La doctrina del esfuerzo
| 07/04/2017
Eres mi refugio para impulsar cada minuto del ser, por las palabras y la risa, por la cristalina dulzura de la infancia, que vuelve a ti como manto protector de angelical raigambre.
En esa cuerda floja de la vida, la fe nos soporta, nos catapulta de la mano al infinito y, sin definiciones, nos sacude de repente para que nos demos cuenta de que somos un suspiro, que quedará en los armarios como testimonio, como esa esquela que alguna vez nos escribimos, declarándonos amor, proclamándonos amantes y luchando temerarios contra la muerte y los cuchillos del mal.
Son esos instantes, que leemos entrelineas y que sólo se descifran en la mirada que cruzamos en silencio, los que nos anuncian que debemos abrazarnos, fortalecernos a diario en esa energía azul que nos complementa y en la satisfacción que brota de las comarcas sembradas de esfuerzo y amor, con tu fuerza incomparable.