media levantaron un conjunto de demandas democráticas y, por primera vez, el
reconocimiento a las reivindicaciones sociales en la sociedad y en la política
chilena.
Apropiado ese movimiento social
por parte de la demagogia de Arturo Alessandri Palma, recuperó fuerzas con la
crisis de fines de 1924, de la mano de la intervención de la llamada “juventud
militar” y de la recuperación de las demandas de 5 años antes. Nuevamente hubo
otra figura estelar que llevó las cosas por otros caminos: el coronel y luego
general Carlos Ibañez del Campo.
Sin embargo, el impacto de la
participación de los estudiantes dejó su huella en el país. Sin esa generación
de estudiantes protestando contra el estado de cosas vigente, no habría sido
posible que Chile tuviera jornada de trabajo de 8 horas, legislación
previsional, fin de la oligarquía parlamentaria, separación de la Iglesia y del
Estado, el Estado Docente y la ampliación del derecho a voto. Fueron ellos los
que construyeron e integraron la nueva clase dirigente que hizo posible la
Constitución de 1925, el relato enorme del Frente Popular y el emblemático
“gobernar es educar”. Sin los estudiantes de 1918 y 1919, el país no hubiera avanzado
hacia el siglo XX.
A ellos se sumó la generación
de estudiantes que se movilizó contra la dictadura de Ibañez, en 1931. Otro
momento particularmente relevante de las luchas estudiantiles, que impactaron significativa
y favorablemente en la política chilena.
Pero, los eventos previos a
1920 tienen elementos comunes a los de hoy. Esos estudiantes, como hoy, se
enfrentaron a una oligarquía. Se enfrentaron a un sistema de representación
anquilosado, formal y autosatisfecho, y entendieron que sus demandas tenían por
sobre todo una dimensión política.
Leyendo hace unos días al
columnista Ascanio Cavallo, me dio la sensación de que describía el sistema de
representación de 1918, sobre todo al definir los vicios del Congreso, pero no;
se refería al parlamento de hoy. Porque más allá del discurso mediático de
algunos, solo para las cámaras y lleno de lugares comunes, lo que se advierte
es que un anquilosamiento y una incapacidad enorme de entender los problemas
reales de la sociedad.
Felizmente, esa extraterrena
mirada cupular es lo que ha permitido que el movimiento social emerja con la
pureza de sus convicciones, y emerja de la mano de los estudiantes, con un coherente
y legítimo discurso político, equidistante de las lógicas de la
convencionalidad de la clase política vigente.
Se asustan muchos de que los
estudiantes actualmente movilizados tengan un planteamiento político. Si lo
tienen es porque entienden el quid del asunto: no habrá la educación que ellos
esperan si no hay cambios políticos fundamentales, si no cambian la apoltronada
clase política existente, si no rompen el circulo vicioso de la inequidad y la
desigualdad, si no profundizan la democratización y reponen un verdadero
concepto de ciudadanía.
Efectivamente, el gran valor de
este movimiento es que tiene un contenido político, que apunta al corazón del
sistema, y de su claridad de ideas políticas depende su fortaleza. Por ello la
clase media y los sectores de trabajadores lo han hecho suyo. Por ello, su
primera victoria fue política: la salida del Ministro de Educación Joaquín
Lavín, paradigma personalizado del sistema que quieren cambiar. Por ello es que
rechazaron la mediación del arzobispo, al fin y al cabo, cabeza de uno de los holdings más importantes beneficiados
con el actual sistema educacional.
En la medida que el movimiento
estudiantil tenga un trasfondo político garantiza que sus reivindicaciones
tengan trascendencia y logre sus objetivos. Permite que puedan negociar y
elegir adecuadamente con quien negociar.
Ello es lo que permite vislumbrar que habrá en el próximo futuro una
nueva clase política y una mejor democracia.
La demanda por plebiscito para
definir lo que la clase política actual no quiere asumir, es una apuesta
política y un desafío a la incompleta democracia chilena. Significa poner el
debate en torno a las demandas por una mejor educación, fuera de la lógica y la
estructura mental que sostiene la actual institucionalidad. Para la oligarquía
actual es casi demencial, porque no pueden comprender que los temas irresolutos
entre los presuntamente representados y sus presuntamente representantes,
puedan ser resueltos democráticamente a través de la expresión soberana del
pueblo. Por cierto, el terror a que la gran mayoría apoye en un plebiscito las
demandas de los estudiantes – al fin y al cabo las demandas de la clase media y
de los trabajadores – los paraliza.
Un personaje representativo de
los vicios de un sistema de representación en crisis y cada vez más
antidemocrático, sacó la voz para reivindicar la naturaleza representativa de
la democracia chilena, haciendo una caricatura de la democracia participativa.
Han sumado a ese planteamiento a un coro de satisfechos, del foro de los
exclusivos, para atacar la idea de que haya decisiones que no estén tamizados
por sus intereses. Sin embargo, no cabe duda, a pesar del ex Ministro de
Educación, que no era partidario de tener mucha historia en los programas de
educación, los estudiantes han aprendido de los griegos que la democracia en la
república es un adecuado equilibrio entre la representación y la participación,
y que la participación es un derecho cuando la representación está torcida,
desvirtuada o manipulada.
Saludable es entonces, que el
movimiento de los estudiantes esté politizado, ya que implica que sus demandas
y sus objetivos tienen la claridad necesaria, y no son consecuencia del
espontaneísmo. Significa que tenemos la
certeza de una nueva generación política con convicciones más firmes que las
que tiene la actual clase política, entrampada en los vicios de un sistema de
representación caduco. Ello garantiza que podemos tener la esperanza de una
mejor educación, una mejor democracia, una mejor república.
Comentarios
¿No será Suficiente? Entonces es lógico que haya una explosión social precipitada por nuestra valiente e intrépida juventud. No esperemos que tengan la verba de un político ni la elocuencia de un orador. No esperemos que los jóvenes hagan gala de erudición cuando recién están en formación. Ayudémoslos, apoyémoslos; Interpretemos sus ideas e inquietudes con la madurez ciudadana de quienes tenemos más años de circo. Lo que ellos piden es una Democracia más libre, más ecuánime y más fraterna; con una Constitución que deje gobernar a los gobiernos de derecha, centro e izquierda con mayor flexibilidad, representatividad y participación. Lo que se pide es una Economía estructurada con una distribución más justa del ingreso. Lo que se pide es una Justicia operativa con mayor sentido de Eq
Jorge Sanz J.